Tomada de la edición impresa del 07 de septiembre del 2009

El verbo espiar

 
No es paranoia ni delirio de persecución. Yo te espío, tú me espías, la simple conjugación del verbo espiar es una realidad porque todos tenemos el gusano de la curiosidad adentro y queremos saber qué hacen los demás. Miente quien dice que no lo hace. Nos espía el vecino, espía la mujer celosa a su marido para comprobar si le pone cuernos y viceversa, espía la empresa a sus empleados para descubrir ilícitos y deslealtades, también a la competencia para saber qué productos está por sacar al mercado.


Si en la vida común y silvestre sucede eso, imagínese en el medio político administrativo. El gobierno espía a sus opositores por si traman algo en contra de la seguridad del Estado, en otras palabras, para evitar que le boten al presidente. Y tiene obsesión por espiar a los periodistas porque descubrió que somos maquinaria de procesamiento de chismes… perdón, de noticias.


En espionaje el Estado gasta un platal. Los entonces diputados Vicente Taiano, militante del PRIAN y presidente de la Comisión de Fiscalización; y Carlos González, de la ID, denunciaron una “compra irregular de equipos electrónicos de inteligencia y contrainteligencia” por 7 millones de dólares, en enero del 2003, en el gobierno de Lucio Gutiérrez. Por expertos conocí que ese equipo podía ser operado desde un vehículo estacionado hasta a tres kilómetros de distancia de la persona a ser espiada y era capaz de  romper escudos electrónicos de protección. A propósito: ¿dónde estará ese equipo?


Sigamos. Espían los militares a los policías y viceversa. Me contaron por 1998, que un policía espió a los militares que se oponían a su ascenso. Con los datos que obtuvo sobre sus travesuras, les chantajeó y logró el sueño de ser general.


Los uniformados espían a las autoridades de alto y bajo rango, a los ciudadanos comunes. El simple registro de datos que hace un guardia en la puerta de su casa u oficina, es espionaje. Esos cuadernos pasan a los superiores que se enteran de quién entra y sale, con quién, cómo.


Hasta fines de la década del 50, los ‘pesquisas’ hacían todo rudimentariamente. Llegó Augusto Pinochet a dictar unos cursos militares y de paso contribuyó a formar la ‘inteligencia’ militar. La Policía creó el SIC, su primera ‘inteligencia’, con apoyo del Punto IV. Adecuaron espacios, capacitaron a los más inteligentes, instalaron equipos especiales y para comienzos del 60 ya funcionaban tan bien que se asociaron con la CIA. Hay que leer el libro del ex agente Philip Agee para ver cómo juntos espiaron a los presidentes José María Velasco Ibarra y Carlos Julio Arosemena Monroy. Creyéndolos comunistas, fraguaron sus caídas.


En la semana pasada aparecieron civiles espiando a las autoridades (al juez del caso Chevron). No me llamó la atención porque ha avanzado tanto la tecnología que todos podemos espiar hasta con un simple celular y el espionaje se ha convertido en un trabajo tan lucrativo que muchos quieren ser espías. Lo impresionante fue ver el búnker del presidente perforado. Se confirma que a los mandatarios también les espían, más si tienen un pésimo equipo de seguridad a su lado.

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