Las lidias de El Telégrafo
Las dos orillas que han escogido los que miran a diario El Telégrafo, de lejos, nos han dejado el río libre, para hacer periodismo y para ejercer la crítica desde el argumento y el análisis.
La una orilla, la oposición al Gobierno, encarnada en algunos otros medios que ven en nuestro trabajo una funcionalidad al poder -que ni de lejos tenemos-.
La otra orilla, la del Gobierno, encarnada, en varias ocasiones, en el propio Presidente Rafael Correa, ven al diario como “el principal medio de oposición”.
¡Vaya maravilla! Y lo que faltaba, para que el diario público sea público, debería tener un directorio presidido por un ‘funcionario público’. Lo dijo el Presidente Correa en entrevista a El Telégrafo.
No se sabe si lo que pareció una broma tenga una consecuencia seria; pero el camino de El Telégrafo tiene trazado un río lleno de pendientes que animan un inmenso trabajo a contracorriente. ¡Así debe ser el periodismo! Una faena de riscos o arena movediza que se cruza con el esfuerzo de entender bien el oficio.
Lo dijimos el 17 de marzo. Lo repetimos ahora.
Un diario público, como figura que recién se incorpora al imaginario de la prensa escrita ecuatoriana, es un reto enorme. Es un periodismo nuevo. Es una manera de lidiar con todo el mundo…
Con la competencia mediática que no se cansa de asociar nuestro reestreno con el actual Gobierno… Con un Gobierno que improvisa lecturas de nuestro oficio… Con ‘analistas’ que no saben qué es un medio público… Y con unos críticos que asumen las tribunas de El Telégrafo como mirillas desde las cuales se puede echar fuego... ¡y nunca quemarse! No.
El Telégrafo está creándose cada día. Le cuesta hacerlo en medio de esa riada de confusiones y prejuicios deliberados. Pero crece.
La lidia de ayer poco importa. El diario de hoy está en sus manos.