Uniformadas
Erika Sylva Charvet
Columnista
erika.sylva@telegrafo.com.ec
Empeñosísima, la jefa de personal obtuvo de las autoridades luz verde para implantar el uniforme al personal femenino de una institución pública. Solo dos de las trece mujeres que allí trabajaban se opusieron apelando a la pérdida de su identidad, pero nadie les hizo caso. La mayoría no solo que apoyó la iniciativa, sino que incluso la había solicitado tiempo atrás. Ninguna, sin embargo, sospechaba que tras estos aparentes “beneficios” se ocultaba, en realidad, un concepto de mujer y se materializaba una política sobre sus cuerpos.
Cubrir el cuerpo femenino ha sido una obsesión de la cultura patriarcal judeo-cristiana-occidental por su simbolización del pecado y la tentación. En la tradición bíblica, la desnudez del cuerpo de Eva encarnaba la maldad erótica y la lascivia inherente a las mujeres, perdición de la humanidad. El mensaje milenario ha sido que detrás de toda mujer se esconde una Eva, imponiéndose la necesidad de esconder su cuerpo y controlar su peligrosidad. Pese a su antigüedad, este mensaje continúa permeando los discursos y prácticas en todos los espacios sociales. Un sutil modo de reafirmarlo en el espacio público contemporáneo es por medio del uni-forme que encapsula los cuerpos de las burócratas en una misma forma, los homogeniza y monotoniza, como neutralizando su imaginado poder de seducción Pero, no solo los oculta. Fundamentalmente, los desfeminiza y masculiniza, enfundándolos en traje de varón –pantalón, leva y chaleco- a través del cual, además, se reafirma la masculinidad del espacio público.
“El uni-forme que encapsula los cuerpos de las burócratas en una misma forma…”
Así, el uniforme proporciona a las mujeres las credenciales adecuadas para su desempeño en ese espacio al que han incrementado su acceso en las últimas décadas. Su desfeminización no solo que libera a esta esfera de la “maldad erótica femenina”, sino que las purifica a ellas mismas convirtiéndolas en portaestandartes: a través del uniforme ellas pasan a encarnar la “imagen institucional” en torno a la cual se desarrolla toda una normativa de control de sus comportamientos a través de reglamentos, multas y exigencias implícitas de “buena” conducta so pena de lesionar dicha imagen. Los hombres, en cambio, están lejos de tales constreñimientos, no solo por su gran libertad de movimiento socialmente aceptada, sino también con su mayor jerarquía, pues el uniforme asigna una condición y posición de subordinación en la estructura de poder institucional.
Inconscientes de estos estereotipos, las mismas mujeres actúan –como lo ilustra este caso- como las “custodias del poder patriarcal” y “su propia policía del pensamiento”, reproduciendo la norma de su dominación. En una época de cambios, esta experiencia muestra los límites de lo legal. Entonces, no solo hay que proclamar los “derechos constitucionales” de las mujeres. Hay que ir más allá: erradicar de todos los espacios los imaginarios y prácticas que siguen reafirmando los mensajes patriarcales en torno a su estatus subordinado en la sociedad.