Hace años decidió crear un universo con actores de trapo que pusieran en escena la alegría. Para él, el teatro es catarsis, más cuando el público está formado por niños sonrientes.
El balde de la camioneta se zangoloteaba semejando el vaivén de un péndulo discorde, debido a los baches de la carretera que culebreaba en medio de una difusa polvareda de color tabaco. Guillermo se encontraba rodeado de pollitos que no dejaban de aletear, y cuyas minúsculas plumas flotaban como nieve a destiempo a su alrededor. Llevaba consigo varias cubetas de huevos puestos el día anterior y algunas canastas con frutas frescas. Y se transportó mentalmente a la jornada de la víspera.
Recordó de pronto que los pollitos, los huevos y las frutas eran el pago que, a falta de dinero en efectivo, le habían ofrecido por la función que había montado en una maltrecha escuelita de Santa Rosa, a poca distancia de Pedro Carbo. “Venía cargadito de todas esas cosas”, se le ilumina la mirada. Lejos de desilusionarse, se encogió de hombros a la vez que se encajaba sobre la nariz sus gafas oscuras y, sonriendo como un niño más, dijo para sus adentros que nunca dejaría de dedicarse a los títeres.
Guillermo Álvarez no es ningún improvisado en los escenarios. Pero antes de entregarse por entero a las tablas, en los setentas desarrolló todo un trabajo en favor de la reivindicación de sectores deprimidos económicamente. Con tales fines, se alió con gente de las comunidades eclesiales de base en torno a la parroquia Domingo Savio y también compartió largas jornadas con jóvenes italianos que se solidarizaron y apoyaban sus proyectos en Cristóbal Colón y Los Ríos. Además, estaban los militantes del movimiento revolucionario de los trabajadores en sus años de mayor labor de hormiga. El padre Antonio Bravo ayudaba de igual manera, hasta que cambiaron las políticas de la parroquia.
“Los títeres no son una clase magistral: los niños interactúan con los muñecos”.
Lo que primero hizo fue dedicarse al teatro. La mayoría de las piezas de entonces mantenía un discurso político, consecuente con su acción social de años anteriores. De aquella época queda solamente un local en Guerrero Valenzuela y Rosendo Avilés, donde aún se hacen trabajos de folclor y hay un grupo de marimberos. “Guillo” fue presidente fundador del Taller de arte popular “Raíces”.
De cada encuentro y en cada viaje que ha emprendido (y han sido muchos a lo largo de todo el Ecuador y de Latinoamérica) guarda recuerdos que lo han hecho crecer en su oficio. Así, cada vez representó para él un adelanto o expansión en el aprendizaje de técnicas nuevas. Se le vienen a la mente, como en un teatrín de su memoria, figuras con las que compartió los espacios del taller, como las de los argentinos Luis Holguín, Eduardo Zalí y Sergio Ferreira, así como el brasileño Xico Danny.
Su hirsuta melena se suelta en variopinto tropel de canas y hebras color azabache; pero nadie suele verlas cuando monta una obra de títeres: el público observa solamente la escenografía del teatrín y los muñecos.
De repente, se pone serio y dicta cátedra, sin presunción: “los títeres de guante son aquellos que adquieren los movimientos de los brazos de quien está a cargo; y las marionetas, en cambio, son las figuras que durante la función cuelgan de hilos invisibles. Los títeres no son una clase magistral: los niños interactúan con los muñecos”.
Ha estado en Argentina, Colombia, Costa Rica, Chile, Perú y Venezuela. “Se han comportado de manera excelente conmigo, lo que lo obliga a uno a ser recíproco cuando compañías de esos países vienen al país”. Efectivamente, le compran funciones enteras, le dan la información de a dónde acudir en una ciudad que no es la suya.
Durante un buen tiempo hizo talleres y montó funciones en Barricaña. Pero limitaba sus movimientos. Lo que le agrada es conocer ciudades distintas cada vez que puede. Actualmente dirige la Compañía de títeres “Arlequín”, y se dedica a apoyar a la Comisión de Tránsito del Guayas en un programa de educación vial. Revisa la forma en que los vigilantes arman sus funciones de títeres antes de que, en efecto multiplicador, vayan a las escuelas a difundir su mensaje. “Me di cuenta de que aplicaban técnicas equivocadas; necesitaban más desplazamiento de los títeres, pues si solamente hay retórica, no hay magia”.
Ya no le pagan con pollitos, ni con canastas de frutas. Es más, ha ganado independencia de todo tipo y planea hacer una gira por ciudades que nunca ha visitado, dentro y fuera del país. Pero cada vez que los niños que asisten a la función empiezan a responder y a reír, es como si fuera la primera vez.