Ayer en la madrugada, al llegar a casa y querer dormir, me asaltó el insomnio. Y como la televisión generalmente resuelve cosas, la encendí para distraerme hasta dormir como se debe.
Con apuros, porque eran las tres de la mañana, me metí en la cama y lo primero que vi fueron unos monstruos sangrientos apostados en un escenario de terror. Debo decir que nunca he podido ver una cinta de terror porque me da miedo. Cambié de canal y empezaba una película que prometía sensualidad y belleza artística pero desistí porque verla completa implicaba amanecerme.
El control remoto aterrizó en un canal de noticias y lo dejé allí para ver “como van las cosas”.
La noticia que daban en ese instante decía que los miles de comercios en Estados Unidos sufrían del viernes negro porque las compras de los clientes no abarcarían las expectativas de los mercados. La crisis aparecía real.
Sin embargo, las imágenes y parte del relato de la noticia parecían contradecirse: 147 millones de personas salieron de compras el ‘viernes negro’ (el mayor día de compras en EE.UU.). Una avalancha de compradores tumbó la puerta de un almacén y mató a uno de sus empleados. Y otras dos personas murieron en un sitio diferente. Las tomas eran duras y mostraban a multitudes que querían entrar a las numerosas cadenas de tiendas y aprovechar los descuentos del ‘viernes negro’. Luego, las declaraciones de algunos compradores que explicaban cómo se habían ubicado en las puertas de los almacenes -con casi un día de anticipación- para acceder a lo mejor de las ofertas. Casi todos latinos.
“El consumo ha mudado sus formas y la gente
es ‘controlada’
por la brujería
del diferido...”
El informe indicaba que cada comprador gastaría más o menos 347 dólares menos que otros años. Además, la venta de ese día en circunstancias normales, para los negocios norteamericanos ha representado el 50% del total de las ventas anuales. Las imágenes seguían con gente cargando cajas y paquetes y la felicidad estampada en una factura de objetos baratos.
Apagué el televisor. Y me dormí.
Mientras escribo estas líneas recuerdo que en Quito desde hace varios años en los centros comerciales la Navidad empieza en octubre. Los adornos navideños, los árboles, las luces y otros menesteres propicios a la fiesta de diciembre se ofertan tres meses antes. La bondad que siempre retoñó a fines de diciembre ahora se la paga en cuotas plásticas desde enero aunque se haya comprado en octubre o noviembre. El consumo ha mudado sus formas y la gente es ‘controlada’ por la brujería del diferido.
Ese control conductual sobre la disposición psíquica hacia un ritual espiritual ha alcanzado lo peor de la banalidad. Nada sucede cuando debe suceder. Muchas cosas del futuro son arrastradas al presente en una suerte de goteo de felicidad.
Cuando era niña la Navidad era lo mejor del año. La espera. La sorpresa. La cena. El arbolito. Todo estaba cuando debía estar. A nadie se le ocurría comprar un bombillo verde o rojo o amarillo en otros meses. Diciembre era el mes y entonces venían las compras y los regalos y las sorpresas y la cena.
El consumo cambia las cosas, la vida, lo bello de ciertos acontecimientos.
Aquel desvelo me regaló una luz: no regalar nada que no sea un beso.