América Latina y España
En el XV foro Eurolatinamericano de comunicación realizado en Lisboa en el que participé invitado por la sección española de la Asociación de Periodistas Europeos y por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano de Cartagena (la que creó el Gabo), se ha discutido de los bicentenarios de las (in)dependencias (las paréntesis constan en el texto original). Estos foros se han celebrado a la víspera de las Cumbres Iberoamericanas de Jefe de Estado y de Gobierno para discutir en “un cuarto a parte” los temas que las cumbres definen.
En la apertura del evento el ex presidente de España Felipe González (de quien dicen que anda muy renovado por estar enamorado) afirma que no quiere hablar como diplomático -por su calidad de embajador extraordinario para los bicentenarios-, y más bien prefiere ir directo al grano y referirse a la relación de América Latina con su pasado en términos de “estado de ánimo”. Por querer mirar para atrás, y no para adelante, el estado de ánimo de Latinoamérica no es positivo, dice. Para sostener esta afirmación compara el estado de ánimo de América Latina con el de los países asiáticos que, al contrario, es optimista, dado que a nadie se le ocurriría mirar al pasado porque sabe que éste siempre es peor de lo que vendrá. Este razonamiento me hace venir a la mente una estrofa de una canción popular del sur de Italia (ese sur colonizado por España durante siglos) cuya traducción grosso modo dice: “olvidémonos del pasado, somos napolitanos paisano”. La ironía de este verso reside en que olvidar el pasado no es una simple decisión y que en todo caso el presente depende de la historia. La que está escrita y más aún la que no se escribió. El esfuerzo de reescribir la(s) memoria(s), en la ocasión de unos bicentenarios que no deberían ser celebrados como efemérides sino precisamente para repensar la historia, representa un factor decisivo para pensar en la complejidad del actual estado político, social y cultural de América Latina. Reducir esta complejidad a un estado de ánimo me parece francamente un despropósito, que encierra además el peligro de atribuir una vez más el subdesarrollo a un asunto de “pobreza anímica o mental” o, peor, a la baja “autoestima” de los latinoamericanos. Por suerte, la pregunta de un periodista español sobre cuál será el papel de España en relación con América Latina, permite a González contestar con argumentos no tan descafeinados: que hay que pasar de lo que tradicionalmente ha sido la característica fundamental de esa relación, esto es, una “retórica sin intereses ni contenidos” a una “retórica con intereses” para que España pueda mirar con mayor atención hacia Latinoamérica.
Ante el poco interés (salvo el acuerdo militar con Colombia) de EE.UU. hacia la región y las dificultades que experimenta Brasil para asumir un nuevo liderazgo regional (por el mismo acuerdo EE.UU.-Colombia, la crisis en Honduras, la debilidad de UNASUR, para nombrar algunas), la recomendación de González puede sonar razonable. De lo que se trata es de definir de qué modo esos intereses pueden ser mutuos, por ejemplo, en la consolidación de las relaciones con Europa, tanto de América Latina como de España.