Con solo 15 años, Juan Carlos Hermosa se convirtió en uno de los asesinos más buscados del país
Juan Carlos Hermosa tenía solo 12 años cuando vio a su madre agonizar. Nunca conoció a su padre y no contaba con las palabras de consuelo de la tía o con cálido abrazo de un abuelo.
Estaba solo y el sentimiento de culpa lo carcomía. Aquella tarde de 1988, los policías tumbaron la puerta de la casa quiteña buscando a Juan Carlos. Su madre trató de impedir que se lo llevaran, se abalanzó contra uno de los oficiales y accionó su arma por accidente.
Era sólo un niño, pero estaba a acusado de asalto a mano armada. Se fue de la casa esposado y sin poder decir adiós. Su próxima morada fue un centro correccional, de donde trató de escapar por cuatro ocasiones en un lapso de tres años.
Al salir en libertad, en septiembre de 1991, tenía 15 años y su viveza era mayor. Siguió su vida criminal con atracos menores y eligió como siguiente destino Guayaquil. Allí aprendió a dominar las armas blancas y de fuego.
Un mes después, regresó a Quito con una nueve milímetros debajo de cada brazo, y con un amigo que había hecho en aquel regreso desde el Puerto: Luis Quishpe, de 16 años. Al dúo se sumó Rafael Simbaña, amigo de Quishpe y también asaltante.
El trío decidió comenzar a delinquir por el sector de Las Lomas. Allí atracaron varias casas, acumulando un lote de joyas y electrodomésticos, valorado en 10 millones de sucres. Pero Hermosa vivía del instinto, y los atracos a media luz no le proporcionaban la adrenalina que necesitaba.
El 22 de noviembre de ese mismo año citó a sus compañeros en un parque del barrio Carcelén. Pararon un taxi y pactaron una carrera en 10.000 sucres. Habían avanzado un par de kilómetros cuando el taxista sintió el frío metal de un revólver en la cabeza. Juan Carlos lo apuntaba, diciéndole que se detuviera.
Pero Jorge Aguirre se resistió al asalto y logró bajarse del vehículo. Hermosa dejó que el conductor avanzara unos cuantos metros antes de matarlo con dos disparos.
La mirada ensimismada de Juan Carlos no presentaba culpa alguna. Embarcó el cuerpo, lo lanzó a una zanja del Valle de Los Chillos y arrancó con el taxi para recorrer la ciudad. Visitó restaurantes, centros de diversión nocturnos, celebrando con champaña su primer asesinato.
Sin embargo, a la mañana siguiente del festejo, Hermosa y Quishpe regresaron a su escondite, en el sector de Las Américas, y se dieron cuenta de que el botín había desaparecido. Simbaña los había traicionado.
Hermosa visitó esa misma tarde la casa de Simbaña, ubicada en la hacienda Cushiloma. Él y su esposa Zoila se disponían a escapar cuando Juan Carlos derrumbó el portón de la casa y le disparó siete tiros a su ex compañero de atraco y cuatro a Zoila. Qhishpe levantó también su arma para rematar a Rafael. “¡Solo yo disparo!”, gritó Juan Carlos.
Entró al cuarto de los hijos de Simbaña y los apuntó a la cabeza. Fueron las súplicas de Quishpe las que evitaron que Hermosa asesinara a los dos pequeños.
Días más tarde, Hermosa comenzó a frecuentar la ciudadela Santa Anita. Tenía “fichado” a un homosexual de esa zona, Carlos Mendoza Chamorro, dueño de una peluquería, y que hacía poco se había ganado el Lotto. Forrado en joyas y oro, al mejor estilo de Liberace, llamó la atención de Juan Carlos.
Hermosa gozó siempre de facciones delicadas. El porte atlético, la nariz respingada y la quijada pronunciada ayudaron a seducirlo.
Un 28 de noviembre, Juan Carlos consiguió embarcarse en el auto del peluquero. Le pidió que lo dejara manejar. Lo llevó al Valle de los Chillos, asegurándole que no se arrepentiría. Una vez en el lugar, sacó su arma preferida, una nueve milímetros con la que pegó cuatro tiros a Mendoza, ocasionándole la muerte.
Los siguientes 10 asesinados fueron en su mayoría taxistas homosexuales. Había encontrado el método perfecto para llamar su atención.
Su fortuna fue creciendo y también su pandilla. Eran 10 los reclutados, pero Hermosa parecía disfrutar de la sangre, solo él tenía el derecho de matar. En su billetera café portaba 6 cédulas. Cambiaba de identidad constantemente para no ser reconocido por la Policía.
Sus escondites fueron creciendo. Ahora tenía guaridas en el sector de La Loma, Las Américas y otra en el del Barrio Pío. Juan Carlos decidió despistar aún más a los gendarmes y se decidió por asaltar a camioneros. Gabriel Altamirano sería el primero de sus nuevos objetivos.
El 13 de enero de 1992 cercaron al conductor. hicieron que se bajara del vehículo y lo pusieron contra un montículo. El hombre trató de defenderse lanzando piedras, pero fue acribillado con 5 tiros. No obstante, Gabriel iba acompañado de Patricia Durán, quien escapó y luego denunció a Juan Carlos ante la Policía, dando a los gendarmes la pista final del paradero del “Niño del Terror”.
Tres días más tarde, la Policía montó un operativo que desarmó en una tarde las tres guaridas de Juan Carlos. Entre fuego cruzado, Hermosa y su pandilla decidieron darse por vencidos.
En sus escondites se decomisaron 35 millones de sucres en joyas, electrodomésticos y varios vehículos robados. Una turba enardecida de taxistas que coparon las calles quiteñas exigía la pena de muerte para Hermosa y sus secuaces.
Luego de dos meses de llenar las páginas de los diarios locales, Juan Carlos fue sentenciado a 4 años de reclusión en un correccional debido a que fue procesado como menor de edad. Dos fueron sus intentos fallidos para escapar antes de darse por vencido y cumplir su condena.
Al salir en libertad, en 1996, Juan Carlos prometió que se regeneraría. Pidió a las autoridades ayuda para que lo matricularan en un colegio para así convertirse en un “hombre de bien”. Fue matriculado el 28 febrero de ese mismo año en una institución de estudios a distancia.
Sin embargo, a la mañana siguiente, su cuerpo fue encontrado a orillas del río Agurica, en el sector de Balastra. Boca arriba, con un jean color concho de vino, camiseta negra y zapatillas blancas. Había sido amarrado de manos y pies con alambre galvanizado. Su cuerpo era un paisaje de moretones y su cabeza era un nido de pólvora y de casquillos de bala. Las autoridades no encontraron culpables.
Cuando su cuerpo fue llevado a la morgue, todavía portaba su vieja billetera café. Doblada había una carta de amor, sus papeles de liberación y un certificado de nacimiento. Juan Carlos Hermosa Suárez, rezaba en letras pequeñas, más conocido como “El Niño del Terror”.