Tomada de la edición impresa del 21 de abril del 2008

Primera parte: La saga de Camargo

Para el “Monstruo del Manglar”, escapar de Gorgona parecía imposible. Pero los libros se convirtieron en sus mejores aliados

Antecedentes

 

El 3 de mayo de 1974 Camargo fue detenido en Barranquilla (Colombia) cuando estaba a punto de enterrar a una niña de nueve años que había violado y asesinado. Condenado a 30 años de cárcel, luego reducidos a 25, fue internado en la isla de Gorgona el 24 de diciembre de 1977.

Camargo rinde declaraciones del porqué de su comportamiento. Asegura que en su niñez fue víctima de constantes abusos por parte de su madrastra.

Que luego de varios años de reprimir su carácter violento y sicópata, este despertó cuando se enteró de que su prometida no era una mujer virgen.


 
Aplastaba su nariz aguileña contra la rejilla y lo único que podía divisar  a kilómetros era arena y agua. La mirada de Daniel Camargo se volvía perdida, sabía que las esperanzas de escaparse eran nulas. La isla de Gorgona era la cárcel perfecta, tenía al mar de guardián y a la selva como centinela. Cada día se resignaba a cumplir su sentencia completa: 25 años de reclusión por  violación y asesinato.

 Hace 500 años, Francisco Pizarro había pisado la isla y lo primero que sintió entre sus pies fueron serpientes. Para bautizarla, recordó a aquellas criaturas de la mitología griega, Las Gorgonas, seres que tenían víboras en la cabeza y que podían convertir a cualquier hombre en piedra. Y así estaba Daniel: hecho piedra. Era noviembre del 1984 y el calor por la humedad lo tenía confinado a su cama. Trataba de leer para mantener la mente ocupada. Entre la pila de libros que ojeaba durante el día, resaltaban los nombres Hesse, Sthendal, Freud, Nietzche y su paisano García Márquez. Había creado un mundo aparte, lejos de la suciedad de la cárcel, del sonido de la armónica a medianoche y del vivir habitual entre reos.

Prefería conversar con “Zaratrusta”, seguir las huellas del “Lobo Estepario” y se había asentado en una villa de “Macondo”, al lado de los Buendía. Pero la soledad martillaba su cabeza cada vez más fuerte, y reducía a añicos su mundo de fantasía. Los 7 años que llevaba dentro del penal parecían una eternidad.  Pero, ¿como podría escapar de la prisión más segura de Colombia? Se encontraba a 30 kilómetros del occidente de la costa pacífica colombiana, frente a la población de Guapi.
 
En un pedazo de tierra de origen volcánico con una longitud de 9 kilómetros por 2 de ancho. Parecía misión imposible. Estaba angustiado. Se pasó las manos por la cara arrugada y pelo encrespado. Los dedos eran largos y las palmas grandes, como guantes de béisbol, a pesar de su pequeña estatura, un metro sesenta.   Sacudía la cabeza, tratando de buscar en los recuerdos de su infancia el origen de su actual confinamiento en aquella Alcatraz Cafetera.  Su mente retrocedió hasta su infancia.
 
En 1938 se vio como un niño de 6 años normal, pero vestido de mujer. Los alfileres dentro de la costura le pinchaban el cuerpo, pero no le dolían más que las burlas de sus compañeros en una escuela de su natal Cundinamarca, Colombia. Su verdadera madre había muerto a los pocos meses de nacido, y había quedado al cuidado de una mujer “obsesiva y paranoica”, su madrastra. Esta prefería a su hermana y se empeñaba en abusar de Daniel. Lo hacía vestir de mujer y llevar peluca.  

Y así paseaba por el parque, y así acudía al colegio. Intentando cubrir una infancia llena de traumas y abusos, Daniel decidió que su juventud seria normal. Conoció a una joven de la cual se enamoró.Parecía la mujer ideal, con la cual sus problemas se iban borrando de a poco. Tras varios meses de relación, decidió comprometerse.

Pero luego descubrió un secreto que desencadenaría un odio reprimido. La mujer que había elegido para casarse no era virgen. La impureza de su amada le quemaba en  la garganta.Aquel sentimiento de venganza contra las mujeres regresó multiplicado. Ahora se había convertido en una bestia de tentáculos infinitos, del cual nacería el “monstruo”. Un ente violento y obsesionado por poseer mujeres vírgenes. Y como si el destino los hubiera unido, aquella mujer “impura” estaba igual de enferma que Daniel. 

Ella conseguía a las víctimas y las narcotizaba para que Camargo pudiera violarlas. Juntos sembraron un camino de terror, que se extendió en varias regiones de Colombia y que parecía no dejar rastro de evidencia que pudiera inculparlos. No fue hasta el 3 de mayo de 1974 que Camargo fue detenido en Barranquilla, Colombia.Había cavado una fosa y se disponía a enterrar el cuerpo de una niña de 9 años, que había violado y estrangulado recientemente. Frente al juez y luego de investigaciones, se confirmaron 80 violaciones y asesinatos.

Caía frente al martillo de la justicia el apodado por los diarios locales, “Monstruo de los manglares”, el “Sádico de Chanquito”. Condenado a 25 años de reclusión en la isla Gorgona. Nadie había podido burlar las defensas naturales de la isla en más de 30 años. Pero ¡25 años! Si 8 habían parecido una vida, qué serían 17 más. Fue entonces cuando comenzó a visitar la biblioteca, pero esta vez no retiraba libros de Borges o de Vargas Llosa. Eran libros que hablaban del mar. Estudió con cuidado las variaciones de las corrientes de la zona. Por la rejilla siempre miraba un par de canoas que abandonaban por las tardes los pescadores de la zona.
 
En su mente se maquinaba diariamente un elaborado plan de escape. La ejecución no pasó del mes de Noviembre. En uno de los recesos de los reos, organizó una reyerta para despistar a los guardias. Tenía trazado un mapa de conductos y tuberías que lo conducirían a la libertad. Lo hizo todo a la perfección, como aprendiz de hombre topo. Todo para sentir el suelo amarillo rojizo, arcilloso y pesado de la isla. En el cielo se pintaba la bruma y amenazaba la tempestad cuando se lanzó al agua salada.

A bordo de una de las canoas abandonadas y con un remo astillado, comenzó a batallar contra las olas.Desde tiburones de aleta blanca, pasando por lobos marinos y ballenatos. Era una batalla de “monstruo” contra monstruos. Con el palo astillado se defendió del hambre de las bestias. Sobrevivió con una reserva de agua en una cantimplora y sin bocado alguno más que el que llevaba desde el almuerzo carcelario.  

 Pero los libros que había devorado tardes enteras le sirvieron.  Cambió de corriente cuando debía y luego de dos días de seguir remando, consiguió llegar a la desembocadura del río Tapaje, para luego terminar su viaje en la región de Ipiales. Allí pudo pisar tierra firme, sabiendo que había logrado lo imposible: escapar de la prisión de la isla Gorgona.

Las autoridades lo dieron por muerto. La prensa local tituló que el “Sádico de Changuito” había sido comida para los tiburones. Quien podría sobrevivir bajo esas condiciones y con los peligros que tenía reservados Poseidón para Camargo.  Pero el “monstruo” seguía vivo. No podría seguir en Colombia ya que sería fácilmente identificado. Su próximo destino era Ecuador: la verdadera historia de terror estaba  a punto de comenzar.
Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil