Tomada de la edición impresa del 03 de julio del 2009

Michael Jackson

Edgar Vega Suriaga
Magister en Comunicación, Universidad de Barcelona


Antes de su muerte anunció su resurrección y resultó que aún vivía, y tanto que en una hora todas las entradas para los conciertos en Londres se habían vendido. Luego de su muerte física, su vida se instala inmortal en todas las retinas globales: sigue siendo exitoso.

Pero el éxito es como la rueda de la fortuna: una veces en lo más alto, otras excavando el acre suelo. Y antes de que Fortuna Imperatrix Mundi gire y triture mis ideas y emociones, propongo avistar a Jackson desde tres de sus paradojas más destacadas.

La primera que desarrolla Michael Jackson es la del individuo multicultural por excelencia. Con los años ochentas inicia la era Reagan-Tatcher. Los mercados globales se fragmentan y las audiencias pasamos de ser un todo uniforme para ser valoradas como “nichos culturales”. Para estos surge la televisión por cable y unos de los primeros canales especializados fue MTV. Y con MTV los videoclips rescatan a la industria discográfica mundial. En ellos, y a nivel global, Jackson será el portador privilegiado del proyecto multicultural: todas las razas, todas las culturas y  todas las “diversidades” son posibles en el universo mediático global. Diversidad absoluta, ausencia total de conflictos, triunfo perenne del mercado. Y Jackson debe tornarse blanco y poderoso, para desde el cenit del éxito convocar a los diversos, no a los diferentes.

La segunda paradoja de Jackson es la del andrógino mediático. Heredero del fracaso de Vietnam y del declive hippie, el cuerpo de Jackson inaugura en los ochentas un masculino exitoso basado en la androginia más inquietante. Desde ella, Jackson esquiva con éxito las presiones del género y la paternidad y exalta su apego a los niños y su acusada misoginia. Y el andrógino Jackson requiere de charreteras y correas militares para recordar su masculinidad o quizá la fragilidad y lo patético de la misma. Fin del héroe nacional y reinvención del antihéroe transnacional.

Y la tercera paradoja, la de su mutabilidad corporal, es quizá la más exitosa, sin la cual su potente genialidad musical y su voraz sentido de los negocios tal vez no hubieran sido tan rotundos. Michael Jackson interviene en su negritud corporal para vivir en la indefinición máxima: no es niño pero tampoco adulto, no es blanco ni negro, no lo reconocemos como hombre ni como mujer, es millonario pero se le recuerda encarnando personajes urbanos marginales. Y es que en su momento, lo que más se condenó a Jackson era haber dejado de ser negro y aquí reposa una de sus mayores obras. Jackson quiebra aquellas programaciones milenarias que atan nuestras existencias al color de la piel, a los genitales y a las paternidades o maternidades. Pero esta, que es una acción que bien te puede llevar a la marginalidad total, Jackson la vive desde el poder más absoluto.

La perplejidad más inquietante es que Jackson topa en nuestras mentes y en nuestros cuerpos todas estas paradojas. Su música y su cuerpo, su vida y su cuerpo, su éxito y su cuerpo, los dos extremos de la rueda de la fortuna, de la Fortuna Imperatrix Mundi.

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