Tomada de la edición impresa del 23 de julio del 2008

FOTO: Amaury Martínez

Santiago Torres Cruz.

Santiago Torres Cruz: En la fragua de los reflejos

Datos

Felipe Honorato Santiago Torres Cruz nació en Guayaquil, el primero de mayo de 1927. Su padre también se llamó Santiago. “Fue él quien compró -recuerda- uno de los primeros lotes junto a los esteros de la parroquia García Moreno”. De él queda, también, entre otros recuerdos, el arte de su oficio.

 

“Somos 7 hermanos y una hermana”, comenta. Cuando a don Santiago padre le llegó su tiempo de descanso, él asumió el taller con sus hermanos, que también aprendieron, fieles a la herencia paterna, a construir marcos y espejos. “Pero es un negocio que va desapareciendo”, asegura.

 

Estudió en la Escuela Fiscal Nº 6 Vicente Rocafuerte, que quedaba ubicada en Gómez Rendón y Coronel, en el límite sur de la Guayaquil de aquel entonces. Decidió aprender el oficio de “lograr rflejarlo todo” desde antes de hacer la conscripción. “Y después lo retomé”, recuerda sonriendo.

 

La única vez que Santiago vivió lejos de su ciudad natal fue, precisamente, en aquel tiempo en que realizaba el servicio militar. “Fue por allá por 1945”, comenta, achicando los ojos. Estuvo en la Marina, los primeros meses en la península de Santa Elena (en Salinas) y el año restante en Galápagos.

 

Con su esposa María Luisa tuvo 5 hijos: Nancy, Pila, Quico, Marianela (fallecida) y Jazmín. Su casa se puebla de nietos cada vez y cuando, y para él es la alegría hecha chiquillos. “De donde hay niños, el diablo sale huyendo”, suelta una carcajada Santiago, después de sus sabias y sensibles palabras.

De su padre aprendió a hacer espejos a la usanza antigua: ese lento ritual que cocina el azogue. Santiago es un artesano que trabaja con la luz que duplica el mundo.

 
Entre los postes, los pares de zapatos deportivos cuelgan del cableado telefónico y testimonian el resultado de los últimos partidos de fútbol entre los equipos del barrio. La parroquia García Moreno en domingo es una estampa esencial del puerto. Un fragmento de ella es el taller de Santiago Torres.

La primera vez que vio nacer un espejo, sus ojos negrísimos se limitaron a mirar cada movimiento de su maestro con una concentración que lo transportaba a algún tiempo del pasado que no podía reconocer. Un poco antes, había cortado una plancha de vidrio del tamaño que su padre le solicitó. Eliminó los defectos puliéndola con rojo de joyero. Pero el resto fue cosa de observar y aprender. Era el tiempo en que los rieles del tranvía corrían haciendo sus travesuras paralelas a lo largo y ancho de la ciudad; y él vivía en Santa Elena y Manabí.

Con el tiempo, Santiago Torres se convirtió también en maestro del arte de azogar el vidrio. Prefiere hacerlo a la manera antigua; ésa de cubrir la superficie con hojas de papel de estaño, alisarlas y cubrirlas de mercurio. Se presiona firmemente un paño de lana contra dicha superficie durante un día, valiéndose de pesos de hierro. Luego se inclina el vidrio, con lo que el mercurio sobrante escurre y ya está: el área interior queda reluciente y con el mágico poder de reflejar el mundo.

“Observé mi rostro reflejado de  manera distinta a la de los espejos; y me dije que siempre quería verme así en los ojos de María Luisa”

Cuando su padre levantó un taller en plena esquina de Nicolás Augusto González y Carchi, él colaboraba y trabajaba construyendo marcos y dejando listas las molduras para las pinturas que imaginaba en los salones elegantes de sus clientes. Época en que recuerda al barrio todo de calles de tierra apisonada, con dos temporadas en el año: la del lodazal que venía con las lluvias, y la de nubes de polvo durante el tiempo seco. Época en que se podía comprar a bajos precios un solar y ocuparlo.

Recordando, su mirada de obsidiana destella, imparable. Un buen día sus acabados en el oficio fueron valorados por Ángel Zalamea, quien compraba marcos por docenas. El empresario lo separó del taller paterno ofreciéndole trabajo en el que pensaba instalar en el kilómetro 10 de la vía a Daule. Y en efecto, la empresa creció inusitadamente. “Yo le enseñé los secretos de las molduras a cada trabajador nuevo que entraba, y llegamos a ser 21 conmigo; el negocio subió como la espuma”. Como la especialidad era vender cuadros, se alejó también del mercurio, el estaño y el azogue.

La única vez que notó algo que lo distrajera de los marcos y los espejos fue cuando se enamoró. “De repente observé mi rostro reflejado de una manera distinta a la de los espejos; y me dije que siempre quería verme así en los ojos de María Luisa”.

Su existencia transcurría entre la madera y el vidrio; entre el fuerte olor a charol y a laca con que trataba las molduras. Satisfacía cuanto pedido se le hacía: “desde marcos charolados hasta los de pan de oro; espejos y molduras, marcos jaspeados y otros”. Llevaba 41 años trabajando para la misma empresa cuando unos funcionarios del Seguro Social que visitaron algunas compañías, le hablaron del momento de su jubilación. Al lunes siguiente se presentó con sus documentos y empezó el trámite engorroso, pues la Caja del Seguro desarrollaba dichos papeleos en Quito y los resultados, inapelables, se tardaban mucho en llegar a los interesados. Pensó que le iba a ir mejor: “me pagaron en sucres; no en dólares como ahora. Salí perdiendo después de toda una vida haciendo crecer a mis jefes”.    

Él enmarcó con pan de oro los espejos, que son muchos, y cada cuadro que hay en la sala de su casa y en sus habitaciones. Además, ha obsequiado a todos sus hijos cuadros y espejos hechos por sus manos. También al único varón, que vive desde que se casó en los Estados Unidos. Su vida está en el centro de un marco acezante: siente como suyas las vicisitudes que aquejan al país y las comparte con su familia, sus hermanos y sus vecinos. “Hace un año mandé de regreso a unos hombres que venían con una caja de cartón. Mi señora pensó que eran ladrones que venían con ese truco para entrar a la casa. Pero era un televisor que nos lo enviaba mi hijo, el que vive en Nueva York”. A sus 81 años, sus ojos negros se han tornado grises, “pero siguen sirviendo para verme reflejado en los ojos de María Luisa”.
Luis Carlos Mussó
cmusso@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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