La salida de Carlos Vera de Ecuavisa marcó un antes y un después en la TV ecuatoriana.
Un antes porque Carlos fue el comunicador que trajo e instauró un estilo, y abrió las posibilidades de hacer otra comunicación política allá por la década de los ´70. Sí, Vera, en un país pipiolo en el arte de conocer, de verdad, a quienes hacían política solo desde balcones y tarimas armó la transición de la política/tarima a la política/pantalla. En los últimos 30 años nadie escapó a sus rasgos de inquisición comunicacional. Lo digo yo, que lo amo profundamente -por gratitud e identidad- y puedo explorar esa metamorfosis mediática.
No me incumbe juzgar, pero el tiempo es clave para decir que el estilo de Carlos Vera y los subestilos que lo calcaron para, supuestamente, alcanzar el éxito de un entrevistador tenaz y obstinado, fracasaron. Como dice una canción: “se les cansó el amor de tanto usarlo”.
Ergo: hoy, cuando la TV privada penetra a una insuficiente audiencia y la TV abierta bulle con enlatados de quinta, es preciso pensar que la TV abierta, la nuestra, y, sobre todo, sus informativos urgen de un cambio de concepción y formato.
Se dice que “la TV no se hizo para pensar, se hizo para impactar”. Lo he estado pensado mucho. Y me volvió esa frase que ha pululado décadas: la caja boba. ¿Será?, me dije. Pues bien, ¿la caja boba existe sin que nadie la atienda, o solo unos pocos o muchos? Pero, ¿jamás ha modificado a ninguna sociedad? Es posible que no. Sin embargo, la TV es un instrumento –acaso relativo- de control social innegable. Las ideologías que allí se incuban, tienen una labor permanente de variación de gustos, conductas y decisiones.
“Lo digo yo, que lo amo profundamente..., y puedo explorar esa metamorfosis mediática”
Cada día, al encender la TV, es posible que no esperemos ni hallemos algo distinto. Pero también es posible ques si hay algo nuevo nos quedemos pasmados. Y por ese programa olvidemos el control remoto.
Por todos estos micro ámbitos es que la TV debe revolucionarse. No ha de repetir la bobada de que “exhibe lo que quiere la gente”. Esa es una evasiva barata. Nuestra TV abierta ha de ‘formatear’ maneras de comunicar sin que el lenguaje –en la política, por ejemplo- use las palabrejas o las ideitas de los reptiles políticos.
La otra noche, el insomnio me hizo ver La Tremenda Corte (O Tres Patines). Me alegré tanto de ver un capítulo que me pregunté enseguida: ¿por qué lo transmiten de madrugada? El canal, Teleamazonas, ¿no puede optimizar su programación? En los programas de opinión cambian tema e invitados. Y nadie avisa. Doy fe de ello. Es decir: es un canal de las reglas de los sin regla.
No diré aquí que Teleamazonas debe salir del aire por aquel evento. Pero es obvio
que la imposición de una temática está patentemente ligada a la contraseña de los poderes fácticos.
La otra noche oí decir a Carlos Vera que su retorno a los medios estará cargado de otros insumos comunicacionales. Dijo, además, que le hizo falta hablar con la gente. Alguien que piensa así es porque está repensando su oficio.
Lo que no imagino es a ningún medio libre de algún poder fáctico. “¿Y ustedes?”, me dijo el pasado lunes, en un panel, un estudiante de periodismo. Le respondí de golpe: “El Telégrafo es un contrapoder fáctico”.
E hicimos una cita en 15 días.