Tomada de la edición impresa del 12 de octubre del 2008

Somos todas (1)

Elizabeth Vásquez
Columnista
evasquez@telegrafo.com.ec


"Con dolor en el pecho y en el vientre/ Me levanto, te levantas, se levantan/ Somos tantas y una sola/ Somos una/ Somos todas. Así empieza el poema de una mujer llamada Octavia, que cuenta esta historia. Si eres mujer, es fácil reconocerla por experiencia propia o cercana; muy fácil, también, entender el título.

Sientes un cuerpo que te abraza. Distingues que es un hombre y por la forma en que te ha abordado, piensas que es algún conocido que te saluda efusivamente. No importa de qué edad seas, ni de qué condición social. Años de cultura te han enseñado que los hombres a veces son así; un poco bruscos.

“La señora que te presta el teléfono para llamar a la policía,
se avergüenza de tu voz”
Él es normal. Tú eres débil. En unos segundos, te das cuenta que no te están abrazando. Te ponen una pistola en la cabeza y te dicen que no grites, hija de puta. Te roban todo mientras te tienen boca abajo, desnuda, tendida en el suelo. Te entran ganas de luchar contra el agresor, pero te convences a ti misma que es una locura. Que eres mujer. Que vas a perder. Con la certeza de que te van a violar y el miedo de que te pueden matar, en los siguientes minutos, haces todo por evitar lo segundo. A pesar de la crianza, la educación formal, la falta de acceso a la información, y lo que esperaría de ti un juez para tener la certeza de que lo que le narras es una violación y no un acueste, algo te dice que lo más sensato que puedes hacer en esta situación para proteger tu integridad física y tu vida es desconectarte un poco del cuerpo y no poner resistencia. Pero cuando estás haciendo eso, a tu agresor le enfurece no verte sufrir y, por una vez, en lugar de hija de puta, te dice puta a secas. Porque parecería que te gusta... Porque a las putas les gusta. En determinado momento, dejas de tener miedo y aceptas que vas a morir. Piensas en cosas que querías hacer y no vas a poder y te dices a ti misma, por tu nombre: “No importa, hiciste lo que pudiste. Hiciste cosas importantes. La vida valió la pena”. Pero no llega el disparo que esperas y empiezas a querer vivir otra vez. Entonces vuelves a sentir miedo.

Por fin tu agresor se va. La señora que te presta el teléfono para llamar a la policía, se avergüenza de que alces mucho la voz mientras refieres que se trata de una violación. Mejor no denuncie. ¿Qué saca? Alguien se acerca con curiosidad a saber qué te ha pasado, y ella se apresura a contestar por ti. A la chica le robaron. Los policías llegan dos horas después. La pasividad que tuviste que forzar en ti misma para sobrevivir se ha convertido en una ola de furia y te encuentran rompiendo cosas. No se sorprenden. Porque así mismo son las mujeres. Es parte de su naturaleza. Son histéricas. Ellos hacen lo que pueden y lo que deben. Tú no colaboras con la justicia.

La historia de Octavia –historia de todos los días– no es la más contada, ni la más escuchada, ni la que más indignación genera. Y en la Asamblea Constituyente, a pesar de los intentos de asambleístas como Gina Godoy por discutir a fondo una transformación profunda de los principios procesales que deben implementarse para que esta historia se pueda judicializar, generó muy poca inquietud.

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