Tomada de la edición impresa del 22 de mayo del 2008

Disparos que se volvieron reales

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El único escape para su depresión eran los videojuegos de guerra. Aquellos muertos virtuales luego se convertirían en realidad.

Antecedentes

 
La familia de Francisco decidió contarle acerca de que era adoptado. El niño de doce años entró en una fuerte depresión y se alejó de los únicos amigos que tenía. Los cambió por malas amistades, aparentemente pandilleros que frecuentaban el sector. 


La única actividad que parecían alegrarlo a ratos, eran los juegos de video de “shooters”, en los que se dispara a blancos virtuales. A los quince comenzó a faltar al colegio para poder distraerse con estos videojuegos, por lo que tuvo una fuerte discusión con su madre Alicia, a quien le habría prometido que no se acercaría más a aquellos centros de videojuegos


La mañana del lunes 20 de julio de 2005, Raúl bajó al segundo piso para despedirse de sus padres, una costumbre matinal que había adoptado desde que se mudó al tercer piso del condominio donde vivían.

Estaba aún soñoliento. Las ojeras le llegaban al piso porque su sueño había sido interrumpido por un par de explosiones en la madrugada. Sabía que eran tiros y no fuegos artificiales. Se asomó por el ventanal de su cuarto pero no alcanzó a ver nada.

No se preocupó ni dio voz de alarma a la Policía, por que eran sonidos bastante comúnes en su sector:  avenida Agustín Freire, en la II etapa de La Garzota, al norte de Guayaquil.

Sin embargo, al día siguiente, al abrir la puerta, presenció una escena que le parqueó un dolor entre la garganta y el estómago.

Su padre yacía en el pasillo de la casa, con un disparo en la espalda. Se acercó para ayudarlo pero el cuerpo no se movía. Las heridas ya estaban secas, y tratar de sacudirlo para que él despertara fue en vano.

Avanzó hacia el cuarto de su hermana buscando respuestas, encontrando solo un tétrico déjà vú Los cuerpos de su madre y de su hermana formaban una cruz, con ropa de dormir y con un tiro cada una. La primera con un disparo en el abdomen y la segunda con uno en la cabeza.

Faltaba también alguien en la casa, Francisco, su hermano menor de 15 años. Pensó enseguida que habría sido secuestrado. No contentos con haber asesinado a la familia entera, aquellos terroristas habrían llevado al pequeño para lanzarlo en alguna bodega oscura.

Luego de varios minutos de preocupación y de que la Policía invadiera la casa con cintas de “no pasar” y carteles para indicar las pistas del crimen, Raúl recibió una llamada.

Pensó que la voz sería modulada, con esos aparatos que utilizan los asesinos en las películas de terror, y que le indicaría donde dejar el dinero para recuperar a su hermano. Sin embargo, la voz era clara, y tenía acento policial.

Habían detenido a Francisco, en el aeropuerto de Guayaquil. Con 150 dólares y tratando de huir hacia Quito. Había sido transportado a un centro de detención y bajo las luces de una lamparilla detectivesca, se declaraba culpable del triple asesinato.

Raúl no podía creerlo. No  obstante, luego de pensarlo por un momento no se le hizo tan difícil de concebir. Eran hermanos, pero no compartían la misma sangre. Francisco había sido adoptado desde muy pequeño,  de un orfanato, como un acto de nobleza por parte de sus padres.

No fue complicado camuflarse como un miembro más de la familia. Tenía el cabello claro, piel muy blanca y la nariz fina como un alfiler.

Desde el principio fue inscrito en una escuela militar, por lo que llevó corte de cadete casi toda su vida. No era un gran conversador pero tenía un par de amigos y reía de vez en cuando.


Pero al crecer se dio cuenta de que las edades de sus padres no encajaban con la del perfil de la mayoría de las familias. Alicia Martillo, su madre tenía 66 y su padre Nicolás Moreira rondaba los 70.

Y al cumplir los doce años la olla se destapó y se lo dijeron sin rodeos: “eres adoptado, pero eso no significa que no te queramos”.

Las notas de Francisco bajaron inmediatamente. Se volvió introvertido, ya no hablaba casi con nadie y la espalda se le encorvó porque afirmaba que sufria una enfermedad incurable: la vergüenza. Tropezó para caer en un vacío oscuro y lleno de enigmas personales.  

Sin embargo, encontró un pasatiempo que lo ayudó a descargar sus complejos sin lastimar a nadie. Comenzó a visitar los locales de video juegos que estaban cerca del sector. Allí  encerraba su enojo en los escenarios de “The House of Dead II (La casa de la muerte)”, volando cabezas de zombis vivientes con una mágnum 42 de plástico.

Los disparos virtuales se fueron convirtiendo en una obsesión. Fueron más de dos meses de faltar al colegio, solo para pegar la cabeza a la inmensa pantalla de 40 pulgadas, con el movimiento incesante del índice contra el gatillo.

Sin embargo, un día en el que se disponía a alcanzar los últimos niveles del juego, encontró a Alicia, su madre, apoyada contra la máquina, echando humo por la boca y más enojada que un toro de Miura.


Tenía un papel en la mano. Era una citación del rector del colegio donde le comunicaba las faltas injutificadas de su hijo. Luego de una sinfonía de alaridos y de hacerle prometer que no regresaría a las arcadias, Francisco volvió a la casa, apretando el puño y conteniendo las lágrimas.

Esa noche del 19 de julio del 2005, el joven pidió a su madre y a su hermana que durmieran con él por que se sentía solo. Las manecillas del reloj marcaban la una de la madrugada cuando Francisco aprovechó e que dormían como piedras.

Las medias de algodón amortiguaban el sonido de sus pisadas cuando bajaba por las escaleras de madera. Buscó en la licorera de abajo de la casa. Abrió gavetas, revisó estantes, hasta que pudo encontrar lo que buscaba: una pistola nueve milímetros de marca Smith Wesson.

Regresó en puntillas hasta el cuarto y se quedó mirando a su hermana por unos minutos. No tenía nada contra Elizabeth, así que decidió que no debería sufrir por la muerte de su madre: decidió dispararle primero. El tiro fue certero, en la cabeza, matándola al instante y sin despertarla.

El estruendo fue seco y alzó de un sopetón a Alicia. La madre tenía los oídos atontados  por el estallido. Cuando abrió los ojos vio una mancha enorme y roja, (sobre ella el cuerpo tembloroso de su hija). Tenía de frente a  Francisco, sentado en una silla de madera, hamacando la pistola aún caliente por el disparo.

Se le dibujó en la cara una mueca paralizada y solo atinó a cubrir su rostro con las manos. Francisco bajó la mira de su arma y le disparó en el abdomen. Alicia corrió la misma suerte de su hija.

Otra figura entró en escena, era Nicolás su padre, que horrorizado miraba aquél telón macabro, con los ojos perdidos. Al darse cuenta de que su hijo sostenía el arma, corrió hacia el pasillo.

Y pese a que Francisco lo consideraba un buen padre, luego aclaró que no podían quedar testigos. La tercera bala viajó por el corredor, alcanzando la espalda de Nicolás, justo cuando se encontraba cerca del picaporte de la puerta.

Francisco entró en trance: las muertes en los juegos que tanto disfrutaba se habían vuelto realidad.Agarró 150 dólares del cuarto de su padre y salió caminando de la casa con tranquilidad.

Horas después, sería apresado en el aeropuerto. Hoy purga una condena de cuatro años en la Dinapen. En una esquina apreta el indice por innercia. Dispara a blancos fantasmas,  que alguna vez fueron reales.

Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil
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