Tomada de la edición impresa del 22 de abril del 2008

La saga de Camargo

Al “Monstruo” lo daban por muerto. Sin embargo, se encontraba en Ecuador, donde sembraría el terror durante dos años.

Antecedentes


Daniel Camargo Barbosa fue  sentenciado a 25 años de reclusión en la isla de Gorgona el 24 de diciembre de 1977. Fue acusado por 80 asesinatos y violaciones de la mano de su cómplice, su ex prometida, quien las narcotizaba.

Luego de siete años de encontrarse en prisión, en una isla a 30 kilómetros de Colombia, logra escaparse de ella en una canoa usada. Las autoridades pensaron que el “Mounstruo de los Manglares” había sido comida para tiburones.

Sin embargo, luego de desembarcar en la región de Ipiales, Camargo decidió buscar refugio en tierras ecuatorianas.


 
Era el primer hombre en escapar de la cárcel de Gorgona pero no podía gozar de la fama que le traería aquel rótulo. Las autoridades lo dieron por muerto y el pueblo colombiano también.“El Monstruo de los Manglares” había desaparecido y junto a él sus más de 80 asesinatos y violaciones. Pero los cafeteros desconocían que Daniel Camargo seguía vivo, esta vez en suelo ecuatoriano, tratando de despertar al monstruo que no había probado carne hace 8 años.  

Pero Daniel se encontraba en un gran dilema. ¿Quien lo ayudaría a cumplir sus bajos instintos?. Su compañera, aquella que se encargó de narcotizar a más de 80 víctimas ya no estaba junto a él. Y la pinta tampoco le favorecía: tenía el rostro arrugado, la piel curtida, y la nariz chueca, como curva de carretera. No pasaba del metro sesenta y cinco y tenía los músculos flácidos y la piel pegada a los huesos.

Tendría que valerse entonces de su inteligencia, aquella que, meses después, sería evaluada y calificada con un sobresaliente 110 de coeficiente intelectual y una cultura general digna de un bibliotecario.  El 18 de diciembre de 1984 encontraría a su primera víctima ecuatoriana, en Quevedo, provincia de Los Ríos. Era una pequeña de diez años, que se encontraba lejos de su casa. Su madre la había enviado a hacer un encargo. Camargo se le acercó y comenzó a conversarle con tono almibarado.
 
Le dijo que era pastor y que necesitaba a niños que pudieran trabajar en una de sus fábricas en las afueras de la ciudad y necesitaba que le enseñara el camino ya que era extranjero y aún no se familiarizaba con los alrededores de la ciudad.  Se aprovechaba de la humildad de sus víctimas, les ofrecía 6.000 sucres que para la época era una considerable suma de dinero. La llevó lejos, entre los matorrales.

Siempre iba delante para no levantar sospechas. Cuando se sintió lo suficientemente lejos, se abalanzó contra la pequeña, para violarla y luego estrangularla. Experimentó lo que no sentía desde hace 8 años. El monstruo había regresado, esta vez con más sed que nunca. Viajó por todo el país, primero a Quito, donde aplicaba siempre el mismo método. Siempre caminaba adelante, para no levantar sospechas.

Luego se trasladó a Guayaquil. Llevaba a sus víctimas a la vía a Daule. Cambiaba de cuento, pero la escena era la misma. Daniel arrancaba la ropa y las pocas joyas que podía encontrar en el cuerpo de sus víctimas para luego poder venderlas. Los cuerpos desnudos fueron apilándose en los que luego serían denominados por la Policía como “Cementerios de Camargo”. Allí la naturaleza se encargaba de borrar sus rastros; se encontraron los esqueletos de más de 54 mujeres.

Fueron dos años en los cuales Camargo sembró el terror, despistando a las autoridades, quienes pensaban que se trataba de una banda organizada. Daniel dormía tranquilo en los parques de Guayaquil. El comercio informal lo abastecía de licor y comida suficiente. El 26 de febrero de 1986, Daniel deambulaba por las calles quiteñas. Se sentaba en las veredas y se volvía a levantar, recitando poemas y versos con olor a ron.

Alzaba la botella de licor en la mano derecha mientras sostenía con la izquierda un morral de tela gruesa. Un par de policías se dió cuenta del espectáculo y se acercaron para detener el recital. Daniel puso resistencia, agitando la botella contra los agentes y balbuceando tonterías. Trató de escapar, pero el suelo se le hizo curvo y todo parecía avanzar en cámara lenta. Los policías lo detuvieron sin problema.

Le quitaron el preciado licor y comenzaron a registrar el morral. Debajo de un par de papeles arrugados y del “Crimen sin Castigo” de Dostoievsky, había un vestido ensangrentado de talla pequeña. Pertenecía a su última víctima, una niña de diez años a la cual había violado y estrangulado.   El tiempo ya no era lento y el piso no era curvo. A Camargo se le quitó la borrachera cuando se dio cuenta de que estaba esposado, y a bordo de un patrullero de luces azules y rojas y de sirena encendida.
 
En sus declaraciones se esconde bajo el nombre de Carlos Solís Bulgari, de Bogota Colombia. Luego de un par de días bajo una lamparilla de luz intensa y de la presión policial, decide confesar. “Soy de Bogotá, y he matado a esas 54 mujeres para que no me delataran luego de violarlas”, dijo.

El ese entonces presidente de la República, León Febrés Cordero, se pronuncia acerca de la pena máxima para el “sádico animal que ha secuestrado y asesinado a mujeres de forma sangrienta”. Luego averiguarían, mediante la ayuda de las autoridades colombianas, su verdadero nombre: Daniel Camargo Barbosa. Al descubrimiento se suman sus 80 asesinatos en tierra cafetera, además de sus apodos, “El Monstruo del Manglar” y “El Sádico de Changuito”.

Es comidilla de la prensa hasta que el 7 de Febrero del siguiente año, es condenado a 16 años de reclusión en la Penitenciaría del Litoral, en Guayaquil.  En la cárcel siguió leyendo y comenzó a pintar cuadros de tonos oscuros. Ocupaba un antiguo taller de mecánica y tenía resguardo policial las 24 horas. Las autoridades querían evitar que sea ajusticiado por los mismos reos por la ley de la cárcel: “el que se meta con niños muere a manos de los internos”. De nuevo está solo, como en la isla de Gorgona. Pero en esta ocasión lo acompaña un gato negro y de ojos amarillos, que por lo general reposa enroscado entre sus brazos.

Las moscas lo siguen para donde se mueva; piensa que está “maldito”. La estadía en Guayaquil se alarga un par de años, hasta 1992. Luego es transferido al penal García Moreno para ser procesado por el resto de las violaciones que cometió en la capital. Es traspasado a una celda más pequeña que la del puerto principal.  El nuevo gato que adopta es gris. El resguardo policial tampoco es igual y comienza a decaer.   

En la mañana del 11 de noviembre de 1994, a las 10:00 para ser exactos, Luis Masache, uno de los internos, logra colarse en su celda. Camargo se levanta perturbado. Masache tenía en la mano un fierro que había afilado contra el suelo rasposo del penal. Daniel trata de escapar pero es cercado en uno de los rincones de la habitación. Allí es apuñalado una y otra vez. Con la mano en el estómago trató de frenar la muerte, pero fue en vano, las heridas eran profundas. Debajo de un letrero que en letras grandes rezaba “Cristo viene, prepárate”, caía desangrado el “Monstruo de los Manglares”, el “Houdini de Gorgona”, el asesino de 150 mujeres: Daniel Camargo Barbosa. 
Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil
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