Tomada de la edición impresa del 25 de noviembre del 2009

2012

 
A veces hay que rendirse a la publicidad, a los miedos, a las sombras, al hipnotismo de una imagen que luce in fraganti en los pasadizos de los espiritistas del fin del mundo.


El alma del cine comercial y masivo pertenece al epígrafe de las falacias. Una historia apocalíptica bien merece un montaje donde los valores básicos de una puesta en escena (la actuación, el guión, los tiempos, los diálogos) nos remitan a fragmentos de la vida y de la muerte. Impactar la mentalidad en serie que ha producido el cine masivo nos muestra qué tan bajo puede caer el poder visual de transformar para bien a la humanidad.


Impelida por tantos trucos y blasfemias (todo sirve para llevarnos a una sala obscura) entré briosa a mirar la película 2012.


El terror del fin del mundo se termina apenas asoma una limusina que no es para ningún entierro sino para escapar de la tierra abierta. La cinta es una bagatela en la que desfilan, degradados, los códigos de las culturas y las religiones. La ficción no llega a suplantar la grandeza de los misterios humanos más hondos: el amor, la inocencia, el olvido, la esperanza. Pero… ¿qué digo? ¿No ha sido así el cine pomposo de las guerras imperiales del siglo XIX y las guerras tecnológicas del siglo XX? ¿No han sido así las trampas políticas que movilizan mercados libres y mercados negros? ¿No han sido así los enlatados televisivos que desde hace 60 años intoxican la vida cotidiana del subdesarrollo?

 

“En la cinta desfilan, degradados al máximo,
los códigos de las culturas y las religiones...”

Pero claro, 2012 es un cóctel sin igual por una razón: circuita, por completo, los cerebros desencajados de las audiencias que adoran las supercherías de cualquier signo cultural. Por eso, los japoneses, los chinos, los rusos, los africanos, colores y sabores étnicos, aparecen en la película como dibujos animados por la propaganda de fundar otro mundo cuando el 2012 mate su último jinete. El eclipse de los polos eleva a África por sobre los océanos atlántidos y, como nunca, las arcas donde huyen y se recogen los hombres y los animales de las pocas familias vivas, no tienen ni un gramo y ni un grumo de la brea del antiguo Noé.


Repito: la degradación insólita de los códigos culturales propicia, en 2012, la acumulación de artificios psicológicos inútiles… el buen padre, el buen hijo, la buena esposa, el buen presidente, el buen amigo, el buen enemigo, el buen hippie, la buena iglesia, la buena curadora, el buen científico, el buen cura, la buena madre muerta, el buen perro, la buena amante, la buena jirafa, el buen oriental…


Y una vez que los artificios adornan los hoyos del paisaje apocalíptico, viene lo esperadamente bueno: los efectos computarizados del filme. Se podría decir, incluso, que los trucos psicológicos, con una dosis de necesario cinismo, constituyen los elementos cómicos de la cinta… ¡Porque la película hace reír! Pero la risa no lo encierra todo…


Fui a buscar, luego, el Antiguo Testamento para leer lo que en otros filmes, menos psicodélicos, había amado en mi niñez: la vieja historia del Arca.

El cine masivo lastima. Porque hasta el Antiguo Testamento, con la celestial violencia que entinta su papel biblia, borbotea parábolas sin recurrir a la tierra negra.

Otras opiniones

 

Escríbanos

Si desea enviar sus comentarios o sugerencias escríbanos a:
opinion@telegrafo.com.ec