Crimen en el “Can Can”
Sin tratarse del baile parisino, el Can Can igual despertaba pasiones. En aquel lugar era impensable presenciar un hecho de sangre.
Antecedentes
El burdel se hizo famoso por tener a su disposición modelos extranjeras. La inversión de su propietario, Joaquín Zambrano, era sumamente costosa, pero parecía estar pagando con creces.
El Can Can se hizo rápidamente famoso, fue un referente de diversión, recibiendo a caballeros extranjeros y de todas partes del país.
Jaime Hernández, uno de sus clientes más frecuentes, era un puertorriqueño que se dedicaba a los cortes de cuero y al negocio del tapiz en Nueva York. Era un hombre violento, pero sus rabietas eran perdonadas por que siempre gastaba más de la cuenta en tragos y con las chicas.
El Can-Can, un baile rápido, de movimientos provocativos y de reputación escandalosa, nació en 1830, en París. Se hizo popular en el Moulin Rouge (Molino Rojo), donde el pintor Jean Toulouse Lautrec compuso cartelones y dibujó piernas largas luego de ser inspirado por esta versión animada del galope.
Pero cuando la gente hablaba del Can Can, en el Guayaquil de los 60, olvidaban la historia y el pasado se convertía en un paréntesis. Los hombres se referían al lugar de moda elegido por los caballeros de billeteras gordas. Quienes habían pisado el Can Can, salían llenos de descripciones fantasiosas, repletas de champagne burbujeante y de vedettes despampanantes, muy ligeras de ropa y desfilando por una pasarela de colores.
El único requisito para ser parte del sueño era estar dispuesto a gastar hasta el dinero de los regalos de Navidad. Y es que traer aquellas modelos de afuera del país no era nada barato. Su propietario, un hombre con mirada de piedra y bigotes teatrales, de apellido Zambrano, tenía la predilección de tener en su harem solo curvas extranjeras y eso le costaba caro.
Sin embargo, los clientes pagaban la inversión, y con creces. Las mujeres se bamboleaban con coronas de plumas en la cabeza y los embobados aristócratas no escatimaban a la hora de soltar billetes de más; ya sea por un whiskey doble o, luego de una conversación monosílaba con una de las chicas, regalarles el tan popular martini seco de James Bond. (Tres partes de gin, una de vermouth seco y una aceituna empalada para decorar. “Agitado, no revuelto”).
El establecimiento, antes conocido como “N” y “Lido”, que estaba ubicado en las calles 10 de Agosto y Víctor Hugo Briones -a diferencia de estos antecesores- se perfilaba como un negocio próspero por el hecho de haber mejorado la calidad de sus mujeres dentro del club.
Parecía impensable que, en un lugar de primera categoría -donde reinaban los buenos modales y donde los hidalgos de terno y corbata se anestesiaban con los bailes de las vedettes- alguien tuviera la osadía de cometer un crimen.
Pero el hecho de sangre se cumpliría, la noche del 30 de enero de 1965, al son de tres disparos de revólver en las afueras del local, que fueron parte de un
trágico desenlace.
Jaime Santiago Hernández era un hombre de caminar elegante, cara redonda y de cabello negro, engominado para atrás. De 34 años, puertorriqueño de nacimiento pero asentado en las costas de Miami, Hernández quedaría tallado en la retina de las chicas del Can Can desde su llegada al puerto, en noviembre del 64.
Eligió aquel burdel como su lugar de plantonera de casi todas las semanas. Llegaba un martes o un sábado, a practicar su pasatiempo preferido: derrochar dinero. Invitaba tragos caros, llenaba la tarima con billetes y ofrecía dinero a las bailarinas.
Luego de ganarse la simpatía de las muchachas, esperaba a que salieran del local para llevar la conversación a un lugar más privado, mientras la noche daba su último respiro y el Can Can apagaba sus luces.
Pero todo eso, según testimonios y declaraciones, era un show montado que pretendía contrarrestar su personalidad violenta. En la puerta dejaba siempre encargado un revólver Smith Weisson, Nº 79549, de calibre 32 y de barril brillante. El arma, adquirida en tierra yanqui, era cara, pero su precisión valía cada centavo (110 dólares, con precio ya rebajado).
El hombre se hizo conocer en el local y fuera de él. Si reclamaba contra el comunismo, tópico que siempre tocaba luego de varias copas, la gente enmudecía por que ya conocían sus iracundos arrebatos, llenos de cólera que hacían volar sillas, mesas y copas.
Del otro lado de la historia estaba Gerardo Ortega. A diferencia de Hernández, el hombre nunca había probado el bronceado de las costas de Miami. Era guayaquileño, y a sus 28 años, se había convertido en comisario Primero de la Policía Nacional.
Gerardo, de rostro flaco y contextura delgada, era estudiante de Jurisprudencia en la universidad de Guayaquil. Cursaba el sexto curso y estaba por rendir exámenes. Era casado y tenía dos pequeños hijos.
La tarde del 30 de Enero, el comisario le avisó a su secretario que saldría hacia la Universidad para rendir los parciales inconclusos.
Luego de un par de horas, cuando el timbre avisaba el final de la prueba, Gerardo salía entre la marea de estudiantes con una sonrisa. Había pasado los exámenes restantes con la puntuación más alta, por lo que decidió celebrar.
Recogió a un par de amigos del cuartel y recorrieron varios bares. Entre festejo y copas el minutero comenzó a galopar sin que se dieran cuenta. Ya eran las tres cuando Gerardo decidió marcharse. Pero su destino no era su casa, era el Can Can. Gerardo conocía al dueño, Zambrano, y le había prometido que visitaría el tan famoso lugar.
Al llegar, luego de pasar por el control que incluía dos hombres con aspecto de matones y de cara curtida, se dio cuenta de que los rumores eran ciertos: el Can Can transpiraba glamour y clase.
El puertorriqueño Hernández ya estaba en una de las mesas. El puertorriqueño comenzó a mascullar palabras inentendibles por su extremo grado de embriaguez. Las vedettes no se acercaban hasta el hombre por que este comenzaba a estrujarlas con fuerza y arbitrariamente.
Eran las 04:30 cuando el Can Can anunció el cierre de la noche. Hernández reclamó. Pidió de mala gana un par de whiskeys pero el bar ya había cerrado. El puertorriqueño salió dando tumbos y pidió su revólver, Gerardo salió detrás de él con inusual tranquilidad. “Es solo un borracho, qué podría hacer”, le dijo a una de las chicas que lo acompañaba.
En las afueras, Hernandez inició su griterío de todas las semanas: la misma cantaleta en contra del comunismo y de Fidel Castro.
El barril del calibre 32. brillaba en el aire cuando disparó tres tiros. Gerardo se acercó de inmediato y empujó al hombre.
- “Por que haces eso loco”.
- “Y quien eres tú”.
- “Soy comisario de la Policía”.
El puertorriqueño, que en el parte policial se asegura estaba intoxicado, aseguró no haber escuchado las últimas palabras. Solo se dio la vuelta y como si se tratase de tener enfrente a Fidel Castro, descargó dos tiros contra el Comisario.
La sinfonía de gritos no tardó en escucharse. Las “damas” del Can Can corrían alborotadas, despidiendo plumas de sus grandes coronas y tratando de taparse antes de que llegara la Policía.
Hernández se quedó cantando y pidiendo otra copa, mientras Gerardo era arrastrado por Lotty Velásquez una de las chicas hacia un taxi que los llevó al hospital Guayaquil.
Pero para Gerardo fue tarde. El comisario de 28 años moría por una hemorragia interna, al mismo tiempo que el puertorriqueño era trasladado al calabozo.
Hernández fue sentenciado a la pena máxima y su archivo se perdió en la pila polvorosa de muchos más. No se sabe a ciencia cierta si el hombre pudo salir alguna vez del penal con vida ya que se asegura que muchos de los guardias habían fijado un precio a su cabeza. Por orden municipal, el Can Can cerraba sus puertas: no más bailes estrafalarios de vedettes despampanantes, ni fantasías de champagne de colores.
Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil