Pegado a la malla de un pequeño radio, cuando niño, aprendió el idioma musical que hace de los latinoamericanos una sola estirpe. Hoy es un coleccionista que no duda en compartir su cosecha de canciones.
“No me importa que quieras a otra/y a mí me desprecies/ni me importa que sola me dejes llorando tu amor...” “La canción, amigos radioescuchas, se titula “Que te vaya bien”, de Federico Baena, un mexicano nacido en 1917… la oiremos en una grabación de 1943, interpretada por la chilena Cora Santa Cruz y Guillermo “Macucho” Pérez…”
El Trovador de Antaño ha empezado uno de sus múltiples programas del bolero, y traslada a sus oyentes a un mundo rotundamente romántico. Cree que no solo sabe escoger canciones que atraviesan el alma del gozoso o más punzante amor, sino que regodea su envidiable cancionero con la atenta historia de la melodía, el autor, el tiempo, los contextos que acompañaron la producción musical.
Está embelesado. Suspendido. Hundido en una cadencia que se engancha a otro bolero: “Te di una cita/no me quisiste besar/que noche aquella nunca la podré olvidar...”
Absorto, ni siquiera siente que alguien lo mira pensando que los hombres son inmensos: los que cantan y los que escuchan. El embelesado tiene un programa de más de dos décadas consagrado al bolero y sus ‘afines’.
¿De dónde salió el “trovador de antaño”? ¿De qué oasis de amor iluminado y desgraciado a la vez? Había una radio en la cocina de su casa, en Venezuela, cuando niño. En las ondas básicas de aquel aparatito, escuchaba a un señor con una voz aguardentosa cantar: “Mi canción de amor viene a turbar la calma y el silencio, cómo están amigas, cómo están amigos, les saluda el trovador de antaño”. Y a Enrique Gallegos Arends se le quedó grabado aquel trovador y su esquela radiofónica inicial. Allí, quizá, se le engarzó para siempre el estilo de saborear la música como una honda razón de vivir. Por eso honra cada día a aquel viejito en su singular cosecha de trovador sin paz.
“El bolero es el único idioma musical que nos hace hablar a todos los latinoamericanos”
A partir de allí su oído empezó a ser distinto. Y cuando la vida le dio libertad y monedas propias, empezó una eterna colección de discos.
“El bolero es la música más significativa de la cultura latinoamericana”, dice. El mestizaje produjo un ser humano nuevo. “Somos un tipo especial de ser, todos somos amantes y muy enamorados… El bolero es el único idioma musical que nos hace hablar a todos los latinoamericanos. Los mexicanos tienen sus corridos, sus rancheras; los cubanos sus guarachas; los peruanos sus huaynos… y si oímos aquello, más o menos nos gusta… pero cuando se trata del bolero todos somos uniformes”.
El que más ama lo perturba y lo canta: “Ven a mi vida con amor/que no pienso nunca en nadie más que en ti/yo te lo juro por mi honor/te adoraré/cómo me falta tu querer…”.
A los discos se unió la colección de libros, revistas, cancioneros. En ellos encontró la otra parte de la historia musical: los senderos de la creación, los lugares, los autores, los barrios, los bares, los antros…
Solo el tiempo, largo hoy, pudo infundirle una pasión que Enrique Gallegos compara -pero no iguala- con la sabiduría del guayaquileño Pepe Espinosa, otro conocedor del bolero.
El trovador de antaño viaja anualmente a eventos que se dan alrededor de ese género: Puerto Rico, México, Cuba, República Dominicana, Venezuela, Colombia… Allí se relaciona con otros seres que se parecen a él pero no son como él, por la sencilla razón de que es ecuatoriano y su obsesión camina también por los pasadizos del pasillo…
Quiere pensar, como ciertos historiadores, que el bolero es un ritmo con raíces españolas, y que ha sido reinventado en los países del Caribe, principalmente. Y luego diseminado con substancia de calidez gracias a la idiosincrasia hispanoamericana. Pero no olvida la “corriente negra”. Recuerda en un pequeño arranque de historiador, que el primer país libre de América Latina fue Haití. “Los haitianos se habían levantado y habían botado a los franceses. Entonces los colonos franceses tuvieron que emigrar y lo hicieron a Cuba, y fueron llevando a sus esclavos. Estos negros esclavos practicaban un tipo de baile que se llama contradanza, y con lo que había de las corrientes española se produjo una mezcla…”. No quiere seguir. Se considera tan solo “un empírico historiador del bolero”.
Pero el trovador de antaño es, más bien, un lector asiduo de esa biblia que es la música americana. Una biblia que se puede oír… y cerrar amando.