Tomada de la edición impresa del 02 de mayo del 2008

La última ráfaga de La Rana

Ilustración: Bruno Carranza. / El Telégrafo	 |

Ilustración: Bruno Carranza. / El Telégrafo

La Policía Nacional tuvo que utilizar sus métodos más extremos para frenar el recorrido del “Jesse James” ecuatoriano


 
A principios de 1994, parecía que Manta hubiese regresado a la época de los bandoleros del Viejo Oeste. Pegado a un poste de luz, en un afiche arrugado estaba la foto de un flaco de ojos saltones, pelo crespo y pálido como porcelana.


Arriba de la gráfica rezaba: “Se busca, vivo o muerto: recompensa”. Y luego en letras grandes el mensaje se completaba: “a Gustavo Parra Lobertty: más conocido como La Rana”.


La Policía había revivido los carteles pistoleros en una jugada desesperada para atrapar al “Jesse James” ecuatoriano.
Y es que a Parra solo le faltaba la bandana y el caballo para parecerse al más famoso integrante de la banda de asaltantes James-Younger de 1884. A sus 24 años había robado bancos, joyerías, una docena de autos lujosos y había liquidado a todo policía que tratara de detener su caótica estampida. 


“La Rana” se jactaba de tener 8 rayas en uno de los bordillos de su cama de madera. Las había tallado con una navaja vieja, una por cada oficial que había caído bajo su espada: una metralleta Uzi de alimentadora larga.

 

Tomó entonces la posta, con una Uzi en la mano derecha, una correa de proyectiles  en el pecho y una granada en la izquierda

 Parra había aprendido del mejor. Desde que tenía 15 años le seguía los pasos a Macario Briones, alias Don Maca/El Profe, un mafioso de la talla de Al Capone, amo y señor de la Universidad Técnica de Portoviejo. Ese era su bunker, de allí se refugiaba luego de cualquier fechoría. Pero aquellas aulas lo vieron también morir: acostado sobre el capó de un carro, con el pecho atravesado por tres balazos.  


“La Rana” tomó entonces la posta, con la Uzi en la derecha, una correa de proyectiles cruzada en el pecho y en la izquierda una granada tipo limón. Dicen que se daba el lujo de ser tan arriesgado porque había nacido con la piel del guerrero espartano Aquiles.


 La primera vez que la Policía trató de liquidarlo, el 7 de julio de 1993, resultaron muertos tres de sus compinches. En aquella ocasión, los agentes de la ley se enteraron de que Parra extorsionaba a un ciudadano mantense por 6 millones de sucres.


El día en que “La Rana” fue a cobrar, una barricada de uniformados lo esperaban. Las ráfagas de proyectiles pasaban alrededor de Parra y parecían no tocarlo: no tuvo ningún rasguño, a diferencia de sus tres seguidores que terminaron con los pies para arriba.


Lo mismo sucedió en el segundo intento de abatirlo, el 20 de octubre del mismo año. Esta vez sucedió en una persecución policiaca. 


Parra iba al volante, de copiloto el “Niño Lobo”, hermano de su esposa Montserrat Bravo, y Guillermo Pólit, otro de sus secuaces, en la parte de atrás. A la  salida de Manta, La “Rana” accionó el freno de mano y el auto giró por inercia y se plantó delante de sus perseguidores. Abrió la puerta y la utilizó como escudo.


Arremetió con su metralleta y alcanzó a matar a dos uniformados. Los oficiales en fuego cruzado, nuevamente no lograron herir a Parra, pero abatieron a sus dos cómplices, mientras que “La Rana” se escapó entre la maleza.


Se había convertido en el enemigo personal de la Policía. Pese a que en su primer robo, en octubre de 1990, no hubo heridos, un año después blandió su arma en contra de su primera víctima: un uniformado.


En 1991, se encontraba en la bóveda del Banco Comercial de Manta, guardando su botín en una bolsa cuando sintió que lo apuntaban, era un cabo llamado Gustavo Rivas.


Levantó las manos rindiéndose, pero uno de sus secuaces distrajo a Rivas  . Parra no lo pensó dos veces, levantó su Uzi y le disparó a sangre fría. Entendió que para mantenerse en el oficio debía halar el gatillo sin remordimientos.


Para ganarse el respeto y el temor de la gente, el 1 de mayo de 1992, luego de constantes amenazas de la Policía, Parra decide hacer alarde de sus venas frías. Secuestró al cabo Roberto Álava y lo torturó por varios días. Luego, Álava apareció muerto dentro de un saco, en las afueras de la comisaría. 


Otro de los peligros que significaba Parra para los uniformados, era que parecía embelecido por la idea de asaltar constantemente. No necesitaba de una selección especial, parecía no tener límites.     

 

 Le daba lo mismo robar una empresa de hielo, un camión de Coca Cola o un container con 140 kilos de camarones

 Le daba lo mismo robar una empresa de hielo, un camión de Coca Cola, un container con 140 kilos de camarones, una institución del Estado o extorsionar a un simple tiendero. En ocasiones operaba también en sectores de Santo Domingo de los Colorados o en Quevedo. 


Había sembrado el terror en el país y de la cosecha había obtenido más de 1.600 millones de sucres. Esa era la razón de los carteles en cada poste en el  94. Pero la Policía le seguía el rastro, estaban decididos a detenerlo.


En febrero el ambiente olía a muerte. Muchos de los secuaces de La rana comenzaron a abrirse. Parra se sintió en una inusual soledad, comenzó a mirar sobre su hombro.


El 9 de ese mes salía de un motel junto con su esposa en un auto 4x4, sin placas, de color negro y que había robado pocos meses atrás. “Sale la bestia”, escuchó Parra a pocos metros: era de una radio policial. Un ejército de uniformados (Policía y GIR) lo esperaba afuera. Frenó de lado. Abrió la puerta y, nuevamente, con una Uzi en cada mano comenzó la fiesta de los tiros.


Los oficiales caían mientras La Rana seguía atrincherada. Sin embargo, sacó su brazo demasiado al querer lanzar una granada contra el tumulto: dos proyectiles se lo traspasaron. En ese momento su mujer también era herida y perdia el conocimiento. Parra trató de escapar pensando que su amada Montserrat había fallecido.


Comenzó a correr pero la piel de Aquiles no funcionó: esta vez fue alcanzado por 3 disparos  en la espalda y luego rematado con 2 en el pecho.Murió al instante.


En la guantera de su auto se encontraron 560 municiones de metralleta, 7 alimentadoras y 5 granadas. Sabía que su fin se acercaba. Los murmullos en el pueblo ya tejían una muerte anunciada.

Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil
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