Tomada de la edición impresa del 28 de junio del 2008

El crimen de un provocador

   | Autor: Xavier Andrade

Autor: Xavier Andrade

A la hora de satirizar acerca del lado oscuro de la alta sociedad y de la política, Pancho Jaime, no tenía límites.

Antecedentes


Víctor Francisco Jaime Orellana más conocido como Pancho Jaime, perteneció a la primera ola de emigrantes que abandonó el país para asentarse en Estados Unidos. Allí fue editor de la revista para adultos Underground L..A Touch.


Decide regresar al país, luego de encontrarse una fuerte suma de dinero en uno de los bares que frecuentaba.

En el puerto es el conductor de un programa radial.


Luego publica la revista “Censura”, encargada de mostrar el lado oscuro y prohibido del acontecer político y de los altos miembros de la sociedad guayaquileña.



Cuando cayó preso allá por 1984, por supuesto tráfico de drogas, Pancho Jaime contaba que había sido torturado. Que le habían hecho comer su propio cabello y las páginas de su revista. Que un par de gorilones contratados por un hombre de alta sociedad le había hecho prometer  que aprendería a callar lo que sabía.

Pero Víctor Francisco Jaime Orellana, más conocido como “Pancho” Jaime, solo reía. El hombre sabía las consecuencias de no poseer el blindaje del anonimato.

Cayó en la mazmorra porqué sus letras no perdonaban estrato social o posición política. Por meterse con los supuestos dueños del país y no titubear a la hora de llamarlos “locas”, “maricas”, drogadictos o prostitutas.

Estuvo tras las rejas, donde no se quedó mucho tiempo, por sus dibujos grotescos, sus comentarios misóginos, machistas y llenos de apelativos sexuales que contaban el  lado escondido del acontecer político y de la alta sociedad. 

Pero luego firmaba con su puño y letra, lo que se traducía en un vuelo “kamikaze”: un suicida preparado para explotar en mil pedazos.  Por eso, como el 6 de septiembre de 1989,  Pancho Jaime, también conocido como la “Mamá del Rock”, fue silenciado. Sabía demasiado. 

De lentes redondos, gorra camionera, melena y bigote teatral, Jaime era una mezcla de hippie intelectualoide, pero también sinónimo de pueblo. Nació en 1946, en Guayaquil, pero emigró cuando era joven junto a su familia, montándose en la primera ola de ecuatorianos que buscaban “el sueño americano”. Se asentó en uno de los callejones latinos en Hollywood, Los Angeles.

Eran tiempos donde la muerte del Che Guevara hacía flotar aires de revolución. Jaime presentaba los primeros rasgos de su carácter sublevado en contra del sistema.  En suelo estadounidense, formó una pandilla llamada los “Rebeldes del Guayas”, con la que compartió tiempo tras las rejas por varios delitos menores, antes de cumplir la mayoría de edad.

En la búsqueda por algo de estabilidad económica, trabajó de limpia carros, canillita y conserje. Pero ahora se inclinaba por otra influencia: el rock and roll. 

Eran épocas de los solos interminables en la guitarra de Jimmy Hendrix, de los bailes  estrafalarios de Mick Jagger y de aquella celebración humeante llamada Woodstock.  Jaime hizo de su cabeza una biblioteca del ritmo revolucionario. 

Gracias a eso, pudo iniciarse como periodista en el diario “Underground L.A Touch”,  magazín especializado en pornografía, chismes y rock del bueno. Pancho Jaime llegó a ser editor de la sección musical.
Y pese a estar contento con escribir de los  temas que más conocía, un giro del destino lo haría regresar a la ciudad que lo vio nacer. 


En uno de los bares que frecuentaba, encontró en un maletín, que estaba dentro de un tacho de basura, 50.000 dólares. (La suma de dinero variaba dependiendo en el estado en el que se encontrara Jaime a la hora de narrar).

Con el dinero le compró una gasolinera a su padre. Texaco Gulf, sería el nombre de la estación y también de su banda de rock, donde Jaime era la voz principal.

Con el resto del dinero, Pancho Jaime decidió retornar, ya de 23 años,  a Guayaquil, pero con una misión: exorcizar a su ciudad natal de los pasillos deprimentes de Julio Jaramillo y de la salsa romántica, todo a punta de rock and roll.

Luego de llegar al puerto principal, instaló un local en la avenida Nueve de Octubre, entre las calles Machala y Santa Rosa. “Head Shop” era un almacén pequeño y tipo bodega, de parafernalia sicodélica, cargada de mucha vibra hippie.

Paralelo a aquel negocio, Pancho Jaime comenzó con su campaña para promover el rock and roll en un espacio radial al que llamó la “Mamá del Rock”. (Seudónimo por el cual sería también conocido).

Pronto se convirtió en el precursor del rock en la ciudad y en un icono que ganaba adeptos de melenas largas y chaquetas de cuero. Su fama creció como espuma de cerveza. Aprovechó el estar en la cúspide de la popularidad para inaugurar el primer  bar con música en vivo y videos en pantallas: Rock On.

En aquel escenario promovió a grupos locales como Blaze, Simisterra, Bodega y a un muchacho con bastante ritmo y letras hilarantes, apodado el “Viejo Cuy”, pero bautizado como Héctor Napolitano. 


Sin embargo, Pancho Jaime no podía dejar atrás la costumbre de escribir, así que publicó un par de revistas musicales: Rock On y Hot News.

Pero entre el ambiente musical y de nubes espesas, se enteró por bocas sueltas de muchos de los comentarios subterráneos de los políticos de moda y de figuras representativas de la alta sociedad.   

Pancho Jaime, sin olvidar sus aires revolucionarios, decidió imprimir “Censura”, revista que se encargaría de hacer del conocimiento informal algo público. Más de un político y de muchos miembros respetados de la sociedad, desfilaron en sus páginas.

Jaime escribía como hablaba: de forma violenta y prejuiciosa. La publicación no tenía fotos, solo dibujos obscenos y documentos que respaldaban sus comentarios.

La primera edición fue vetada y Pancho Jaime fue a parar al calabozo. Pero sin nada que probarle (utilizaba seudónimos y solo primeros nombres), fue puesto en libertad enseguida.

Luego de 13 publicaciones, la revista evolucionó y cambió de nombre. Se llamaría “Comentarios de Pancho Jaime”, y tendría el mismo tinte misógino, solo que ahora con más chismes. La información comenzó a llegar a sus manos sin que él tuviera que mover un dedo.

Dicen sus adversarios que Jaime comenzó a chantajear a ciertos ricos “de sobaco perfumado” (así los llamaba Jaime), para que estos no salieran publicados en sus páginas. Era también miembro activo de una iglesia y siempre defendía la Biblia. Sin embargo, en la visita del Papa Juan Pablo al país en el 85, no dudó en hablar del pontífice y de graficarlo en la única forma en que sabía. 

La furia de la alta sociedad se acumulaba como magma en volcán a punto de hacer erupción. El 6 de septiembre de 1989 Jaime salía del taller donde imprimía su revista. Iba a comprar una cola.

Un hombre se acercó por detrás blandiendo un revólver. Jaime no se percató y el tiro vino en la cabeza, apagando la vida de la “Mamá del Rock”. Días después, el supuesto asesino de Jaime fue cercado por la guardia policial y acribillado a tiros,  por lo que nunca se pudo esclarecer la muerte del controversial personaje. Ese, cuyo nombre todavía se encuentra en quioscos de revistas, pero sin la fuerza inicial de sus comentarios, cargados de sátira,  revolución y rock and roll.

Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil
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