Tomada de la edición impresa del 28 de diciembre del 2008

El uniforme del mercado


Cuando ejercí de burócrata me negué a usar el uniforme de la institución en la que trabajaba. Años más tarde fui convencida y lo usé con total mansedumbre.

Al principio me negué porque creía que el uniforme anulaba mi personalidad y mi arbitrio sobre qué llevar en el cuerpo. Después agradecí no tener que perder el tiempo pensando qué traje llevar cada día.

Los uniformes fueron un producto moderno que transformaron las actividades humanas, femeninas y masculinas, de modo determinante. Ayer en estas páginas Erika Sylva hacía una reflexión de cómo el uniforme, en las mujeres, tiene una exigencia que las “desfeminiza” y que las propias mujeres, al pedir y aceptar el uniforme, sin darse cuenta, aceptan “la norma de su dominación”. Porque al desfeminizar se masculiniza (usar pantalón, leva y chaleco). Y, además, conlleva una ‘imagen’ de la institución…

Todo eso puede ser cierto y no serlo cuando miramos la sociedad y nos topamos con una cantidad de uniformes para un sinfín de actividades. Los uniformes son el resultado de una rebelión en las prácticas y usos laborales. El uniforme es una prenda que, en principio, pretende distinguir, separar, diferenciar de los otros y sus otras actividades. Y, al mismo tiempo, igualar, equiparar, cotejar. Es decir, cada uno lleva una prenda que lo iguala a su compañero o compañera, y su fin está supeditado a facilitar a los obreros, funcionarios, enfermeras… una forma de ataviarse dentro de los trabajos.

“El gusto pequeño burgués hace su aparición cuando niega el uniforme y no ve la otra uniformidad”

El uniforme, entonces, en alguna medida, es una solución, no un problema.

La sociología del trabajo y los estudios feministas, con el paso de los años, dieron a este filón de la industria, la fábrica, la escuela, el hospital, el buró, la milicia, y otros espacios institucionalizados, interpretaciones críticas sobre el uso del uniforme y sus distintas derivaciones –incluso, políticas-.

Así, lo que un día fue una conquista: lograr que la mujer use pantalones (y no sea una modosita y recatada chica) –en cualquier espacio- hoy es visto como una ‘masculinización’ y casi como una forma de opresión de un modelo cultural patriarcal. Así, lo que un día fue una conquista: lograr que los patrones de las incipientes fábricas y/o industrias capitalistas provean de uniformes a los obreros, es hoy un atentado a la individualización e identidad de éstos. Así, lo que un día fue una conquista: distinguirse a través de una prenda de otro grupo laboral (acaso, la milicia) hoy debería convertirse en un rechazo a la tela institucional.

Cuando fui burócrata y acepté llevar el uniforme lo tuve todo claro. Porque mientras no lo llevaba era víctima de las mujeres que sabían de modas. Las miradas caían sobre mi cuerpo para examinar marca, talla, entrepierna…

El detalle del gusto pequeño burgués hace su aparición cuando niega el uniforme y no ve la otra uniformidad de la que cae presa quien no lo usa. Esa otra uniformidad viene dada por la ‘uniformidad’ intangible de los vestidos y mil prendas, masculinas y femeninas, que pone el mercado a circular.

Así, comprar y lucir esas prendas nos somete a otro tipo de ‘uniforme’ social –en el gusto pequeño burgués, repito-. Un uniforme de marca, moda, colores de temporada... O sea, la dictadura de la ‘libertad’ telar.

El uniforme de trabajo es el uniforme menos malo. Doy fe.

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