Es una tradición ancestral del pueblo chino el pasar los conocimientos de padres a hijos. Él ha querido seguir la línea, y todos sus descendientes practican Kung - Fu.
Semejante a un abanico oriental desplegado con polícromos grabados, la dilatada existencia de Ricardo Tay Lee transcurre con una filosofía de auxilio y entrega a los demás. A sus 85 años, sus actividades lo mantienen lleno de firmeza de voluntad, salud y vida plena.
Diariamente, a la una de la madrugada, hora en que -según te confirma- el aire se encuentra más puro, empieza una hora de meditación. Tras dormir pocas horas, empieza otra sesión a las 05:00. Siempre lejos de los estereotipos cinematográficos.
Previamente, el frío contacto de la puerta de vidrio te ha permitido adentrarte en un mundo de diplomas que cubren un gran porcentaje de la superficie de sus paredes (casi todos con caracteres en mandarín) y cuadros con mapas anatómicos con puntos neurálgicos del cuerpo humano. Su consultorio atesora imágenes de una dinastía entera, como doblones bajo la cubierta de un barco pirata fondeado en el Mar de la China Meridional. Afectado de la garganta, se comunica sin problemas logrando que sus labios sean leídos por sus interlocutores. Detrás de su escritorio, luce sereno y afable como un tigre justo antes de saltar sobre una escogida presa. Sonríe, gesticula, señala con el índice derecho cada una de las fotografías; también la figura humana sobre una mesa adyacente, con la localización de centros nerviosos.
La acupuntura es una disciplina que los chinos mantienen desde hace 6 milenios. Él estudió medicina, traumatología y herbología en la Universidad de Hong Kong hasta que se graduó en 1949. Al año siguiente regresó a Guayaquil.
Alivian males, pero sus manos también pintan y construyen fuentes para árboles diminutos
Pone a tu consideración sus experiencias; te acerca el año 1952, cuando puso su consultorio en la zapatería propiedad de su padre. Frente a la biblioteca, en Pedro Carbo y Sucre (pleno barrio chino), empezó a atender a la ciudadanía.
Si la acupuntura es antiquísima, las artes marciales lo son más. El doctor ha decidido invitarte a su escuela de Kung Fu. Sigues, con él, la avenida José María Roura Ouxanbaderro y llegas a un portón custodiado por dragones. A una señal suya, avanzas, pero aún no te acostumbras a la oscurana: sigues su silueta y con las manos tanteas el desnudo pasadizo. Unos pasos más te conducen a la sala de prácticas y un universo distinto te encandila. Bajo la mirada de Chiung Sam Jun (patriarca de la escuela), aprendes técnicas de relajamiento –noi kun- entre poemas de hace 3 siglos pintados en los muros, la figura de un tigre enorme, trajes y herramientas para ejercitarse. "El Kung – Fu es una disciplina en la que se aprende cada día", nos ilumina. Junto a ésta, se imparten clases en la disciplina del Ji – kun (ejercicios de respiración), denominada en Occidente como Tai Chi. Es importante para lograr una larga vida (le crees) y para mantenerse saludable. A su escuela acuden profesionales, trabajadores, universitarios. No siempre fue así, como te entera el doctor: primero dio clases solamente a los miembros de la comunidad china; pero a partir de 1957, y a pedido de cada vez más personas, accedió y abrió su escuela (Siu – Lam, que cumplió el 17 de febrero de 2007 su 50º aniversario) a toda la ciudad. Hace 10 años se dan clases, de igual forma, a mujeres.
Se mueve ágilmente, como una grulla en un pantano lleno de peces nerviosos. Toma sus espadas y sus demás armas como si fueran livianísimas, y hace ejercicios complicados hasta para alguien de la mitad de su edad.
Su carisma ha hecho crecer su nombre, pero es severo con sus normas: honrar la escuela, conciencia moral, paciencia, no dañar con el arte (entre otras). El respeto mutuo es vital. Tanto en el tratamiento por acupuntura como en la enseñanza de artes marciales, ha sido pionero en el medio; y también consta como uno de los primeros pobladores de la urbanización La Alborada. Entreabres los ojos y te golpea la realidad; la lección de historia se desvanece. Le das un último estrechón de manos a Ricardo Tay Lee, sonrisa blandiente. Una precisa aguja memoriosa se instala en tus sienes. Al darle la espalda para retomar tu camino, crees escuchar para tu sorpresa el revoloteo de uno de esos dragones con alas apostados a ambos lados del portón.