Con su voz y su guitarra lleva años “irritando” a los políticos obtusos, quienes lo han encarcelado varias veces. Él dice que su anarquía es humanismo.
“Seguro no quieres visitar el trono, estás realmente seguro?”, pregunta mientras abre la puerta del baño de su estudio. “¿Te gusta la decoración?”, insiste. Y aparecen papeletas de votación de varias elecciones que reposan justo detrás del inodoro y se confunden con el papel higiénico. Una urna hace las de basurero. “Están donde deben estar, lástima que no cumplen su utilidad porque producen tremenda infección”, dice Jaime Guevara, “El chamo, cantor de contrabando”.
Hace un día, en ese mismo estudio, donde hay un orden en el desorden, donde cada libro tiene su espacio, jugó con su nieta Flavia de seis años. Y entonces se dio cuenta de que “el tiempo pasa” y que de repente a cualquiera, hasta a un anarquista como él, le pueden llamar abuelo.
¿Papeletas? “Las intercambio cívicamente cada elección por sonetos. Yo me llevo la papeleta y ellos se quedan con el poema… El tiempo me enseñó que las elecciones no sirven para nada, no existe presidente que no robe”, termina.
Recorre ese pequeño estudio al que se llega luego de pasar por corredores, puertas, un patio y una lavandería. Ahí, en pleno barrio de El dorado, en una casa vieja y pintada de verde, se gestan sus escritos, pinturas y canciones. Ahí “son decapitados” políticos, militares, profesores abusivos…
Profesores como los de la escuela Borja 2, que lo reprimieron con reglazos en las manos. “La letra con sangre entra”, decían. Por eso formó con ocho compañeros “El club secreto”, autor de una carta anónima en reclamo de las injusticias que se cometían.
Fue delatado por un compañero de su propio club, y entonces conoció el primer encierro. Alguna gente piensa que es el ecuatoriano que más ha visitado la cárcel. No hay Gobierno donde no haya sido arrestado por protestar, “a mucha honra”, agrega.
“Siempre peleo con el diablo. Se empeña en darme contra el suelo y yo me empeño en rebotar como muñeco porfiado”
Toma su guitarra, que fue retenida por la Policía tres meses en el mandato de Sixto Durán Ballén, como “prueba del delito”. Delito que comete desde los 18 años y por el que pasó con su canto de los teatros a las manifestaciones, un día de 1978, cuando el barrio de Toctiuco se levantó contra el Triunvirato Militar.
Cuatro años antes de aquel episodio, se impactó el primer ladrillazo contra su guitarra. Le hubiera encantado que viniera desde la derecha, pero no, vino desde la izquierda: de un grupo extremo comunista que dominaba el Comité del Pueblo y que no admitía un concierto de rock, en la explanada de la facultad de Minas y Petróleos de la Universidad Central.
La idea de un mundo socialista, justo, se derrumbó cuando vio a dirigentes que se acomodaban en el poder, que “se conformaban con una concejalía o una conserjería”. Le quedó la anarquía que descubrió en autores como Justus Wittkop, Erinco Malatesta o George Woodcock. Y el rock, que llegó a su vida a los 12 años, cuando escuchó un disco de The Bleatles, de un compañero yugoslavo. Ese niño le enseñó un mundo que con el tiempo fue suyo. Que era capaz de hablar del amor y de la guerra, que nacía “desde las vísceras para topar el cielo”.
Pero no solo lidió contra todas las contradicciones y abusos. Desde hace 22 años lucha contra un tumor en el cerebro que le produjo ataques de epilepsia, que alguna vez (para colmo) se juntaron con una hepatitis B, “por estar en el momento inadecuado con la persona inadecuada”.
Hace poco, en uno de sus ataques, un controlador sin entender qué le pasaba lo empujó del bus en la Avenida 6 de Diciembre y Granados. Y eso fue peor que las torturas que recibió en el Servicio de Investigación Criminal, en el gobierno de León Febres Cordero.
“Siempre peleo con el diablo. Se empeña en darme contra el suelo y yo me empeño en rebotar como muñeco porfiado”. Tan obstinado, que en marzo de 1992, en el antiguo Hotel Oro Verde, irrumpió contra “El chacal”, como le llama. Sorteó guardias y, con su dedo amenazante y la voz en alto, de frente, le gritó “asesino” a Augusto Pinochet. El dictador sufrió un susto tan fuerte que Jaime espera lo haya llevado hasta la tumba.
“Eres como una melcocha sutil/ que se deslíe entre mis caries de gil…” dice la canción que traspasa una lavandería, un patio, puertas y corredores hasta llegar a la calle. Esa canción nació con la certeza de un cantautor, que llegó a este mundo para cumplir algunos propósitos: ser libre, cantar y joder. Sobre todo joder.