Tomada de la edición impresa del 08 de mayo del 2008

La muerte de Don Maca

Ilustración de Macario Briones | ILUSTRACIÓN: Carlos Proaño para El Telégrafo

ILUSTRACIÓN: Carlos Proaño para El Telégrafo

Ilustración de Macario Briones

Pese a tener varios enemigos, Macario Briones se sentía protegido por el pueblo en su fortín: La Universidad Ténica de Portiviejo.

Antecedentes

Macario Briones es contratado en 1976 como guardaespladas de algunos de los dirigentes de la Universidad de Manabí. Mata publicamente a su cuñado a plena luz del día y su fama crece inesperadamente. 


Luego de varios años sembrando el terror en Manabí, decide apostar al papel de político. Para lograr la victoria, Briones se dedica ayudar a las comunas pobres. Se hace de varios enemigos, uno de ellos un comandante de una alta cúpula militar y otro, un ex compinche, ahora líder de la banda llamada “La Cartuchera”.



El día que me muera tendré la satisfacción de saber que vendedores de periódicos y canillitas ganarán más, por que la noticia de mi muerte agotará la edición”.

Sin jactarse de tener dones de pitonisa, Macario Briones predijo con exactitud lo que desencadenaría su muerte.

La madrugada del martes 12 de febrero de 1985, los canillitas avanzaban como hormigas por las calles de Portoviejo. Ese día, “El Diario Manabita” contrató al triple de repartidores. En solo dos horas se vendieron 25.000 ejemplares y hubo que duplicar la edición. Todo porque en su portada, a lo ancho de la página y en letras grandes y rojas, decía: “MATARON A DON MACA”.

Macario Briones Menéndez, también conocido como “El Profe”, había caminado el día anterior por los pasillos de la facultad de Sociales de la Universidad Técnica de Portoviejo.

Era un alumno más, con camisa celeste, pantalón blanco y maletín. Solo que de su cinturón colgaba un revólver Mágnum importado, de cacha café y barril plateado.

Se inscribió en el 77, y llevaba 8 años saltándose de una carrera a otra. Para Don Maca lo importante no era estudiar. La universidad era su búnker, su refugio camuflado. Allí se escondía luego de cada fechoría y de ahí seleccionaba a los soldados rasos de su infantería.

Este séquito armado, al igual que Briones, tampoco estudiaba. Se reunía con “El Profe” a la salida de clases. Se montaba en un jeep viejo y salía derrapando con el acelerador a fondo.

Llegaban a la ciudad para hacer de las suyas: Robo de vehículos, extorsión, cobro por protección, y algunos uniformados apuntaron a la lista un par de asesinatos y violaciones.

Al día siguiente, Don Maca mandaba a sus muchachos a clase. Si algún profesor reclamaba, Macario solo se paraba en la puerta, miraba al educador fijamente, rascándose la barba, que le nacía en las patillas y que le cubría casi toda la cara: el maestro debía entender el mensaje.

Todos le temían. A diferencia de los que escondían su mano luego de disparar, Don Maca mataba en público. Se jactaba de tener la puntería de un tirador olímpico y el pulso del mejor cirujano.

Su historia comienza en el 76, cuando era guardaespaldas de los dirigentes de los movimientos políticos de la Universidad. Existían dos bandos: la FEUE (Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador)  y filial Manabí MDU (Movimiento Democrático Universitario), que vivían en constante balacera, peleándose por el poder. 

Y pese a que algunos de los dirigentes amanecían en “pijamas de madera”, nadie se acreditaba los asesinatos. Eran sicarios anónimos, lacayos de los mentalizadores de corbata, por lo que nadie sabía ante quien agachar la cabeza.


Sin embargo, en Noviembre del 78, Don Maca hizo brillar su revolver a plena luz del día. Delante del populacho mató con cuatro disparos a su cuñado. Terminó de vaciar el barril contra el cuerpo en el suelo. Todo porque, según Briones, aquel hombre había golpeado a su hermana. Eso le regaló el calificativo de el “Al Capone Manabita”. El relato de la feroz escena se vendió por el pueblo como pan caliente. 

El Profe comenzó a vender protección. A vendedores, alumnos y profesores. Luego armó su cuadrilla, comenzó a ejecutar asaltos elaborados, asesinando a quien se interpusiera en su camino. 

Sin embargo, luego de algún tiempo, Briones se dio cuenta de que lo suyo era estar en la política. Comenzó a realizar obras sociales en las comunas y barrios marginales, hasta ganarse el cariño del pueblo.

No obstante, en uno de sus enfrentamientos, a Don Maca se le pasó la mano con el mando militar: mandó a dormir a un par de uniformados. El comandante del grupo “Tnte. Hugo Ortiz” lo amenazó públicamente.

“Este asesino caerá contra las rejas hoy mismo”. Sin embargo, el pueblo organizó una marcha a favor de Briones: “Macario, amigo, el pueblo está contigo”. Los planes del comandante fueron detenidos por la gente. 

Otro de sus enemigos era Cicerón Álvarez, alguna vez mano derecha de Briones pero que ahora era jefe de la pandilla “La Cartuchera”.  Don Maca lo había expulsado de su cuadrilla por llamar demasiado la atención y eso, ahora en su plan de político, no le convenía. 

Álvarez había decidido vengarse y apoderarse de su trono. Don Maca se había llenado de enemigos pero no le importaba. Mientras estuviera protegido por las cuatro paredes de su fortín nada le podría pasar.


El lunes 11 de 1985, Briones paseaba por las aulas de la facultad de Sociales cuando llegó Marina, la mujer de Don Maca. Era una chonera con curvas, de cabello ondulado y castaño. Lo llevó de la mano hasta el patio de la universidad, una explanada al frente de un edificio de tres pisos de la facultad de
Filosofía.

Allí estaba parqueado el jeep de Briones. Ya no estaba viejo, había ahorrado lo suficiente como para pasarle una mano de pintura nueva y hacerle dibujar una foto del Che Guevara en el capo. Ese era al único hombre ante el que se arrodillaría.

“Mira que lindo que ha quedado para el trabajo comunitario”, decía con una sonrisa, mientras se apoyaba en la parte de atrás.
A pocos metros se acercaba un alumno, peinado de raya a un a lado y con la camisa por dentro. Debajo del brazo cargaba una carpeta manila. La levantó para
preguntarle algo a Briones, pero de ella salió un tiro.

“El Profe” no se lo imaginaba, la carpeta camuflaba una pistola calibre 38. El primer tiro pegó en el brazo derecho de Don Maca. Briones trató de sacar su revólver y apuntar, pero su mano cayó pesada al suelo.

El otro tiro se lo dio en el pecho, mientras Don Maca estaba arrodillado. El tercero fue en el abdomen, solo para asegurarse de que Briones no se volviera a levantar.

La mujer gritaba enloquecida una frase comprometedora, “¡Yo no quería que pasara esto!”. El perpetrador retrocedía blandiendo su arma y con pulso quieto.
Retrocedió 50 metros y desapareció a bordo de una moto. Don Maca caía muerto, debajo de una pared con la leyenda “La Universidad siempre unida”.

Fue velado en una vivienda en el barrio San Pablo, donde vivía junto a su madre y un hermano. En la caja estaba con el rostro tranquilo, con un terno café claro, cruzado de manos y sostenía una rosa.

La gente trataba de tocarlo mientras se persignaba. Una mujer cantaba: “En una casa sencilla ahora me estarán velando: unos contentos y otros estarán llorando”. Cicerón Álvarez se procalamaba como el nuevo capo de Manabí y el comandante pudo dormir esa noche tranquilo.  

Se despedía Don Maca. Para algunos el Robin Hood del pueblo, para otros…un simple asesino.

Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil
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