Tomada de la edición impresa del 23 de junio del 2009

La página en blanco

 
Me siento delante de la página en blanco. Es un día en que la inspiración se ha ido. ¿De qué hablar? ¿De quién? Y no es que hagan falta temas, qué va. Abundan: las elecciones europeas en las que se podría decir que perdimos… El manido tema de las libertades de expresión y de prensa… La migración y todos sus claroscuros… La evaluación docente… Los contratos de Fabricio Correa…

¿Para qué opinar en un periódico? ¿Para pretender cambiar la mentalidad de quienes piensan diferente? ¿Para expresar lo que sentimos? ¿Para que se vea de qué lado estamos? ¿Para que la gente nos reconozca? 

A propósito de mis opiniones en este medio y en la red, el otro día un señor que debe ser muy guapo y esbelto, y que para variar no firma, dijo en un blog, a propósito de un tema muy largo de comentar aquí, que había buscado fotos mías en Internet y que yo ‘también’ era una ‘gordita horrorosa’. Bueno: gordita soy, qué vamos a hacer… Y horrorosa… depende, ¿no? Pero me hizo recordar una de las muchísimas tormentas de gota de agua orquestadas por los medios y la llamada opinión pública que hemos vivido en lo que va de este gobierno. Y pensé en que de repente también podía ponerme como un basilisco o una Magdalena, pedir refuerzos a todos mis amigos y conocidos y armar un escándalo de Dios es Padre por la opinión de un man, ahí, que seguramente no tiene en qué más ocupar su tiempo libre… pero no. Da pereza.

“Empezar a las siete de la mañana con veneno no es algo que a mí, particularmente, me resulte agradable”


Como da pereza seguir los interminables intríngulis de la evaluación docente, por ejemplo: que sí deberían evaluar pero no de ese modo. Que la evaluación es necesaria pero para mejorar y no para echar del puesto a los maestros. Que tienen tres o cuatro trabajos… Que los libros están muy caros… Sería bueno que se enteraran de todos los puestos de trabajo, públicos y privados, en los que los empleados están sujetos a una evaluación constante, y sin que puedan mediar excusas de ninguna clase. Y con razón, me atrevería a decir.

Como da pereza seguir viendo a las víctimas del Conartel, una y otra vez anunciándonos que estén donde estén ellos y estemos donde estemos nosotros nos seguirán informando… A los que se dejen será, digo yo. Empezar a las siete de la mañana con veneno no es algo que a mí, particularmente, me resulte agradable.

Como da pereza seguir por otro lado las supuestas regulaciones del Conartel, pasarse de la aplicación de la ley al emperro de quién, como está enojado y va con viada, pretende controlarlo todo y seguir en sus trece hasta salirse con la suya.

Da pereza también ponerse a mirar al pasado: de dónde vino la ley cuya aplicación ahora ha creado este suceso. Pero quizá no deberíamos ceder a esta pereza. Durante toda la semana que pasó me he preguntado: ¿por qué ningún periodista se indignó hasta la alferecía cuando los militares, por una orden gubernamental de aquel entonces, allanaron y censuraron contenidos en las emisoras comunitarias de Latacunga y Riobamba? ¿dónde estaban los periodistas ‘independientes’ de ese tiempo (los mismos de ahora, de seguro)? Y porque las respuestas son casi casi obvias, mejor  me las voy a callar.

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