Tomada de la edición impresa del 21 de julio del 2008

FOTO: Alejandro Reinoso

Holger Jara nació el 29 de octubre de 1945.

Holger Jara: Hermandad desempolvada

Datos

Nacido el 29 de octubre de 1945, se casó un 1 de mayo, aprovechando un feriado, con Luz María Tamayo, economista. Llevaban 7 años de relación y el trabajo estaba complicando encontrar una fecha para la boda. Tienen 3 hijos: Karina y Holguer, economistas y Kory, que se decidió por la  medicina.

Algunos asentamientos estudiados por Jara son evidencias de la cultura yumbo. Le da el calificativo de ‘cultura’ debido al manejo de la geometría y su pensamiento religioso. Después de 25 años de trabajo, se animó a hacer una publicación sobre el Centro Ceremonial de Tulipe y los yumbos.

Además de las maestrías en Arqueología, cursó una Licenciatura en Filosofía, un Doctorado en Psicología Industrial, Antropología, y hasta un diplomado en Psicología Deportiva. “Jugaba en Esmeraldas, era muy bueno, hasta que un día mi papá me dijo: te decides por el fútbol o estudias algo”.

Entre sus publicaciones destaca un libro sobre Sindología (estudio del Sudario de Turín), en el que realizó un análisis del objeto como un bien arqueológico, sin dejar de lado su aspecto religioso. Todo eso se le ocurrió en Italia, cuando estudiaba restauración arqueológica monumental.

En sus campamentos aplica un método singular. Adelanta el primer pago a sus obreros para que se compren implementos deportivos; así, cuando acaban las labores, juegan un partido de fútbol, y se acercan, se quiten el tedio del día. Después, el sueldo no se los entrega a ellos, sino a sus esposas.

Exhumando reliquias, palpando el pasado, da luces sobre la identidad, demuestra que los ancestros de Costa y Sierra siempre vivieron una hermandad profunda

 
Alguna vez estaba haciendo una excavación en el atrio de la Iglesia de la Compañía de Jesús. Es parte de su trabajo, recuperar vestigios, lanzar hipótesis, planteamientos, procurar que el pasado clavado en el piso suelte sus amarras y salga. En ese sitio descubrió 14 cuerpos, de esos que habían sido enterrados en el interior del lugar sagrado, como una costumbre que aún ahora se mantiene en ciertos sitios. Un canal de televisión se hizo eco de la noticia y anunció la aparición de los restos, durante una transmisión matutina. Minutos más tarde, unos policías llegaban al lugar. Entran, preguntan por él. Se acerca, se identifica. “Nos tendrá que acompañar, señor”, le dicen. “¿Por qué?”, pregunta. La respuesta debe ser un chiste, pensó al escucharla, pero era cierta: se lo llevaban a declarar debido a los cuerpos que había encontrado en el punto.

Holguer Jara lanzó una carcajada. Los oficiales lo tomaron como burla. La situación debió complicarse, pero luego de la explicación de turno, todo pasó sin problemas. En casi 30 años de oficio, tanto en el Fonsal como en el Banco Central, este debe ser el recuerdo más gracioso de su trabajo, de su esfuerzo por recuperar la historia, reencontrarse con esas caminatas que realizaba en su Bolívar natal, en la finca de su abuelo, cuando era niño y localizaba, sin problema y a nivel de la superficie, tiestos, vasijas, elementos que lo remitían a los primeros pobladores del territorio en el que estaba. Una firme presencia, más allá de la ligazón sanguínea: los habitantes del pasado se unen a los actuales, creando esa idea de unidad in situ. Una percepción que Jara hace suya y que disfruta en todos los momentos de sus intervenciones como arqueólogo.

“Es un trabajo de sacrificio, para uno y la familia. Son meses los que uno debe estar ausente, para quedarse en el sitio de estudio”


“Es un trabajo de sacrificio, para uno y para la familia. Son meses, por lo menos, los que uno debe estar ausente, para quedarse en el sitio de estudio y hacer las prospecciones necesarias. Un problema, especialmente cuando una familia es muy unida”, cuenta al referirse a los procesos que ha llevado adelante; todos ellos a través de un sistema de hipótesis, investigación en sitio, recolección de datos y análisis que llevan a la elaboración de la certeza del pasado. Jara ha mantenido en su trabajo una idea que, a medida del paso del tiempo, ha podido sustentar con sus descubrimientos: el hombre prehistórico del país caminó por el subtrópico, estableciendo contacto entre la Costa y Sierra. Los caminos, centros ceremoniales (“El de Tulipe es el más importante”, cuenta, “es mi hijo predilecto”), miles de tolas, cementerios, petroglifos y otros materiales culturales dispersos son la confirmación.

Ha estudiado algunas carreras, realizado varios cursos y maestrías, colaborado en la elaboración del Mapa Arqueológico de Quito, dentro de sus funciones en el Fondo de Salvamento. Su trabajo lo ha llevado a realizar procesos de investigación y excavación en zonas como Ingapirca, Zhin, Antiguo Riobamba, Rumicucho, El Salitre, Guayllabamba y otros, siempre durante la época de verano; en invierno es momento de los estudios sobre todo lo excavado y recuperado, porque en plena etapa de lluvias no se puede hacer mucho es esas zonas.

La historia del sitio por el que camina no es sólo la de la Conquista, la de la Colonia o el inicio de la vida republicana. Va más allá. “No puede ser posible que se tome a Quito como Patrimonio Cultural sólo por los vestigios que se tienen desde el año 1500”, dice, valorando su función, que a base de sacrificio está consiguiendo que la misma población de los asentamientos, sin ser descendiente directa de los anteriores dueños, acepte, cuide y aprenda de ese pasado. “La gente sabe y no sólo protege los vestigios, sino que  busca la manera de generar a través de ellos una fuente de vida, de turismo, de ingresos. ¿Qué se saca escondiendo el patrimonio en salas de museo?”, pregunta. Se responde con una labor que se ha centrado en promover la creación de Museos de Sitio, en cada uno de los lugares de los descubrimientos. No es época de la figura típica del Indiana Jones, aquel que busca almacenar el pasado en un frío museo. Hoy se trata de que la historia retorne a la vida, a esa tierra en la que alguna vez se forjó.
Eduardo Varas
evaras@telegrafo.com.ec
Retratista

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