Tomada de la edición impresa del 28 de abril del 2008

El “Patucho” Rigoberto

Ilustración. Manhattan para El Telégrafo |

Ilustración. Manhattan para El Telégrafo

Comenzó como un carterista, para luego convertirse en el más grande robacarros de la historia del país.

Antecedentes

El Patucho Rigoberto Castro empezó a dibujar su vida delictiva en 1977,  a los 15 años, cuando era un simple carterista.

Pese a ser un chico lanza tenía un trabaja que no le pagaban mucho, pero estaba cerca de los autos de lujo que lavaba en una concesionaria. También tocaba las armas de los guardaespaldas del dueño.

A los 20 años empezó con atracos pequeños. Luego robaba carros que los vendía fuera del país. En agosto de 1990 fue detenido pero con ayuda fugó. Un mes después fue asesinado a tiros por un compinche.


Para algunos, el “Patucho” Rigoberto no era  un ladrón, era un artista. Cuando su mano derecha se acercaba al bolsillo de su víctima los dedos se le encogían, como serpiente a punto de atacar a su presa. Se escurrían como seda dentro de la tela y luego de un zarpazo afuera leontina/ cadena o fajo de billetes.


Y de ahí, a correr. Sus manos se abrían y se hacían planas para agarrar más velocidad. La espalda curva y el pecho hinchado como un gorrión. Cada paso significaba una lucha constante. Había nacido con la pierna izquierda más corta y la bota ortopédica le pesaba. Con dificultad dejaba la muchedumbre atrás y no se detenía hasta que estaba a salvo.


Así comenzó a dibujar su vida delictiva, en 1977 desde los quince años, cuando aún era un simple carterista. Pero pese a ser un chico “lanza”,  tenía también un trabajo honrado. no le pagaban mucho, pero no le importaba. Estaba cerca de lo que más deseaba: los autos  lujosos.


Era el encargado de lavar los vehículos de una concesionaria en el centro de la ciudad, cerca de la calle Machala. Pasaba la mopa con cariño maternal; por la pintura nueva y los aros cromados. “Algún día, algún día”, decía suspirando.


El dueño del establecimiento era un hombre rico y de corbata. Tenía un par de guardaespaldas que lo esperaban en el patio mientras terminaba sus diligencias. 


Rigoberto aprovechaba para pedirles prestada sus armas. Los “pepudos” se las daban, pero sin alimentadora. “El Patucho” parecía embobado con el brillo del cañón, dándole vueltas al tambor. Eso era, armas y autos lujosos, la combinación que de seguro le garantizaría la vida de un gángster de películas. “Algún día seré como ese de la televisión: El Padrino”, repetía.


Dejó entonces de apuntar a las carteras y a las leontinas. Comenzó a reclutar gente. En poco tiempo fue creciendo y abriéndose pasó junto a su banda. Ahora tenía 20 años y sus técnicas parar robar eran más elaboradas.


Comenzó con atracos pequeños. Sus secuaces ocupaban las esquinas más concurridas por los emperifollados de Guayaquil. Un silbido o un gesto de Castro era lo único que necesitaban sus fieles para salir al ataque.


El botín que reunía era considerable y le bastó por un par de años.  Pero aquellos atracos a media luz solo aplazarían lo inevitable. Los recuerdos de la pintura nueva regresarían a su cabeza. Su destino era convertirse en el robacarros más famoso del país.


Sacó una parte del botín y compró una camioneta vieja. Con sus seguidores en el balde salían de cacería. Su objetivo sería nuevamente la gente de clase alta, los que tenían cómo reponer lo que perdían.


Seguían a sus víctimas durante un tramo hasta poder rebasarlos. Luego los cerraban, sacaban a relucir las armas y les reclamaban, como si se tratara de tierra virgen, su premio de cuatro ruedas.


Los carruajes cromados salían directamente para el exterior. Llegaban a la frontera colombiana para ser vendidos. La plata llegaba después de un par de días y “se armaba la fiesta”.


El “Patucho” partía la torta. Cada uno de sus seguidores la recibía en plato y con cuchara y hacían de ella lo que quisieran. El resto era para Rigoberto. Él prefería gastar en joyas extravagantes y en armas de grueso calibre.


Más de un policía hubiera querido arrastrar su cuerpo hasta la comisaría. Seguramente les hubiera garantizado un aumento de sueldo y una estrella más a la placa. 


Pero el Patucho supo jugar bien sus cartas, se “había bautizado”. Utilizó una parte del dinero para comprarse un “padrino” en las altas cúpulas del mando policial y militar.


El “padrino” le facilitaba todo. Desde el tráfico de los vehículos hasta la capacidad para resbalarse como mantequilla de las manos de la ley. 


Rigoberto se había vuelto intocable. Se paseaba por Guayaquil con la nariz respingada, puesto que recién había pasado por el bisturí. Rodaba en autos lujosos, con cadenas de oro que le llegaban hasta el ombligo y enganchado con una rubia de portada de “Playboy” en cada brazo. 


Pronto su fama se extendió por el país. Fue entonces cuando entabló amistad con Reynaldo Zamora Sandoya, más conocido como el “Rey”, a quien se sumó Tomás Fabre Mosquera, alias “El Negro Chico”. Juntos eran invencibles. El negocio creció.


Sin embargo, Rigoberto no contaría en sus planes que se quedaría sin padrino. El “milico” que lo cuidaba había sido trasladado de mando y estaba a punto de jubilarse.


Las facilidades de tráfico comenzaron a decaer. La seguridad de pavonearse por la ciudad comenzó también a resquebrajarse. Rigoberto era un simple mortal. 


Fue en agosto de 1990,  cuando él y Tomás Fabre cayeron finalmente bajo el “largo brazo de la ley”. Se los condenaba a más de 8 años por cargos acumulados de asalto a mano armada. No obstante, Rigoberto pronto descubriría que el dinero era su mejor aliado. La fortuna que habia amasado le permitió salir por la puerta grande, gracias a un par de saludos por debajo de la mesa.


El “Negro Chico” y el “Patucho” salieron a disfrutar su libertad. Con el poder del dinero de su lado,  Rigoberto se sintió de nuevo sagrado.


Un mes después de su fuga se encontró con una de sus amigas, Mónica Pavón. Junto a Fabre y a la rubia recorrieron la ciudad, festejando otro día de libertad . El “Patucho” llevaba una camisa blanca a media manga y los zapatos combinados. En la mitad del cuello una cadena pesada de oro y la mano en el volante. 


Se estacionaron en las calles Maldonado entre Chile y Chimborazo a tomar un par de cervezas. De repente un par de reflectores iluminaron la cara de Riogoberto, provenían de un Suzuki color negro.


Castro se bajó para reclamar con la pistola en la mano. Cuatro tipos bajaron del auto, cada uno con una ametralladora automática en la mano. El Patucho trató de retroceder, pero fue tarde. La ráfaga de balas lo atravesó como coladera. Siete tiros en el pecho terminaron con su vida.


Fabre trató de hacer arrancar el auto pero no lo consiguió. Otra lluvia de balas para él y la rubia de cabello corto. No podía haber testigos en la escena del crimen.


La persona con el dedo en el gatillo era un hombre “muy peligroso”. Pero más que peligroso era conocido para el desafortunado trío. Era un ex miembro de la banda, enviciado por el poder y que ahora podría reclamar el trono del “Patucho”.


“El Rey” pronto asumió el poder, pero no pudo con la responsabilidad. Rigoberto era la goma que unía la banda.  Además era organizado, estaba seguro de haber nacido para eso, para convertirse en “ese de la televisión”, en el mejor de su clase.

 

Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil