Tomada de la edición impresa del 01 de julio del 2009

Memoria del golpismo

Hernán Reyes Aguinaga

hernan.reyes@telegrafo.com.ec


Hasta la madrugada del domingo pasado, el clima de las democracias latinoamericanas estaba caldeado, pero era estable: de cuando en cuando ciertas fricciones entre alguno de los gobiernos de la “nueva izquierda” latinoamericana  y los voceros de las viejas elites. La intentona golpista contra Chávez en Venezuela el 2002 había sido un susto mayúsculo para la estabilidad democrática de la región, pero tuvo un desenlace feliz, puesto que falló. Pero a las seis de la mañana del domingo, un presidente centroamericano fue despertado violentamente por el estruendo de puertas y vidrios destrozados, y quizá algún sonido de disparo. Fue sacado a empellones, con seguridad, insultado y maltratado y luego colocado en un avión con destino a un país vecino, donde fue abandonado en una base militar, vestido con su ropa de dormir. Las cadenas internacionales, incluyendo CNN en Español, difundieron inmediatamente la noticia: “golpe de Estado en Honduras”, “militares apresan al Presidente Zelaya y lo expulsan del país”. Los círculos políticos y regionales de todo el continente se movilizaron.

“La memoria sobre la brutalidad de las tantas dictaduras latinoamericanas es frágil”

Se reunió la OEA de emergencia, y también, de modo urgente, la Alternativa Latinoamericana para las Américas -ALBA-, a la cual se había sumado Honduras en agosto pasado. Ya por ese entonces, la decisión de Zelaya de sumarse al ALBA levantó polvareda: los grandes grupos exportadores, así como lo más rancio y conservador del Partido Nacional (opositor) e incluso de su propio Partido Liberal, se manifestaron públicamente en contra de “morder la mano del patrón”, en referencia a su angustia por el distanciamiento que esta medida implicaba con los EE.UU. Así, parecería que el golpe de Estado del domingo, más que ser producto de algún lío jurídico menor, no fue sino el resultado de las crecientes contradicciones entre la política de Zelaya y los sectores económicos y políticos que habían gobernado por la vía oligárquica este país tanto bajo regímenes militares como civiles. La memoria sobre la brutalidad de los regímenes dictatoriales latinoamericanos es frágil. En los años 60, una cadena de golpes de Estado militares dieron al traste con las posibilidades democratizadoras que se vislumbraban, y esfumaron la utopía desarrollista del Presidente Kennedy, “La Alianza para el Progreso”. Sólo para refrescar la memoria, en apenas seis meses se produjeron tres golpes militares en República Dominicana, Honduras y Brasil. Los tres eran gobiernos democráticos y pluralistas. La década de los ‘70 fue más siniestra aún. Hubo golpes militares terriblemente cruentos: Bolivia (1971), Chile y Uruguay (1973) y Argentina (1976). En Honduras, en el año 1972,  un golpe militar derrocó al presidente  Ramón Ernesto Cruz  y lo sustituyó por el general Oswaldo López Arellano como la señal más reciente del pacto entre los partidos Nacional y Liberal. Ahora, una vez más “la historia de Honduras muestra palpablemente que las fuerzas conservadoras no están interesadas en la constitucionalidad, sino en mantener un statu-quo atrasado e injusto”. Y para ello, ya no respetan siquiera el “maquillaje democrático”.

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