La suya es una oscuridad luminosa. A pesar de su ceguera, estudió. Y cuando no pudo ejercer su oficio de periodista, recorrió la ciudad vendiendo caramelos, sin tropiezos.
Avenida del Maestro y La Prensa (Norte de Quito). Es martes, son las 09h45, la lluvia amenaza de repente. Dos vendedores de periódicos reposan en el parterre por unos segundos, una oficinista mira el reloj, un jubilado acaba de pagar la cuenta de teléfono y Cristian Salinas espera con una bolsa negra, llena de caramelos mentolados, al autobús 30, Condado – Congreso, Águila Dorada.
Tiene claro que “La calle tiene su argumento, y es que en cada momento, tú debes sobrevivir”, como dice el cantautor Hugo Hidrovo. Aunque eso, a Cristian, no se lo enseñó la letra de una canción, sino la vida.
Tiene 32 años, es egresado de la facultad de Comunicación Social de la Universidad Central y tiene un diplomado por una beca en España, pero también una numerosa familia que mantener: “Reciban un cordial saludo. Les ruego atención. Soy no vidente. Logré terminar la carrera de periodismo, pero no encuentro trabajo y vendo caramelos, doce por 25 centavos…”.
El autobús está casi lleno y solo dos estudiantes lo miran de frente y a los ojos. Los demás parecen evitarlo. Cristian es un fantasma caminando entre quienes prefieren ver hacia la nada.
“Es difícil que una mujer me vea como un hombre y no como un sujeto de ayuda. Lucía, mi esposa, vio más allá”
Es la parada Rumiñahui, 48 caramelos vendidos. Tiene en su mano derecha un dólar, repartido en monedas. Podría contar con cinco centavos más si aceptaba el regalo de una señora. Pero no: “yo vendo caramelos, no causo lástima ni asusto, peor pido caridad”. Prefiere la línea Águila Dorada a los alimentadores de la Ecovía, donde hay más gente y el trato de los conductores es hostil.
Cristian se da un momento para esperar otro bus. Recuerda que cuando estaba en el colegio le gustaba la carrera de jurisprudencia, pero se dio cuenta de que “no era una cuestión tan fácil, a uno le toca defender a los que son culpables. Me incliné por la comunicación porque creo que puede formar y educar a la gente”.
Le hubiera gustado ser un periodista de investigación, pero su paso por el oficio ha sido itinerante. Trabajó como reportero voluntario en el programa Chasquikom, que fue parte de radio Sonorama y Municipal. En adelante, fracasaron todos los intentos por conseguir trabajo. Ministerios, empresas privadas, solo le dieron largas: “prefieren a un parapléjico que a un ciego, son los esquemas mentales de los ecuatorianos, a los ciegos no nos contratan”.
Cristian no ve, pero percibe. Sabe que está en la unidad 100. No le hace falta ver para sentir que lo aprecian o quieren aprovecharse. “Lástima que hasta esos primeros sentimientos no digan mucho. Los humanos somos muy complejos”, dice, y agrega: “la azafata de esa unidad, por ejemplo, es una pedante”.
No le fue bien. Apenas cincuenta centavos. Necesita un estímulo, entonces anhela, por un momento, a su hijo Gustavo, de 12 años, delantero de las divisiones menores de Espoli, que hace poco salió aprobado en el colegio Fernández Madrid.
Él llegó a su vida cuando apenas terminaba el colegio y lo deseaba tanto como a su profesión. Por eso no durmió una noche y a la siguiente, desde las 08h00, se subió a un autobús y vendió caramelos. Sentencia: “te cuento otras cosas de mi vida pero no las publiques. Si supiera que por ello voy a conseguir trabajo no tendría reparos. Pero no, además esto no es farándula…”
Unidad 34. Cristian susurra “Lili…”, a la entrada. Es una azafata morena de unos 23 años, que le sonríe. A la salida va lentamente, y le dice: “un pajarito me contó que se casó y se fue de luna de miel”. Baja un poco más el rostro y con delicadeza refiere: “¿por qué la traición?”.
Parada de El Carmelo. “Es difícil que una mujer me vea como un hombre y no como un sujeto de ayuda. Son excepcionales las personas que vieron más allá, una de ellas mi esposa Lucía”.
Llueve con fuerza entre la Amazonas y República, son las 12h35 y la unidad 16 está por arribar. Cristian camina rápido, no quiere mojarse en una ciudad que conoce de principio a fin, aunque siempre le pregunten: “¿estás perdido?” y que nunca, por el contrario, le interroguen por una dirección.