En los cuadriláteros solía lastimar a sus rivales, pero la vida da vueltas. Hoy, esas mismas manos curan las dolencias de los transeúntes. Máximo es un “doctor” de taburete y esquina.
No es un arácnido urbano, pero pacientemente aguarda en el centro de su espacio por quienes buscan solución a sus males; para envolver sus adoloridos miembros no en un capullo de telaraña, sino en linimento. No es un pianista, pero sus manos -que extendidas desde el meñique hasta el pulgar miden casi 30 centímetros- podrían cubrir muchas teclas blancas y negras y brindar un solo. Ni lo uno ni lo otro: se desempeña como “sobador” de dilatada experiencia en la acera, cerca de la esquina de 6 de Marzo y Vélez, frente al parque Centenario.
Su mirada cruza la larga vereda cargada de su variopinta mezcla de sonidos: el claxon de vehículos, las risas coquetas de oficinistas, el murmullo de vendedores y obreros. Y sus poderosos nudillos hablan más bien de los tiempos aquellos en que se afincaban en el mentón del contendiente de turno. Cuando representó a su provincia, como boxeador.
“Pero eso fue hace 35 años”, relata Máximo mascando los minutos con su característico ceceo. Recuerda que trabajó primero en una exportadora de banano. Cargaba las cajas de la fruta hasta los contenedores, pero cuando tenía pelea le daban permiso para ausentarse. “La condición era que ganara, pero se portaban bien conmigo”.
Su paso por los cuadriláteros, entre las luces, las apuestas y la tentación de los manejadores de púgiles, fue exitoso, hasta el momento de abandonarlo. Ya tenía una hija para cuando le llegó la noticia de la Federación de que debía ir a Bolivia, como seleccionado del Ecuador. Pero no sabía con quién encargar a su familia. La duda fue para él una densa gasa de neblina que lo cegaba por ratos; pero imperó su obligación de padre y esposo, y al final desistió del viaje. Inmediatamente llovieron las groseras recriminaciones de todas partes y Máximo, que dio a saber su decisión en Quito, regresó al Litoral. Pero no a Balao, donde nació, sino a Guayaquil, ciudad de la que, afirma, le habían hablado muchísimo.
Se preguntó enseguida sobre cómo iba a ganarse el pan. Recordó que durante los años en que fue boxeador, entre entrenamiento y entrenamiento, recibió instrucción de varios kinesiólogos que lo atendieron. Había aprendido una serie de procedimientos terapéuticos encaminados a restablecer el movimiento normal de coyunturas y demás partes del cuerpo humano. “Me dijeron que eso me iba a servir; y recién ahora me doy cuenta de a qué se referían”. Unos amigos se dedicaban a sobar, y lo empujaron a seguir su ejemplo. Al principio, venció la vergüenza, pero había que comer, así que se decidió a instalar su puesto en el parque Centenario. Veía de qué forma la regeneración urbana excluía y marginaba a muchos hasta que hace 4 años les llegó la hora a los sobadores: tuvieron que dejar el parque y cruzar la calle Vélez para buscar otros espacios.
“Vienen hombres caídos de sus andamios, mujeres con dolores de tanto lavar, de todo”. Para colocar un hueso en su sitio, a veces requiere de la ayuda de un colega.
“Me han cogido como diez veces preso. ¿Puede imaginarse?: por el delito de querer trabajar”
Hoy se apoya en un par de muletas; la mala experiencia fue hace apenas 6 meses. No demoró mucho la diabetes en llegar y surcar su sangre como un caballo de Troya: instaló sus aperos en el pie derecho de Máximo. Engañosamente se hizo pasar como una simple hinchazón, y como tal fue tratada hasta que demostró su rostro verdadero: “el dedo se me volvió negro como un pedazo de carbón; la gangrena se me cogió el pie. Estuve postrado pero como soy fuerte y con los sueros, ya me estoy reponiendo”. La amputación del miembro fue necesaria para salvarle la vida.
Respeta la zona regenerada, pues coloca su anuncio publicitario de “Se curan zafaduras” justo en la parte de la vereda adonde ya no llegan los adoquines. Ha tenido en el pasado numerosos inconvenientes con los policías municipales. “Me han cogido como diez veces preso. ¿Puede imaginarse?: por el delito de querer trabajar”.
Se sienta en su taburete, y conserva cerca otro, para analizar lo que aqueja a sus pacientes. Su aspiración es que no regresen, sino que tras una única sesión se recuperen. “No todos tienen el talento de que, a la primera, los que vienen medio inválidos, se vayan buenos”.