Al igual que sus padres y abuelos sigue la tradición de cultivar arroz. 25 años de trabajos en terrenos arrendados la empujan a reclamar por mejores opciones para su familia.
Tiene la voz tímida y los gestos tranquilos. Habla siempre en plural. Su palabra favorita es nosotros y cuando habla mira alrededor buscando otros ojos. No es fácil verla sonreír. No es que sea amargada, pero el tiempo, el campo y sobre todo el trato con los hombres, le han metido en el rostro una expresión de seriedad que no abandona fácilmente. Tampoco abandona la tradición de cultivar arroz. Campesina y agricultora que alguna vez pasó por Guayaquil en sus años de adolescente, en busca del estudio, que en su tierra es escaso, volvió pronto a las inmensas plantaciones en donde los días han consumido a sus padres, a su esposo y ahora se encargan de sus hijos.
Ella se considera una mujer de combate. En el campo tiene que pelear con más armas para ganarse el respeto. Es la procuradora común de un grupo de agricultores que se ubican en los alrededores de Samborodón, ellos confían en su tenacidad. En su conversación intenta encontrar palabras que definan y alcancen para explicar la situación de los cultivadores de arroz. Duro. Fuerte, Tremendo. Agotador. Tenaz. Recio. Penoso. Triste. Parece quedarse con la última. Su semblante se llena de un halo melancólico. Una frase suya lo define todo: “en este trabajo hay muy pocas alegrías”.
Hay necesariamente que ilustrarlo y relata un día típico: “mi esposo se levanta a las cuatro de la mañana y por ahí mismo salgo atrás de él. Preparo el desayuno con algo que lo llene como un bolón y algo más. Luego se echa al camino y yo lo sigo. Demoramos diez minutos en llegar hasta las cuadras ubicadas en la hacienda Santa Rosa Margarita Estela, en donde hacemos el desmonte con la ayuda de nuestros hijos. Paramos para el almuerzo y seguimos hasta la tarde. Así, todos los días sin cambiar. Solo los domingos varía, porque vamos a la iglesia”.
Esa vida los consume. Lo cotidiano es el trabajo. Desde que regresó de su aventura en Guayaquil, se recuerda agachando el lomo interminablemente. Al final las recompensas son ínfimas. “El chulquero se lleva casi todo. Lo que a uno le queda es para comer, que los hijos estudien y para las enfermedades. Casi no hay diversión”, profundiza sin alterarse. Sus momentos felices son cuando se reúne en su hogar con su esposo y sus hijos y comparten algún plato típico como el chupe de pescado.
“Nos han insultado. Nos dijeron que somos unos malditos, unos muertos de hambre. A mi esposo lo han acusado de robar”
Las penas y tristezas son más. Lo dice claramente: “nos han insultado. Nos dijeron que somos unos malditos, unos muertos de hambre. A mi esposo lo han acusado de robar ganado, pero no hay pruebas”. La razón de todo eso es porque ella defiende su derecho a cultivar una tierra que se ha llevado su cansancio durante muchos años. Admite que ellos no son dueños. ¿Cómo podrían serlo? Ellos solo son campesinos, nativos, pero no propietarios. Únicamente han puesto su sudor y dolor en unos surcos ajenos, al igual que sus padres y sus abuelos. Eso lo quieren cambiar. Desean comprar, pero los dueños no les quieren vender.
Su esposo, Julio Lozano la apoya. El recuerdo va más allá de las palabras: “yo entré a trabajar en el año 1970 en la hacienda conocida como Santa Rosa, porque después le cambiaron el nombre a Margarita Estela. Trabajé en ganadería durante seis años. En 1976 ganaba 12 sucres diarios y decidí buscarme otro trabajo por cuanto el dinero no me alcanzaba pa’ el sustento. El patrón me ofreció un desmonte y desde ahí me quedé arrendando las tierras”. Por todos esos años le ofrecieron 500 dólares para que abandone y se vaya. Contestaron que no, eso era muy poco para tantos años. “Además a dónde vamos a ir”, dicen juntos. Su vida está ahí.
Margarita habla con mucha libertad y calma: “luchando tenemos que conseguir las cosas, dice Dios. Por eso me acogí a su palabra. No importa lo que la gente piensa de uno, siempre hay que luchar y no abandonar sin importar los contratiempos. Como dicen algunos; la pelea, es peleando”. Pero jura que mejor es estar en paz con todos los hombres y no en pleitos. “Tenemos 25 años trabajando juntos con mi esposo, aunque él lleva 31 agachando el lomo y eso tiene que tener alguna recompensa, por lo menos si no es del hombre, será de Dios.” Como se ve, no tiene miedo, su fe no está en los hombres.