El no, Odebrecht y otros demonios
De las enseñanzas más tristes que me dejó el último proceso electoral hay una que no deja de rondar por mi cabeza. No deja de rondar porque muestra desde la cotidianidad todo aquello que casi siempre vemos porque se encuentra tan maquillado por discursos engañosos y por deseos personales antojadizos que rara vez corre a tono con la realidad.
Entre los tantos argumentos de quienes rabiosamente se pronunciaban por el No, muchos me sonaban, sociológicamente, comprensibles. Sin embargo, cuando oí argumentar a mujeres ilustradas (profesoras universitarias de clase media) que no asentirían a la Constitución porque entendían, como un terrible, desatino que el Gobierno de Correa quisiese afiliar al IESS a todas las amas de casa… quedé sin capacidad de comprensión. El visible descontento de estas mujeres se expresaba así: “¿Cómo va a financiar todo eso el Gobierno?, ¿subiéndonos los impuestos a los que trabajamos?”. No solo se trataba de que el tan justo discurso de la solidaridad de género no tenía cabida en esas mujeres, sino que en ellas no había vestigio de ningún tipo de solidaridad. A la pregunta que les espeté: ¿Y si esas amas de casa se enferman, qué va a pasar con ellas? Me contestaron terminantemente: “Tendrán que ir a clínicas particulares, o ver cómo se las arreglan”.
“Los discursos sobre la democracia, género y
derechos humanos también esconden crueldades...”
Los discursos -democráticos, de género, de derechos humanos, ciudadanos- tienen la magia de esconder crueldades terribles que articulan nuestras más internas convicciones. El dinero y una precaria comodidad personal son mucho más importantes –para estas mujeres ilustradas- que el mínimo derecho a salud de miles de mujeres que en nuestro país cumplen la tarea más difícil y digna: formar y educar a los niños. No me puedo explicar cómo pueden negarse a tributar un poco más si con eso se asegura la salud de muchas de nuestras madres, hermanas, hijas y vecinas.
El mismo estupor me ha causado la actitud del presidente de Brasil, Luiz Ignacio “Lula” da Silva, de ordenar que se detengan todas las inversiones en Ecuador por solidaridad con la empresa constructora Odebrecht. Más allá de las legítimas razones que tiene el Estado ecuatoriano para rescindir el contrato a una empresa que no ha cumplido con sus obligaciones, me llama la atención el hecho innegable de que el otrora combativo obrero metalúrgico, aparezca ahora como defensor de los capitales brasileños. Entonces, otra vez comprendo que la famosa frase “proletarios del mundo uníos” y la siempre buscada conciencia de clase, no son más fuertes que los intereses particulares del capital.
Las señoras ilustradas, desde sus afecciones económicas cotidianas, así como el presidente brasileño, desde los intereses del capital paulista, muestran las limitaciones y uno de los tristes rostros de lo que acontece en Sudamérica. Las primeras rehuyendo todo tipo de solidaridad con sus hermanas y el último desplegando solidaridad con empresas cuestionadas. En los dos casos el interés económico particular pasa factura al bienestar de toda la comunidad.