Tomada de la edición impresa del 15 de julio del 2008

FOTO: Ricardo Bohórquez

Gustavo Valle.

Gustavo Valle: El obrero del celuloide

Datos


Gustavo Valle nació el 18 de octubre de 1947, en Guayaquil. Estudió, problemáticamente, en distintos colegios: José Joaquín de Olmedo, Marco Reinoso, San Francisco de Quito y, por último, la Casa de la Juventud, entre Gómez Rendón y Lizardo García, cerquita de la Correccional de Menores.


Gustavo y Joseph Morder, realizador francés vivió su infancia en Guayaquil, y sobre quien Fernando Mieles realizó el documental “Aquí soy José”. Mieles tiene, también, un proyecto de documental sobre el trabajo que Gustavo realizó en los setenta. 

 

Después de terminar, por fin, la secundaria, en el 2001, Gustavo se matriculó en la Facso, y se graduó de Comunicador Social el año pasado. Durante sus estudios, nunca dejó de trabajar como fotógrafo de eventos. También fue profesor en el Gremio Nacional de Fotógrafos.

Alguien lo llamó el “Pasolini criollo”, pero él toma eso como una exageración. Se considera, simplemente, un curioso que hizo obras de artesanía en celuloide.


Si fuera por sus ojos fecundados de parsimonia y el talante flemático de sus palabras, nadie adivinaría sus accidentados años escolares, sus cursos reprobados y los tumbos de colegio en colegio. Pero Gustavo Valle no se recuerda como un joven frívolo.   Cuenta que desde temprano adquirió una irredenta adicción a la lectura, la escritura y la fotografía. Por eso, después de dejar los estudios -a los doce años-, empezó a trabajar para un pequeño laboratorio. Abría la puerta, barría la acera y, de vez en cuando, secaba las fotos. De a poco fue descifrando la liturgia a la que se ha entregado por más de tres décadas.

“En aquel tiempo (principios de los setenta), no había escuelas de fotografía, pero me preocupé, me formé. Hasta hoy tengo los cursillos que conseguía en papel periódico”, expresa, con una voz de confesionario aplacada por el bullicio que empantana su departamento. Vuelve a aquellos días, exhuma recuerdos, y habla de su primer contacto con el cine: un tío suyo era administrador del Cine Central, y gracias a él los domingos se convirtieron en sinónimo de una gran tela alfilerada por sus ojos, una pantalla con grisáceos primeros planos de Javier Solís, Jorge Negrete y Libertad Lamarque. Después vinieron los dramas italianos, franceses y las comedias inglesas; “pero nunca las veía desde un registro intelectual, sino porque me gustaban”, aclara, izando las cejas y el índice.

“Una película comienza con una idea, el asunto es no dejar que se apague su luz, hasta que se concrete”

Poco después aprendió el oficio de proyeccionista, y desde la cabina, junto al traqueteo de la máquina, veía la cinta de turno. Cuando el Centro Municipal de Cultura abrió un seminario de cine, con el boliviano Mario Arrieta, no dudó en matricularse. Recordó entonces los premios intercolegiales de cuento que alguna vez había ganado, y se dijo: “¿hacer una película?, ¿por qué no?”.

Su primer cortometraje, realizado en el 77, se llamó “Subamericano”, y lo filmó con un manojo de acólitos, ya que no había plata, ni cámara, ni espacios de formación cinematográfica. “Una película comienza con una idea, el asunto es no dejar que se apague su luz, hasta que se concrete”, apunta, filosófico. Llamó a Vicente Bowen, quizá el primer camarógrafo de Guayaquil, quien trabajaba en Canal 4, y le mostró su historia. “Me gusta, yo te ayudo a filmarla”, le dijo el técnico. “Obviamente, gratis… solo había plata para pagar el bus de los actores principales, para darles un sánduche”, sonríe Gustavo.

Dicha producción ganó el primer premio del concurso convocado por el Centro Municipal de Cultura, junto a un corto de Paco Cuesta. En los dos años siguientes, Valle filmó “Naturaleza muerta” y “De cómo engañar a los muertos”, también premiadas.  Alguien llegó a decir, debido a que las cintas intentaban reflejar las dificultades de la clase obrera urbana, que se trataba de un “Pasolini criollo”. “Pero eso es una exageración”, aclara él, enfático y con el rostro ungido de auténtica modestia.

Hoy, casi todas las cintas se han perdido. De no ser por Lucho Costa, amigo de aquel tiempo y camarógrafo de las dos últimas, quien digitalizó en Chile “Naturaleza muerta”, no quedaría ninguna.  Valle dejó de hacer cortos cuando el Centro Municipal de Cultura, como casi toda iniciativa guayaquileña de ese tipo, pereció tras pocos años de funcionamiento. “Me desmotivé”, afirma. Logró terminar la secundaria, después de varios intentos fallidos, en el 2001, y luego estudió Comunicación Social. Sigue ganándose la vida como fotógrafo de quinceañeras, vive con sencillez, pero no ha dejado de estar en contacto con el desarrollo cinematográfico del país: hace poco, el director Fernando Mieles lo llamó para que hiciera un “papel pequeñito”, en la película que está rodando. En “Crónicas” apareció como extra, y en el documental “Ecuador vs el resto del mundo”, consta como uno de los personajes principales.

Ahora que su hija está alfabetizando, le dio por hacer una cinta sobre eso. “Sobre esas mujeres que no quieren que el marido se entere de que están estudiando”. Por supuesto, no tiene cámara, ni movilización (aparte de una antiquísima bicicleta), ni plata; pero está seguro de que encontrará a sus acólitos. Es que, una vez más, la historia vale la pena.

Fabián Darío Mosquera
fmosquera@telegrafo.com.ec
Coordinador

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