Tomada de la edición impresa del 14 de junio del 2008

El “Monstruo de Machala”

  | ILUSTRACIÓN: Kleber Flores

ILUSTRACIÓN: Kleber Flores

Un asesino en serie tuvo la oportunidad de rehacer su vida en Europa, pero la bestia dentro de él no logró calmarse.

Antecedentes


Gilberto Antonio Chamba, apodado por el pueblo y los medios de prensa como “El Monstruo de Machala”, fue apresado por las autoridades en el verano de 1993. Se declaraba con frildad y sin ningún remordimiento autor de 8 asesinatos y más de 10 violaciones. 


Conducía un taxi desde 1988 y así era como enganchaba a las jóvenes estudiantes de la zona. Condenado a 15 años de cárcel en la Penitenciaría del Litoral, pero solo cumplió siete gracias a un indulto de la iglesia y a la polémica ley del 2x1.   Con una fuerte suma de dinero limpió su record policial y viajó a Europa, donde encontraría una nueva víctima.



Monstruo (del latín monstrum) es cualquier criatura legendaria que causa espanto y que con frecuencia se encuentra en la mitología o los cuentos de terror.

Pero este “monstruo” había saltado de las páginas de la Odisea de Homero y se había asentado, desde muy pequeño, en Machala. Su nombre era Gilberto Antonio Chamba, de figura delgada, ojos caídos y bigotes mal cortados.

Y pese a tener el aspecto de esos gallos flacos de hacienda, (esos que ya no sirven para las peleas de domingo), y no de un monstruo mitológico, ese “gallo flaco” estaba confesando, en el verano de 1994, haber asesinado a 8 mujeres y haber violado a más de 10.

“Yo las violaba y las mataba por que sentía placer”, decía, frente a un pueblo entero que se estremecía cuando Gilberto abría la boca.  

Chamba regresaba con la Policía a las escenas de sus crímenes para tejer historias. Su enganche era conducir un taxi por las tardes, ahí mareaba a las estudiantes con su tono almibarado. Señalaba rincones, mientras sus ojos color almendra recogían sensaciones y parecían no esconder ni una gota de vergüenza.

El martillo de la ley ecuatoriana cayó con todo su peso: 15 años de cárcel por 8 asesinatos. Al “cálculo a dedo”, dos años por cada mujer asesinada.

Chamba cumpliría con la sociedad desde una celda mugrienta y  recibiendo las palizas tradicionales del “caporal” apenas saliera el sol.  

Pero esos 15 años, en el país del “todo se puede”, se convirtieron (gracias a la ley del  2x1 y más un indulto de la Iglesia Católica) en solo 7. Los barrotes de la penitenciaría se abrieron en el 2000 para que el “Monstruo de Machala”, Gilberto Chamba, de 30 años, pudiera rehacer su vida.  

Y Gilberto no era ningún vagabundo. Con dinero del bolsillo de su familia, hizo desaparecer como por arte de magia los delitos tatuados en su récord policial y con lo que le sobró, compró un pasaje para Europa.  

Cruzó el charco para alejarse de su pasado. Se volvió un errante durante casi tres años. Tuvo oficios que iban desde cuida carros hasta de zapatero.

Su viaje se extendió hasta Ámsterdam, donde entre cartelones de Neón, desnudos en la vía pública y de viajes lisérgicos, conoció a Liliana, una prostituta rumana. 


La llevó a una colina en un coche que había alquilado días antes. Se pasaron al asiento de atrás para dar inicio al “ruedo”. Pero Gilberto sintió un cosquilleo en el estómago: era el “Monstruo”, que reclamaba un sacrificio para apagar su ira.

Gilberto agarró entonces el cuello de Liliana y comenzó a apretarlo. La rumana, acostumbrada a todo tipo de “fetiches”, no se molestó hasta que los dedos le cortaron la respiración.

Pero Liliana era también una criatura parida por la noche y la calle, y sabía cómo defenderse. Lo agarró de sus partes “nobles”, haciendo de tenaza apreta nueces, hasta que el pervertido, morado del dolor, la soltó. 

La rumana se bajó del auto pidiendo ayuda, mientras Chamba se perdía entre la maleza, como si se tratara de un espejismo nocturno.

Días después, Gilberto decidió viajar una vez más. Se enteró por su familia, (esposa, dos hijas y su madre), que dos de sus tías vivían en España. Al llegar, las hermanas, algo pasaditas de edad y que no sabían de su pasado, lo esperaban con los brazos abiertos.

Le habían conseguido un puesto de conserje en una universidad cercana, dentro de Lleida.

Y fue en aquel lugar, barriendo el parqueadero y limpiando asientos de cine, cuando la vio por primera vez. De cuerpo pequeño, soberbio y de medidas perfectas.

María Isabel Bascuñaña llenaba el perfil que tanto le gustaba: ojos rasgados e infinitos, piel cremosa y expresión inocente.     

La imagen lo dejó embobado. Gilberto comenzó a vivir el mismo cosquilleo que sintió con Liliana, y se las  ingenió para poder tener su número celular.   

La noche del 23 de noviembre, María Isabel decidió llamar a sus padres para avisarles que no llegaría a cenar, ya que un par de amigos la habían invitado a un café. No obstante, y luego de colgar, miró al celular y se percató de que otra llamada aguardaba en la línea.


Era Gilberto, con respiración arenosa, que le decía que debía ir al parqueadero porque su auto había sido robado. María Isabel se apuró con los nervios crispados. 

Pero al llegar al lote, se dio cuenta de que a su carro no le pasaba nada, estaba allí, esperándola, como siempre. Se dio la vuelta para retornar con sus amigos cuando vio a Gilberto, apretando los puños de manera compulsiva y mirándola fijamente.

Isabel comenzó a acelerar el paso para el callejón cuando sintió que una mano helada y rasposa aplastaba su boca. Era Gilberto, quien comenzó a empujarla con fuerza hacia el segundo piso para luego conducirla a una esquina oscura.

Le ató un pañuelo blanco al cuello, esos con los que se encargaba de limpiar las butacas del cine. Abusó de ella, y luego de sentirse satisfecho, siguió apretando el trapo en su cuello, hasta que María dejó de respirar.

Aún agitado Gilberto abrió el maletero. Metió el cuerpo de la estudiante de leyes y luego le puso un par de fundas de basura encima.  

Condujo el coche hasta el barrio de La Bordeta y lo parqueó. Sin poder saciar su sed, Chamba agarró el celular de María y llamó a una línea erótica: habló durante seis minutos. 

Ya más calmado, Gilberto regresó al parqueadero para seguir barriendo, como si nada hubiera sucedido. Pero los días siguientes sería presa de los nervios. 

Varias de las compañeras de la española lo habían visto acosándola. Era cuestión de horas, antes de que la Policía estuviera tocando su puerta.

Compró un boleto para Venezuela y sacó su maleta de viaje para partir de nuevo lejos.

Pero el rastro del monstruo había dejado una estela demasiado grande. Los “Mossos d’Esquadra” ya estaban tras su pista y tardaron poco tiempo en ubicarlo.

Familiares y colegas del “monstruo” lo defendieron ante la prensa, asegurando que ese día Chamba no se había ausentado ni un momento de su puesto de trabajo.

Sin embargo, y gracias a la avalancha mediática, una mujer pudo reconocer la cara del hombre: Liliana, la prostituta rumana.

Liliana declaró en contra de Chamba. Sus palabras, y una prueba de ADN que confirmaban lo evidente, condenarían a Gilberto Chamba a 48 años de prisión.

Los barrotes españoles parecen contener al fin a esa criatura legendaria que causa espanto. Monstruo (del latín monstrum), y que con frecuencia se encuentra en la mitología, o en las páginas de los cuentos de terror. 

Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil
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