Me declaro conspiradora, revolucionaria, subversiva, insurrecta frente a la campaña “Sonríe Ecuador somos gente amable”.
No hay afán de ser “contreras”; mi voto sigue siendo SÍ a la Constitución, al sumak kawsay, a la Pachamama. Pero me resisto a aplicar “técnicas” de manuales de autoayuda. Sonreiré cuando me dé la gana. En eso consiste mi libertad, mi derecho a soñar y a crear.
Pueden reírse (no me enojo) si pongo cara de torturada cuando un auto me acribille con hollín. Por favor, en esos casos no me exijan buen humor. Tengo derecho a llorar al ver a ancianos pidiendo caridad. No dejaré de enfurecerme mientras haya personas maltratadas. Mi rostro reflejará dolor si encuentro niños vendiendo rosas de exportación, y peor dolerá si es en la noche.
Perdón, pero está difícil tragarme el cuento de que sonriendo seré más productiva, feliz, optimista y tendré fe en el futuro.
Me importa un comino la producción y las estadísticas. Además, eso de más productivos parece lema de libre mercado.
Se habla de “solidaridad”, de “estar contentos” de que “la actividad sexual mejora con el buen humor”, de que al sonreír, “la nariz y la boca se ubican en una posición especial que permiten la ingesta del doble y triple de oxígeno”. Se ha dicho: “cuando preguntan si le va a comprar la camisa para bajarla, espanta al cliente. Mientras quien se pone a las órdenes para bajar toda la camisería compromete al comprador”.
Prefiero ser solidaria con quien espanta al cliente, porque capaz que le pagan mal y le mezquinan horas extras; de pronto recibió una mala noticia; le duele la muela o no tuvo con quién hacer el amor y no le sirve la ingesta triple de oxígeno, pues la contaminación no da tregua a sus pulmones, o pobre, se quedó sin saldo cuando le iban a dar el sí. Me solidarizo con su no humor, con su vivencia así de simple y llana que no depende de decretos ni días de la alegría.
Con la sonrisa en los labios y toda la amabilidad del mundo, suplico me dejen ser ogro cuando botan basura en las calles, cuando se orinan en las esquinas, cuando lanzan escupitajos a mi lado ¿No sería mejor una cruzada nacional para solucionar estas contrariedades que impiden sonreír? Si mismo quieren insistir en que “la carcajada alivia toda clase de males”, por lo menos pónganle algún condumio sadomasoquista-sarcástico: “Cada vez que maltrates a tu esposa (o esposo) sonríe Ecuador, somos gente amable”. “Si arrojas basura en la calle, no tendrá efecto a menos que emitas una sonora carcajada”. “Pon sonrisa de hornado al orinar en las paredes y nadie se dará cuenta”. “Tus escupitajos causan sonrisas de amabilidad”. “Empobrecidos de mi tierra: sonreíd”. Hasta se puede convocar a un concurso de eslóganes de la sonrisa, así los dólares de la campaña se repartirían entre un más acrecentado público.
No me da la gana de cumplir con el día de la alegría. Por eso, amable y sonriente suplico ¡déjenme en paz! Empezaré a sonreír cuando no haya hombre o mujer ¡ni uno solo!, a quien le falte un abrigo, un plato de comida, una vida digna; será cuando concluyan las guerras, cuando descontaminada por completo, la Madre Tierra vuelva a resplandecer.