Tomada de la edición impresa del 18 de julio del 2008

FOTO: Alejandro Reinoso

Sereno Cozza nació el 17 de abril de 1951 en Vicenza, Italia, “no olviden que soy aries”, bromea.

Sereno Cozza: Riqueza de alma y cuerpo

Datos

Sereno Cozza nació el 17 de abril de 1951 en Vicenza, Italia, “no olviden que soy aries”, bromea. Tiene 57 años y desde 1987 se estableció en el Ecuador, aunque conocía el país desde 1972, cuando llegó a Guayaquil en el Verdi, “un barco de imigrantes, aunque Europa ya olvidó que fue imigrante”, manifiesta.  

En 1974 fue declarado el  mejor atleta de Tungurahua, luego de que participó en los terceros juegos nacionales que se desarrollaron en Quito. “Me hicieron pasar como “Guaytambo” falsificando mi partida de nacimiento. Compitió en 100, 200, 400 metros y otras pruebas de atletismo. 

También tuvo un paso como futbolista en Macará de Ambato y en 1974 rechazó una oferta de Universidad Católica, pero más pudo su proyecto “Tu cambio por el cambio”, implementado en las instalaciones Fundeporte, y en donde se forman chicos de 10 a 18 años, que estudian la escuela y el ciclo básico. 

Los chicos participan en talleres de horticultura, hotelería, carpintería, mecánica, distintas formas de arte y confección. Aunque primero, todos los chicos y chicas escogen un deporte de entre las disciplinas: ciclismo, patinaje, lucha, fútbol, tenis, judo, natación y escalada deportiva.

El proyecto de Sereno es, quizá, el semillero deportivo más importante de Pichincha.  Ahí se formaron los campeones panamericanos de ciclismo, Segundo Navarrete y María Eugenia Parra; y Juan Carlos Espinoza, campeón panamericano juvenil de lucha. Todos le dedicaron sus triunfos al sacerdote.

Sagaz, supo ver, desde siempre, la importancia del deporte en la formación del espíritu. Hoy, gracias a él, conocen la victoria aquellos jóvenes que nunca tuvieron nada.

 
Lo dijo en plena “batalla” y fue porque el padre Geovanny, maestro de Latín y Griego, menospreció al deporte: “eso no sirve para nada”, sentenció. La rebeldía de sus quince años parecía levantarle del asiento. Aquella discusión fue como una guerra, esa mañana de 1966 en el seminario de Vicenza. Sereno Cozza, entonces aseguró: “algún día formaré una escuela al revés en donde el deporte sea importante… Es más, será lo primero que enseñe… dejaré para el último al latín y el griego”.

Ni el padre Geovanny ni sus compañeros de seminario imaginaron que aquel “adolescente atrevido”, iba a cumplir su promesa 29 años después, cuando fundó el proyecto educativo “Tu cambio por el cambio”, en Chillogallo (al sur de Quito), en 1995.  Peor, que en 2008 pasearía como “un niño gigante” y orgulloso por su obra, que parece una pequeña ciudad, donde trabajan, estudian y practican deporte aproximadamente 450 muchachos y muchachas, que crecieron en zonas de riesgo.

“Sin soñar no se puede construir”, dice, cuando mira los planos de la segunda parte del proyecto que se realizará en Santo Domingo de los Tsáchilas: “tengo todo listo y ni un centavo en los bolsillos”.

A primera vista podría sorprender que recuerda casi 400 apodos y cada una de las historias personales de sus alumnos. También, que a pesar de sufrir un problema de meniscos, puede en sus incesantes recorridos a píe resolver inconvenientes de transporte, alimentación e instalaciones.

Pero Sereno es más que eso. Casi nunca habla de Dios, sin embargo recuerda que “todos pueden ser campeones en alguna disciplina. Si eres rápido dedícate al atletismo, si eres lento a la marcha... Yo intento que sientan que pueden ser primeros en algo”.

“Les digo que ser pobre no es pecado, ser pordiosero sí. Tienen razón, fueron perjudicados.  Pero  les estoy dando una oportunidad”


José (nombre encubierto) tiene 13 años y todavía se enorgullece del revólver 3/8 que un día llevó a la escuela para terminar con un compañero. Este muchacho recuerda que hace unos días el Padre lo retó a subir un muro de escalada deportiva, y mientras los entrenadores se disponían a ajustar las cuerdas para la trepada, él coronó la cima.  

Sereno sabe que es un proceso difícil mostrar alternativas: “les digo que ser pobre no es pecado, ser pordiosero sí. Que no me gustan los llorones… Yo comprendo que hayan sido violentados, violados, abandonados, drogados... Tienen razón al pensar que fueron perjudicados por la vida.  Pero yo les estoy dando una oportunidad. Y si no son campeones es culpa de ellos mismos”. 

Así lo entendió Manolo Asitimbay, de 20 años, su ex alumno y hoy entrenador de natación en el proyecto. Él un día le falló al fugarse a la piscina de La Ecuatoriana, que por coincidencia fue visitada por el sacerdote. Zambullido en el agua para que no lo viera, entendió “que era mi papá, porque yo no tuve padre. Me dolió mucho mentirle, nunca le conté esto”, dice el también ex campeón nacional de judo y lucha.

“Le mostré al Ecuador que los pobres pueden ser campeones”, manifiesta el padre josefino. Contrapone Manolo Asitimbay: “a pesar de eso, siente un intenso dolor aunque nunca lo diga”. Y es porque no pudo ayudar a todos los que golpearon su puerta. De un 100% de quienes se incorporan al proyecto, se calcula que el 20 terminó en la delincuencia, drogas, prostitución… “Por eso a ratos hay que soportar su mal carácter”, agrega Manolo.

A Sereno Cozza ninguno de sus alumnos le puede enseñar lo que es la pobreza. Creció en la post guerra, en una familia de cinco hermanos, donde uno sufrió polio, en la que trabajaban desde los ocho años y la alimentación consistía en un vaso de leche y una sopa al medio día.

Esa vida precaria, el deseo de mostrar caminos a otros y una sed de aventuras, le impulsaron a inscribirse desde los 10 años en la orden de los Padres Josefinos de San José de Murialdo. Ahí, también descubrió su vocación de deportista. En 1974, cuando jugaba fútbol en primera categoría, fue capaz de rechazar la oportunidad de jugar con Universidad Católica la Copa Libertadores por cumplir una promesa que hizo cuando tenía 15 años.

¿Qué pensaría ahora el padre Geovanny de todo esto? Es algo que se pregunta a veces Sereno Cozza, luego sonríe y recuerda que el tiempo es corto y hay que volver a trabajar.
Galo Betancourt
gbetancourt@telegrafo.com.ec
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