Gustavo “Cuervo” Silva: Yo me muero como viví
Estuvo en Vietnam y en Woodstock. Alguna vez vio a Miles Davis en vivo. Se casó tres veces, tuvo dos hijas. Regresó al Guayaquil de su infancia a evangelizar. Hoy puede decir: viví.
El espeso calor rodeaba a los soldados como un biombo transparente. A la entrada de la aldea, un anciano los llamaba: “¡G.I, G.I!” Quería –según cuenta el Cuervo- cambiar a una de sus hijas por dos paquetes de cigarrillos. Era una niña de diez años. El horror de la guerra de Vietnam golpeaba como un esputo en el rostro.
En esos momentos, para sentirse un poco mejor, el joven inmigrante ecuatoriano –no tenía más de 22 años- hacía que su mente volviera al establo ubicado en las afueras de New York, al que había acudido algunos meses antes, junto a un tropel de excéntricos barbudos que cabalgaban el potro de la psicodelia, para presenciar un concierto que duró tres días. Volvía a Woodstock, a Jimmy Hendrix tejiendo con su guitarra el himno de los Estados Unidos. Ataviándolo con efectos de sonido que hacían alusión al estruendo de las bombas. Pero ahora los estruendos –y las bombas- eran reales.
“La guerra no es como en las películas”, afirma el Cuervo, cuyo verdadero nombre es Gustavo, mientras tuerce con los dedos el penacho de su bigote. “No se escuchan las balas zumbando por el aire, como moscardones. Solo se escucha el impacto”. Ser veterano le da, cree, un mayor sentido de pertenencia a la sociedad que lo acogió, pero no es ciego: recuerda bien aquella vez en que su grupo estaba a punto de entrar a un plantío de caucho y el oficial en jefe ordenó poner seguro a las armas. “¿Por qué debemos hacer eso, si estamos repeliendo un ataque?”, inquirió el Cuervo, a lo que el oficial contestó: “estos árboles pertenecen a la empresa Dupont, y por cada uno que dañemos nos cobrarán cien dólares de multa”. Eso le abrió los ojos respecto de los intereses corporativos detrás del conflicto.
Eran varios los jóvenes que, al reportarse, hacían de todo para no ser reclutados: se ponían monedas bajo la lengua para que el cobre les aumentara la temperatura corporal, se aguijoneaban los brazos haciéndose pasar por heroinómanos. “Yo como gran cojudo no hice nada. Simplemente fui y salí perfecto”, suelta Gustavo, esbozando una sonrisa extraña. Fueron dos años lidiando con la selva y sus demonios.
Cuando regresó a los Estados Unidos, se quedó un tiempo en San Francisco, paladeando toda la onda contracultural hippie. Al arribar a New York retomó la relación con su antigua novia, una nativa cherokee. Gustavo aún recuerda el día en que, antes de partir a Vietnam, en pleno corazón bohemio de Greenwich Village, ella se le acercó con una pregunta que titilaba entre sus labios: “¿tienes sangre?”. “Se confundió con mi apariencia”, repasa; “le dije que sí, que tenía sangre nativa, pero mapuche, por parte de madre, y que era ecuatoriano. Es decir, que lo mío era sangre latinoamericana”.
Gustavo –quien vivía en New York desde los ocho años- entró entonces en contacto, una vez más, con una cultura ajena a la de su raigambre.
Aquella muchacha fue su primera esposa, y para ser aceptado en la comunidad cherokee debió realizar un ritual que resultó una revelación: pasar cuatro noches en la montaña, con apenas una redoma de agua como alimento. “A la tercera noche empecé a alusinar con una bandada de cuervos que me rasgaban la ropa, hasta dejarme con una túnica blanca”. Ese fue su bautismo. El cuervo simboliza, para los cherokees, a aquel que siempre está enseñando.
La relación, sin embargo, no duró. Tampoco su segundo matrimonio, con una mujer de origen irlandés. Mucho tiempo estuvo el Cuervo sin sosiego. Como el de Edgar Poe. Una noche, ya en los ochenta, después de una fiesta de motociclistas, partió el cuerpo de una botella e intentó tajarse las muñecas. Fue otro sueño el que, como una copla de dados que se detiene, le dio nuevas señales. En el sueño aparecía su madre deshecha en llanto, esperando en un aeropuerto vacío. Supo entonces que debía regresar al trópico olvidado de su alumbramiento, a cuidar de ella.
En Guayaquil despertó el eco de la iglesia evangélica a la que había asistido cuando niño. Retomó la pintura, que lo cautivó joven, en la School of Visual Arts de New York; y conoció a una morena piel de ron ennegrecido, que responde al nombre de Isabel pero debería llamarse calma. Pinta junto al manso contoneo de la ría, donde clava como un arpón una mirada revestida del orgullo, del indescifrable placer de haber vivido.
Fabián Darío Mosquera
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Coordinador
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