Tomada de la edición impresa del 11 de julio del 2008

FOTO: Amaury Martínez

Piero Jaramillo Rugelei.

Piero Jaramillo Rugelei: El sube y baja de la vida

Recorre kilómetros cada día, pero no lo hace de manera vertical, sino horizontal. La Casa de la Cultura es también su casa: allí aprendió que el cuerpo escribe y habla.


Aunque el Registro Civil y sus papeles de identificación lo confirman como Pedro, para los visitantes del Núcleo del Guayas de la Casa de la Cultura es, simplemente, Piero. Ora como ascensorista del turno de la tarde-noche; ora como director de una escuela de baile folclórico, prefiere responder a ese nombre, ideado hace más de medio siglo.

Recibe amablemente a todos: “la amistad y la educación sirven para toda la vida”. En 1955 ingresó a la Escuela de Danza de la Casa. El ballet fue un mundo completamente abierto a posibilidades expresivas. Mantuvo estudios y prácticas a cargo de la maestra ítalo-rusa Ileana Leonidoff. “La escuela estaba bien estructurada, con solistas, primer bailarín, etc. Las clases eran magníficas”. Fueron quince años educando el cuerpo.

Piero busca en sus recuerdos que, con sabios engranajes y poleas, suben y bajan esquivando el olvido. “Soy producto de la Casa, y pilar de la misma”, afirma sonriendo. Luego retrocede, para atender a una pareja que pregunta en qué piso va a ser la presentación de una obra de teatro. Satisfecho el requerimiento, vuelve a su memoriosa plática.

El destino no lo quería en un solo sitio. Y echó la mirada a recorrer el mundo, para ver qué le devolvía, como un espejo pertinaz. Viajó a Chile, becado por la institución de sus amores. Se interesó en el folclor. En lo teórico y los continuos ensayos de danza. “Cuando sale al exterior, uno se da cuenta de que ha tenido la mirada corta; pero pronto se cura la miopía”. Regresa al país y en 1970 le toca el turno a Loja. Fue por poco tiempo, pero al final echó raíces y se quedó años. “Soy un lojano más”, añade con cierto retintín, “allá me casé y tuve a mis hijas”.

Piero se cura en sano: “pertenecemos a una generación que rompió el mito de que solo afeminados se dedican al ballet. Me ayudó el atletismo en el colegio, pues allí se trabaja el cuerpo”.

“Hago de recepcionista cuando no hay nadie; informo de las actividades de la Casa y soy el ascensorista de turno”

Volvió a Guayaquil y fundó la academia Santa Cecilia. En los recorridos llevó la danza folclórica de un lugar a otro y no le fue nada mal: obtuvo 26 primeros lugares dentro y fuera del país. Del ballet se trasladó hacia el folclor, y cuando se le cuestiona, afirma: “me quedé con lo popular, no con la alta cultura”. Diseñaba la ruta de presentaciones entre momentos para armar coreografías.

Asentarse nuevamente es difícil, como cuando la golondrina migratoria lucha por hallar un espacio propicio: aquel en el que hizo su nido la anterior temporada. Sus actividades múltiples para ganarse la vida lo hacían gravitar siempre en torno a la Casa de la Cultura. “Hice cachuelos durante diez años, más o menos”. Intentó afincarse laboralmente en la institución, y mantenía esporádicas conversaciones con las autoridades. Solo lo logró en la presidencia de Luis Félix López. Fue, entonces, asistente administrativo de los auditorios. Continuos cambios de personal y de funciones fueron desplazando las labores de Piero hasta su puesto actual. “Hago de todo un poco”, sonríe, “hago de recepcionista cuando no hay nadie; informo de las actividades de la Casa y soy el ascensorista de este turno”.

Ha conocido a todos los presidentes de la Casa desde Carlos Zevallos Menéndez. Considera que la relación que mantuvo con los poetas Hugo Salazar Tamariz e Ileana Espinel fue de amistad y aprecio. Cuando funcionó Canal 4 allí, conoció a mucha gente de la farándula. “Le daba más alegría al edificio”.

Se sabe al dedillo las secciones que funcionan en cada piso: oficinas, galerías, museo, auditorios. Diariamente viaja kilómetros; no horizontales sino verticales, en el constante subir y bajar de “su” ascensor. Los miércoles, jueves y viernes hay más lleno en la agenda de la Casa. Se hacen lanzamientos de libros, conciertos  y  ceremonias varias de ciertas instituciones. Y a pesar de que los actos están programados hasta las 21:00, a veces le toca salir a las 23:00 o 24:00, por los brindis o si los cantantes se emocionan con el “otra, otra”... No hay problema: “quiero a la Casa, y creo que la puedo servir desde donde sea”. Piero es casi parte del añejo edificio, sabe cómo se hacen las cosas y dónde queda cada objeto. Es su lugar en el mundo, por eso ha estado con la Casa en todas sus subidas y bajadas.

Luis Carlos Mussó
cmusso@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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