Tomada de la edición impresa del 03 de febrero del 2009

Dos no pelean si uno no quiere


Leo con asombro, con algo de risa, esto de las propagandas de ‘Dios no existe’ y ‘Dios sí existe’ en los buses de Londres, Madrid y Barcelona.

Me parece que los que defienden y los que atacan la existencia de Dios están equivocados. Me explico: no creo que las la afirmaciones sean equivocadas.

Cada uno cree en lo que quiere, o en lo que puede, en lo que sus vivencias personales le han conducido a aceptar y confesar. Nadie en el planeta tiene posibilidades de afirmar categóricamente ninguna de las dos cosas. Hasta este momento la disputa se mantenía en ámbitos privados en los cuales, dependiendo de la madurez y tolerancia de los miembros de uno y otro bando, se podía partir de una sana discrepancia para terminar –quién sabe– de enemigos de por vida.

¿Por qué pienso que hay equivocaciones de parte y parte? Como sucede, para defender una tesis, una hipótesis o una teoría, ambos grupos, a partes iguales, han caído en viejas estrategias que solo entorpecen la convivencia pacífica. Los unos, quienes creo que empezaron (‘Dios no existe’), desde la provocación y el irrespeto a la fe de otras personas. Los otros (‘Dios sí existe’), al caer en la provocación y olvidar aquel sabio refrán: “Dos no pelean si uno no quiere”.

“Me parece que los que defienden y los que atacan la existencia de Dios están equivocados…”

No pienso que una pancarta o letrero en el costado o la retaguardia de un vehículo pueda convencer a nadie de dejar de lado sus creencias o sus no creencias. (Imagínense si una va a creerse eso de ‘Yo soy por quien tú lloras’ o ‘Aqui ba El Mil Amores’ pintado o pegado en la retaguardia de algún destartalado camión de carga de los que deambulan por nuestras carreteras.).

‘Nada hay más puro que el corazón de un ateo’, afirmaba una persona cercana, refiriéndose a los ateos de recta conciencia que hacen el bien y la justicia sin esperar la recompensa de una vida ulterior. Por otro lado, quienes creen en algún Dios, y particularmente en el Dios de Jesús, deberían acudir de emergencia a revisar las bellísimas y estremecedoras líneas del capítulo 25 del Evangelio de Mateo, en donde se nos dan los únicos lineamientos válidos para estar cerca del amor de Dios, y las respuestas básicas a las preguntas del examen que supuestamente se aplicará al final del camino. Allí, el Rey no preguntará a qué bus te subiste, qué bus apedreaste o en qué pancarta creíste; sencillamente hurgará en las acciones rectas y bien intencionadas de quienes se ocuparon (o no) del sufrimiento y de las carencias de los otros, y a partir de eso sacará sus propias conclusiones.

Todo esto conduce a recordar unos tan preciosos como breves versos escritos por Don Pedro Casaldáliga: “Al final del camino me dirán: —¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres”.

Cabe preguntarse, entonces, si habrá alguien (ateo, obispo o pastor) que sepa pasar por alto esta disputa para cumplir lo que los principios de una sana convivencia o el mismo Jesús recomiendan: no hacer a otro lo que no nos gusta que se nos haga, amar al prójimo como a nosotros mismos, perdonar y tener presentes en nuestras oraciones a quienes nos ofenden o no son ni piensan como nosotros.

Otras opiniones

 

Escríbanos

Si desea enviar sus comentarios o sugerencias escríbanos a:
opinion@telegrafo.com.ec