Estado
Podemos estar a favor o en contra, pero no podemos negar que hay un proyecto tras las acciones cotidianas del gobierno. Aunque viene desde antes, luego de la aprobación de la Constitución, han proliferado las leyes que diseñan el tipo de Estado que expresa las aspiraciones de la revolución ciudadana. Eso marca una diferencia. Los gobiernos anteriores bailaban al son del ritmo de los tiempos y ajustaban la veleta al viento de la calle. No tenían proyecto propio y naufragaban constantemente. El neoliberalismo venía detallado en un recetario manufacturado por otros y los cocineros locales no se preocupaban mucho por el sentido último de los condimentos que le agregaban.
La explicación es relativamente simple. La derecha no es una tendencia “ideológica” en el sentido en que puede serlo la izquierda. Aunque hay, por supuesto, muchos ideólogos en la derecha, como fuerza política real, la derecha tiene una coherencia práctica que deriva de sus intereses inmediatos. Su coherencia no viene de formulaciones abstractas o de lejanos diseños futuros. Es “pragmática”. Su pragmatismo opera como algo parecido al mecanismo de la selección natural en la teoría de la evolución: los cambios ocurren al azar pero perduran aquellos que convienen al mercado en un momento dado. Todo puede cambiar el año siguiente, si las condiciones del negocio varían. El mecanismo es relativamente sencillo porque hay que adaptarse al mundo “tal como es”.
“El gobierno tiene un proyecto de Estado. Un Estado fuerte, eficiente e imparcial.”
En la izquierda las cosas son más difíciles porque trata de diseñar algo que no existe. No puede hacerlo a partir de la nada, tiene que funcionar con los materiales que encuentra, pero lo que busca no coincide con lo que “es”. Su pragmatismo es de otro tipo y no tiene la coherencia inmediata de los intereses particulares. Consiste en buscar lo que es posible en cada momento con los materiales que existen, para el diseño de ese proyecto de sociedad más lejano, abstracto y brumoso.
El gobierno ciudadano tiene un proyecto de Estado. ¿Cuál es? Quiere un Estado fuerte, eficiente e imparcial. No solo que sea capaz de dirigir la economía, sino de regular la vida social. Leyes que se apliquen, ciudadanos que acaten las leyes, funcionarios que las administren. Un Estado independiente de los intereses particulares que responda tan solo al “interés público”. Si debiéramos encontrar su modelo en estado práctico, sería el de Chile. En ese país las leyes de tránsito se aplican, los policías no pueden ser sobornados en la calle y los ciudadanos tienen derecho a hacer solicitudes y a decidir cada vez que votan (pero nunca más). Para la revolución ciudadana, un Estado fuerte y eficiente es más importante que un Estado democrático y participativo (que es menos eficiente y más lento). En ese proyecto de Estado, el gobierno ciudadano no hace distinciones entre el poder o la representación de los empresarios, de los maestros, de los trabajadores o el de los indígenas. Son todos poderes particulares frente a los cuales el Estado debe mantener una independencia olímpica. En definitiva, un estado liberal fuerte, situado encima de los grupos y clases sociales, que definitivamente no es “popular” o socialista.