No es paranoia ni delirio de persecución. Yo te espío, tú me espías, la simple conjugación del verbo espiar es una realidad porque todos tenemos el gusano de la curiosidad adentro y queremos saber qué hacen los demás. Miente quien dice que no lo hace. Nos espía el vecino, espía la mujer celosa a su marido para comprobar si le pone cuernos y viceversa, espía la empresa a sus empleados para descubrir ilícitos y deslealtades, también a la competencia para saber qué productos está por sacar al mercado.
Si en la vida común y silvestre sucede eso, imagínese en el medio político administrativo. El gobierno espía a sus opositores por si traman algo en contra de la seguridad del Estado, en otras palabras, para evitar que le boten al presidente. Y tiene obsesión por espiar a los periodistas porque descubrió que somos maquinaria de procesamiento de chismes… perdón, de noticias.
En espionaje el Estado gasta un platal. Los entonces diputados Vicente Taiano, militante del PRIAN y presidente de la Comisión de Fiscalización; y Carlos González, de la ID, denunciaron una “compra irregular de equipos electrónicos de inteligencia y contrainteligencia” por 7 millones de dólares, en enero del 2003, en el gobierno de Lucio Gutiérrez. Por expertos conocí que ese equipo podía ser operado desde un vehículo estacionado hasta a tres kilómetros de distancia de la persona a ser espiada y era capaz de romper escudos electrónicos de protección. A propósito: ¿dónde estará ese equipo?
Sigamos. Espían los militares a los policías y viceversa. Me contaron por 1998, que un policía espió a los militares que se oponían a su ascenso. Con los datos que obtuvo sobre sus travesuras, les chantajeó y logró el sueño de ser general.
Los uniformados espían a las autoridades de alto y bajo rango, a los ciudadanos comunes. El simple registro de datos que hace un guardia en la puerta de su casa u oficina, es espionaje. Esos cuadernos pasan a los superiores que se enteran de quién entra y sale, con quién, cómo.
Hasta fines de la década del 50, los ‘pesquisas’ hacían todo rudimentariamente. Llegó Augusto Pinochet a dictar unos cursos militares y de paso contribuyó a formar la ‘inteligencia’ militar. La Policía creó el SIC, su primera ‘inteligencia’, con apoyo del Punto IV. Adecuaron espacios, capacitaron a los más inteligentes, instalaron equipos especiales y para comienzos del 60 ya funcionaban tan bien que se asociaron con la CIA. Hay que leer el libro del ex agente Philip Agee para ver cómo juntos espiaron a los presidentes José María Velasco Ibarra y Carlos Julio Arosemena Monroy. Creyéndolos comunistas, fraguaron sus caídas.
En la semana pasada aparecieron civiles espiando a las autoridades (al juez del caso Chevron). No me llamó la atención porque ha avanzado tanto la tecnología que todos podemos espiar hasta con un simple celular y el espionaje se ha convertido en un trabajo tan lucrativo que muchos quieren ser espías. Lo impresionante fue ver el búnker del presidente perforado. Se confirma que a los mandatarios también les espían, más si tienen un pésimo equipo de seguridad a su lado.