Tomada de la edición impresa del 22 de julio del 2008

FOTO: Amaury Martínez

Pedro Maria Castro Romero.

Pedro María Castro Romero: Ni la enfermedad lo frenó

Datos

Tiene 72 años. Nació el 25 de agosto de 1936 en Urbina Jado, pero fue inscrito en Daule. Sus padres fueron Francisco Castro e Hilda Romero. Nunca asistió a la escuela. Está comprometido con Blanca Noboa y tiene siete hijos, cinco mujeres y dos varones. “Tengo como 14 nietos”, dice con duda.

 

Vive en un sitio conocido como La Esperanza, “arrimado” en la casa de una de sus hijas, porque queda cerca del trabajo. Arrienda seis cuadras de arroz en la hacienda Santa Rosa Margarita Estela, que cultiva junto a su hijo Juan de 24 años, quien siempre lo acompaña desde que sufrió un infarto cerebral.

 

La enfermedad lo tuvo inactivo aproximadamente tres años, postrado en el suelo casi uno. No se resignó, con terapias y ejercicios lentamente volvió a caminar. Anhelaba poder tener un machete en la mano, ya que considera a esa herramienta un compañero fiel.

 

Conoció la hacienda cuando el dueño era Alfredo Guzmán Darquea,  quien la vendió a la familia Dumani. La describe como unos montes perdidos, llenos de ramalotes, espinos, artemisa y monte malo, donde solo se podía entrar a punta de machete. Era común encontrarse con tejones y culebras.

 

Muchos de sus familiares
viven por los alrededores y todos lo conocen. “Una vez desbrozando los ramalotes cogimos 116 culebras x. Estas tierras siempre estuvieron desatendidas, nosotros las volvimos cultivables. Nos hemos partido el espinazo y seguimos con las manos vacías”, reflexiona.

Sus recuerdos lo llevan por 60 años de trabajo en tierras ajenas. Un infarto cerebral no lo pudo detener, solo lo alejó un tiempo de sus compañeros: el machete y el campo.

 
Trabaja desde niño. Quizás desde los once. Dice que ganaba 10 sucres. La memoria lo traiciona y lo aleja de esos recuerdos, han pasado tantos años, que ya no sabe cuándo fue. Una voz que le habla del pasado, según dice, le asegura que, por último, le subieron el salario a 15. “Nosotros desmontamos todo esto”, señala a su alrededor con una mano temblorosa que todavía sostiene el machete. “Esto era montañas de espinos y ramasales. Mi padre y mi madre trabajaron y murieron aquí. Ahora quedo yo, y así enfermo continúo”.

El padre, que nació en Juan Bautista Aguirre, Los Tintos, lo llevó cuando tenía once años y con su madre construyeron una casita, que los años volvieron nada, en los linderos de la hacienda San Jerónimo. Ha visto como el tiempo ha pasado por esas tierras, llevándose su vida y unas pocas alegrías, que al ser invocadas, siembran lágrimas en sus ojos achicados por la vejez y la enfermedad. Deja claro que nunca ha trabajado en otra cosa que no sea con machete. Manos y machete han sido las herramientas que un día lo llevaron a ganar 20 dólares semanales, el sueldo más alto de su vida. “¿Qué se puede hacer con eso?” La pregunta hiere la tarde. Es un golpe de machete que hace un tajo en el alma y la conciencia. Sus ojos taciturnos miran en busca de una respuesta. Unos murmullos apagados de sus compañeros campesinos, el viento chocando contra los árboles y el rumor del río Los Tintos le contestan. No hay nada más.

Como poco, ha trabajado en el desmonte por más de 40 años, según sus cálculos. No es dueño de nada.  Siempre arrienda tierras. Por siete cuadras pagaba 42 sacos de arroz, y en eso se le ha ido la vida. Encontrarle la palabra no es fácil. Habla despacio, debido al infarto cerebral que sufrió hace un poco más de cuatro años. En medio de su escasa charla, empieza a llover. La expresión: “gloria a Dios”, sale de sus labios como una oración y también como súplica. “Que llueva, pero no mucho, que después nos ahogamos y no se puede trabajar, sino esperar caridad”.

“¿Qué tiempo nos han lucrado esa gente con esos siete sacos arroz? ¿Cuántos años han estado cobra y cobra; y nosotros paga y paga? No  los denunciamos porque no tenemos a donde ir, así es la cosa”, expresa. Relata que alguna vez sus nuevos patrones le dieron una platita para trabajar, pero por esa deuda recibió insultos y malos tratos. Frases que aquí no se pueden reproducir, pero que don Pedro tiene muy presente en su adormecido cerebro. Las malas cosas no se olvidan y el corazón las guarda agriamente. “Falta voluntad para entendernos”, agrega.

Cuenta que una noche se acostó bueno. El día había sido normal, sin contratiempos. Amaneció con derrame y sin fuerzas para nada. Creía que moría. Entre vómitos y medio paralizado, su hijo Juan, que siempre lo acompaña, y dos hijas que viven cerca, lo llevaron a la clínica Guayaquil. “Estuve casi un año en el suelo sin poder caminar”, asegura. En Daule le hicieron terapias. “Ahorita está mejor, él no se podía ni mover, tuvimos que hacer unas muletas con cañas para que pueda apoyarse”, certifica Juan. Todavía visita a un neurólogo en Daule. Dice que la consulta cuesta 10 dólares, pero los remedios son caros, las recetas llegan hasta los 70 dólares, dependiendo del estado en que se encuentre.

Así tiene que trabajar. No abandona. Relata que en ocasiones no podía mantener la dirección, ni andar por un camino, el cerebro lo traicionaba y se desviaba hacia el monte sin poder volver. Unas pastillas le han hecho mejorar. Cuando sano el dinero no alcanzaba, ahora peor. Sus cinco hijas, que están casadas, lo ayudan a pagar las medicinas.

“Nosotros nacimos trabajando y nunca nos preocupamos por nada más, desde niños nuestros padres nos cogieron para ayudarles, seguimos de largo cuando fuimos jóvenes y llegamos a viejos sin problemas. Ahora nos quieren dejar en el aire, que nos larguemos como cuando a un pájaro le botan la casa”, habla con voz desolada. Ahora se han unido para asegurar un poco de tierra donde cultivar. Nada más quiere. Un pedazo en donde sembrar tranquilo y morir calmado. Después de todo, es la tierra en la cual murieron sus padres y él ha gastado su vida.
Francisco Santana
fsantana@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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