Wendy sabía demasiado
Uno de los personajes más exóticos del país era un secreto en sociedad. Cuando quiso salir a la luz, pagó un alto precio.
Quienes conocieron a Wendy coinciden en una sola palabra: DESPAMPANANTE. Para describirla dibujan con las manos una silueta de guitarra española: así era el cuerpo, de donde nacían dos piernas infinitas. Su boca era carnosa y de un rojo intenso, como los labios de las “Chicas Almodóvar”. Y dicen “era” por que luego de Noviembre de 1989, nadie más se volvió a deleitar mirando su figura.
Pero para saber qué pasó con aquel “monumento de mujer” habría que retroceder 20 años desde la actualidad y pararse en el centro de la ciudad, específicamente en la esquina de Portete y la Octava. Arrimada a la pared se encontraba Wendy, haciendo aros de humo con tabaco mentolado y de marca extranjera. . Tenía los ojos rasgados, celestes como mar caribeño y delineados a la perfección. Le gustaba jugar. Hacía guiños, lanzaba besos y repartía caricias a los embobados peatones.
Pero llegaba la hora de partir y se subía a su auto, un Impala clásico, del 68. Con el tacón de punta de aguja apretaba el acelerador para dirigirse a una de las fiestas de la “high life”. El viento jugaba con su cabello platinado, mientras ella, con el cigarrillo aún en la mano pero ahora en el volante, se dirigía a una de las tantas reuniones en la mansión de un conocido caballero de sociedad.
Al bajarse del auto se arreglaba el vestido de látex, apretado como ropa de ciclista. Su caminar de cuerpo fino y de un metro ochenta de estatura hacía girar cabezas como trompo. Sin embargo, aquella descomunal figura no era normal en mujeres de facciones tan finas. La voz también la traicionaba. Apretaba la garganta y de ella salía una voz de falsete, como bajo tratando de pasar por tenor. .
Y es que la tipografía divina le había jugado una mala pasada. La habían inscrito desde el nacimiento como Juan Carlos, a pesar de que siempre se hubiese sentido mujer. Hace pocos meses había logrado su transformación de travesti a transexual en Francia, de donde regresó con un cargamento de ropa sicodélica y sin aquel “aparato inservible” que le impedía ser una hembra consumada.
Eso sí, nada de siliconas. Era 1989 y Pamela Anderson aún no había desa tado la fiebre de los pechos plásticos y ni mujeres ni transexuales se preocupaban de “tener paraíso”. Habían sido tardes enteras tomando cócteles de hormonas y una cirugía riesgosa, todo para convertirse en la rubia que en ese momento entraba por la puerta de la gran casona.
El perfume de Wendy, el Channel # 5 con tapa de rosca, anunciaba su llegada. Invadía cada rincón de la casa. La recibían respetados políticos, celebridades, modelos que la envidiaban y monseñores de aristocracia que eran infaltables en “las fiestas del té”. Se revolcaban en montañas de polvo blanco y se deleitaban con el humo de infusiones jamaiquinas y japonesas. Luego de eso, poco importaba si alguien hubiera nacido hombre a la hora de hacer el amor.
Pero Wendy tenía una memoria de filmadora, con la que había grabado conversaciones comprometedoras y los secretos más íntimos de los hidalgos caballeros. Ese era un riesgo que aquellos aristócratas y famosos no podían darse el lujo de correr. El 10 de Noviembre de ese mismo año, Wendy salió de su casa, en Rosendo Avilés y José de Antepara, se dirigía para otra de las fiestas en sociedad.
Pero antes decidió visitar su vieja esquina y jugar un poco. Luego de un par de minutos de estar arrimada, un tipo de rostro griego y abordo de un Mercedes la saludó y le abrió la puerta. Wendy se embarcó sin pensarlo. El motor roncó hasta el kilómetro 8 vía a Daule y antes de llegar al motel Las Palmas se detuvo.
El hombre se abalanzó hacia ella, en lo que parecía una escena de amor apasionada. Dos días después, Wendy aparecía en los diarios, pero no en un desfile de belleza. El cuello donde se ponía el perfume francés estaba magullado.
El rubor de sus mejillas la había abandonado, estaba pálida como la barriga de un pez. Seguía en el km 8, pero estrangulada y dentro de los matorrales. Había muerto como la mujer de los afiches que estaban pegados en las paredes de su cuarto: Marilyn Monroe. Aquella estrella hollywoodense que murió por la misma razón: volar demasiado cerca del sol.
Wendy se sentía también identificada con una de las anécdotas de la cantante platinada.Truman Capote, escritor estadounidense descubrió una vez a Monroe, en su casa, tiñéndose de rubio las raíces negras del pelo:- Pero qué decepción, Marilyn, yo creía que eras rubia natural.- Pues claro que lo soy, hijo...pero nadie es tan natural.
Maximiliano Delgado
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Reportero - Guayaquil