Tomada de la edición impresa del 04 de julio del 2009

Medios ventrílocuos

Erika Sylva Charvet
Columnista
erika.sylva@telegrafo.com.ec


Primero fue El Universo. Ahora es El Comercio, medios que se han dedicado a rivalizar con el primer proyecto de prensa pública alternativa: El Telégrafo. Pero, el que “decanos” de la prensa ataquen con tanto ahínco a un periódico que tiene apenas un año de vida, evidencia que el proyecto ha tocado el corazón de sus intereses y es percibido como un rival con temple. Y es que son varios los temas que su aparición plantea a los medios.

Primeramente, el concepto y función de la comunicación. Al igual que la educación, la comunicación debe ser entendida como un derecho y un servicio público, independientemente de que esté en manos privadas. En un país en el que los grandes grupos económicos han monopolizado el control de la comunicación, entendida como mercancía, la introducción de este concepto por El Telégrafo coloca el desempeño de esos medios en un nuevo terreno de juzgamiento de su ser y su quehacer. Y, con ello, el impacto sobre su audiencia. Es evidente que les preocupa, y mucho, el aumento inminente del tiraje de El Telégrafo a 80.000 ejemplares, gracias a mejoras tecnológicas, y, por ende, la considerable expansión de su audiencia y la consolidación de su cobertura nacional. De ahí que enfaticen en sus “pérdidas” y estigmaticen su circulación gratuita, inherente a su concepto de comunicación como servicio público.

“¿Qué es lo oficial? ¿No es oficial la prensa ventrílocua del orden oligárquico?”

Un segundo tema involucrado es el del poder. Vivimos una coyuntura en la que el poder gubernamental no coincide con el poder de los grandes grupos económicos, ni es obsecuente a los poderes imperiales, habiendo tomado decisiones que han afectado sus intereses. Más aún, es el músculo de un proceso constituyente nacido de la sociedad, resultante de una acumulación nacional-popular y contestataria. Es decir, vivimos una especie de inversión del sentido del poder, realidad invisibilizada por los grandes medios que identifican poder exclusivamente con gobierno y silencian la vitalidad de los poderes reales.

Surge, entonces, la pregunta: ¿qué es lo oficial? ¿No es acaso oficial la prensa ventrílocua del orden oligárquico?  Precisamente, el rol que cumple El Telégrafo al develar esas contradicciones es lo que irrita y descontrola a los medios. De ahí que le cuestionen porque informa la acción integral de un Gobierno enfrentado a esos poderes fácticos. ¡Cómo no habría de hacerlo! A contracorriente, obviamente, de los titulares descalificadores, la desinformación y la crítica destructiva que descargan a diario esos medios oficiales.

Es indudable que la línea editorial de El Telégrafo está contrarrestando ese mensaje unilateral que ha vaciado de sentido la comunicación mediática en la sociedad ecuatoriana por demasiado tiempo. Sus páginas constituyen, hoy por hoy, la expresión de una verdadera prensa pública alternativa: una voz crítica de los poderes fácticos, nacionales e internacionales, y crítica también de las inconsistencias del Gobierno, pero que, definitivamente, empuja el proceso constituyente, y con la que se identifica crecientemente esa audiencia anhelante de cambios a la que los medios privados han desdeñado.

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