Las brumas de nuestro siempre impredecible Quito están por caer. Voy en dirección al parque de La Carolina. El tráfico de la Shirys me detiene ineludiblemente en la intersección con la Naciones Unidas. Mientras la paciencia sigue vigente, no puedo dejar de leer una enorme valla publicitaria que dice: “¡No! Más…Corazones azules perdidos en las vías”.
Se refiere a la campaña de prevención de accidentes de tránsito que relaciona los corazones azules con los muertos en las vías, cuyos buenos resultados han permitido que sea replicada en Panamá.
Pero ¿qué dice exactamente este enunciado? Se compone de tres partes: el exclamativo “¡No!”; la palabra “Más…”, seguida de puntos suspensivos; y la expresión “Corazones azules en las vías!”. Ninguno de los componentes tiene sentido ¡ni solo ni en conjunto!
Lo que, obviamente, se quiso decir era “¡No más corazones azules en las vías!”. Siendo así: ¿para qué tanto lío lingüístico? Como dice un escrito de los Radialistas Apasionados: “Cuando leemos un texto, los signos de puntuación nos sirven como señales de tránsito para saber dónde disminuir la velocidad (las comas), dónde frenar (los puntos) o dejar colgada una frase (puntos suspensivos), cuándo subir el tono (las admiraciones) y cuándo interpelar al público (las interrogaciones)”. Aquí se subió de tono donde se quiso, nos dejaron colgados donde menos esperábamos y nos frenaron en la esquina cambiada. Como para perder los 30 puntos de la licencia en una frase.
El semáforo me da luz verde para continuar. Un achaque de la vejez, que pasa por la columna, le llevó a mi quiropráctico a recetarme una ampolla diaria de vitamina B12. Llevo el líquido y la aguja para que la enfermera de la clínica cercana a mi casa haga lo suyo. Tras el ritual de rigor, pago el dólar por el dolor y amablemente me extienden la factura por “1 inlleceon”. Por si acaso, no es “falla de dedo”, es transcripción textual: “inlleceon”. Lo dice la factura.
Bueno. Llego a la casa y a lo de siempre: a chequear brevemente el correo electrónico. En uno de los mensajes, alguien me dice que acaba de rebizar… ¿quééé? Si: “rebizar, pues antes hiba a…”. Un rápido clic me salva de una segura urticaria y me saca de este infiernillo ortográfico. Pero me meto en otro: es un mensaje de una sola frase que tiene 319 palabras, 26 faltas de ortografía y ¡una sola coma! Este sí es de campeonato.
Ya no la coma, sino la cama, me espera. Menos mal. Y como mañana es sábado, a los motes y morocho del mercado de la Kennedy, para no perder la costumbre de buen provinciano. Allí, a la entradita, un coche con aguas de mil colores: amarillas, rojas, verdes y otras de difícil identificación, esperan al cliente. En un costado del coche se lee con alguna dificultad: “aguas antidesinflamatorias”. Y más abajo, los órganos que, obviamente, ¡no le va a desinflamar!: hígado, riñones. etc. Al menos son sinceros: esas aguas son contra la desinflamación. Buenazo…
Después de tanto ajetreo por los vericuetos del idioma, me termina asaltando la misma inquietud que a un cibernauta: “tengo una duda asistencial: ¿por qué hablar se escribe con h si la h es muda?”.