Tomada de la edición impresa del 04 de julio del 2009

Los amores de Taita Imbabura

Juan Carlos Morales

jcmorales@telegrafo.com.ec


Los yachacs o los brujos andinos de Ilumán, cerca de Peguche, invocan al monte Imbabura para la sanación. El Taita Imbabura es una deidad protectora y dadora de agua. Su nombre, imba, proviene de un mínimo pez llamado preñadilla (bagre de torrente andino) y bura, que significa criadero.

Este coloso domina los seis cantones de la provincia y mirarlo, desde sus lagos, es una experiencia plácida. Ahora, en medio de las fiestas, que algunos ingenuos llaman Inti Raymi (Fiesta del Sol), es preciso recordar a las deidades preincásicas de los señoríos étnicos, como los caranquis (que llegaban más allá de Otavalo hasta los territorios de los cayambis y quitus).

Las deidades, como el Taita Imbabura y sus implicaciones con el agua, tenían en lagunas, vertientes, árboles y cascadas, una forma de armonía. Hay muchas mitologías que hablan, por ejemplo, del nacimiento del Imbacucha o Lago San Pablo, o del Cuy de oro, que anda por Cuicocha (Laguna del cuy, en quichua).

Hay un mito fundacional de los amores del Imbabura. Es nuestro génesis en torno al monte Imbabura. Está aún presente en algunas comunidades donde aún no olvidan que antes del Sol inca estaban las montañas sagradas. Lo escribí hace algún tiempo en un libro: Mitologías de Imbabura. Es uno de los mitos más antiguos que se conocen, los otros hablan de jaguares, por los contactos con los pueblos amazónicos. Aquí el relato:

“El monte Imbabura era apuesto y vigoroso. Se levantaba temprano y le agradaba el crepúsculo...”

Cuentan que en los tiempos antiguos las montañas eran dioses que andaban por las aguas, cubiertas de los primeros olores del nacimiento del Mundo. El monte Imbabura era un joven apuesto y vigoroso. Se levantaba muy temprano y le agradaba mirar el paisaje en el crepúsculo.

Un día, decidió conocer más lugares. Hizo amistad con otras montañas a quienes visitaba con frecuencia. Una tarde conoció a una muchacha-montaña llamada Cotacachi. Desde que le contempló le invadió una alegría como si un fuego habitara sus entrañas.

No fue el mismo. Entendió que la felicidad era caminar a su lado vislumbrando las estrellas. Fue así que nació un encantamiento entre estos cerros, que tenían el ímpetu de los primeros tiempos.

-Quiero que seas mi compañera, le dijo, mientras le rozaba el rostro con su mano.

-Ese también es mi deseo, dijo la muchacha Cotacachi, y cerró un poco los ojos.

El Imbabura llevaba a su amada la escasa nieve de su cúspide. Era una ofrenda de estos colosos envueltos en amores. Ella le entregaba también la escarcha, que le nacía en su cima.

Después de un tiempo estos amantes se entregaron a sus fragores. Las nubes pasaban contemplando a estas cumbres exuberantes que dormían abrazadas, en medio de lagunas prodigiosas.

Esta ternura intensa fue recompensada con el nacimiento de un hijo. Yanaurcu, lo llamaron, en un tiempo en que los pajonales se movían con alborozo.

El monte Imbabura –con el paso de las lunas- se volvió viejo. Le dolía la cabeza, pero no se quejaba. Por eso hasta ahora permanece cubierto con un penacho de nubes. Cuando se desvanecen los celajes, el Taita contempla nuevamente a su amada Cotacachi, que tiene sus nieves como si aún un monte-muchacho le acariciara el rostro con su mano.

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