Tomada de la edición impresa del 01 de julio del 2009

El Telégrafo y el poeta que no es poeta


Yo estaba bajo un parasol, leyendo periódicos, y de pronto vi una cuartilla firmada por un fulano que tiene nombre de poeta pero no es poeta. Llamó mi atención porque usaba un lenguaje de verbo verboso muy aplicado en el submundo de los deseos imposibles.

Llamó mi atención, también, porque su ambición era plural. Una ambición de que muchos tuvieran trabajo en una especie de correccional en la que, para buena o mala suerte, dan de comer puntualmente.

Por una enfermedad, recién pasé una semana entera en un hospital público. La verdad es que me trataron bien. Tres comidas diarias. Una cama más o menos cómoda. Un baño privado con agua caliente. Y varias enfermeras cuidando mi temperatura y mi presión. Un servicio público. Además, gratis. Supongo que el fulano que tiene nombre de poeta pero no es poeta, no sabe ni espera que el Estado cumpla con tantas obligaciones públicas. Solo le importa su mundo privado. Digo esto porque la ideología neoliberal incubó en la mayoría de la gente, incluido los poetas que no son poetas, aquella máxima de que: solo vale lo que tiene precio.

Y eso es así porque, en los fueros privados, la libertad es una especie de loca danza que lleva a sus muchos bailarines por todos los espacios que ofrece el negocio de la coreografía periodística. Quien no baile al ritmo de la libertad se convierte en un tullido que no piensa ni mueve el tronco del cuerpo y del alma.

“En El Telégrafo hay gente que no sabe lo que es el fanatismo político ni va a inclinar la cerviz”

Me sorprendí más cuando el tipo de nombre de poeta, desde una especie de altar lleno de virtudes sin sombras ni colores, despreciaba a la tropa de las letras diarias, pues dizque no investiga y solo se dedica a la propaganda, o sea, no trabaja casi nunca porque las noticias están hechas, es decir, no les incumbe el hecho sino calcar el hecho.

Cuando acabé de leer la cuartilla no pude menos que estornudar. Lo que parecía un texto agudo apenas era un alegato a favor del micro poder en el que por estas fechas el nombre de poeta pasta.

Sí, sentadita bajo el parasol de una playa, esperaba leer algo sustancioso como el agua de coco que bebía mientras avanzaba en los párrafos. Pero no. Si se lee bien, no hay solo un latigazo al poder político (o gobierno mediático) sino una defensa crasa a los poderes fácticos… que en las criollas oligarquías son siempre superiores a cualquier gobierno.

Así, el señor con nombre de poeta pero que no es poeta, se la pasó ultrajando a los periodistas que trabajan -con convicción- en un proyecto nuevo y duro de apuntalar cuando las injurias caen desde la cantera de los irónicamente ‘inteligentes’.

Alguien que estaba a mi lado leyó, igualmente, la cuartilla. Me miró turbado. “Oye”, me dijo, “este cuate parece cura”.

Mirando de cerca, nuestro diario es un proyecto andando en el Ecuador. Un país que aún indiferencia Estado-Res/pública-Gobierno-. Ni los políticos lo indiferencian bien, menos los poetas que solo tienen de poeta el nombre.

En El Telégrafo hay periodistas y trabajadores que no saben lo que es el fanatismo político ni van a inclinar la cerviz.

El Telégrafo es un proyecto que avanza. Gracias a la tropa y a pesar de las dificultades.

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