En algún rincón del Azuay, oí decir que los campesinos se han vuelto rebeldes, que desde que pasó por allí Fernando Vega, ellos han aprendido a defender los precios de sus productos; que no es fácil para las gentes del pueblo, pues enseguida comienzan a hablar de respeto y ya no se someten. Como ésta, se conocen muchas historias en los campos azuayos y los barrios populares de Cuenca. Y no es raro que las reflexiones compartidas con la feligresía hayan activado la conciencia sobre el orden injusto, encendido la participación y animado palabras con sentido de la dignidad.
Para muchos mestizos urbanos todavía es incomprensible esta especie de “mundo al revés” que deja Fernando tras sus huellas. No es para menos, pues desde tiempos inveterados, día tras día, año tras año, el sentido común ha cultivado la hostilidad hacia los otros cuyo trabajo, expuesto a nuestro trajín cotidiano, se deshace como la tela de Penélope, tornando amable la vida de quienes nos servimos de esas faenas. Dolorosamente esos “otros” han interiorizado la ignominia, la han hecho suya, para expresarla en la mirada fija en el suelo, en las leves palabras que se les escapan frente al amo. Hemos visto aliviar las heridas añejas con la compasión o con la palabra caritativa; pero esta termina siendo baldón, al hundir más y más esas identidades al dejarlas maleables a las regaladas ganas de los patrones.
“Fernando Vega fue un asambleísta inspirado firmemente en las enseñanzas cristianas”
Vega es de esa clase de sacerdotes que no recurre a la lástima, que alienta la solidaridad encendiendo en cada uno/una la llama del amor propio y del amor al prójimo. De esa clase de curas que ha labrado la tierra con el arado de la justicia y la dignidad, que no ofende con la limosna sino que enseña a pescar, que no convoca a dejarse abofetear la otra mejilla, sino que motiva a plantarse duro en la valía propia y de los ancestros, en la organización que junta las manos, las inteligencias y los corazones. Quizá haya algo que yo no entienda al no haber sido formada en la práctica religiosa, pero me pregunto ¿si eso no es servir a Dios, entonces, qué es? ¿Hay acaso una mejor forma de venerar a Cristo?
La Constitución 2008, más que pan contra la urgencia del hambre, es una prospección a nuevas formas de vivir, más humanas. Fernando dio su tributo a esta tarea, aportando sustancialmente a la nueva comprensión del derecho y de la libertad. Con singular lucidez, en la Asamblea defendió la necesidad del Estado laico, en el que ninguna fe se impondrá sobre la otra como la verdadera y en el que todas ellas podrán llevar un mensaje reconfortante a las generaciones de hoy.
¿Por qué decir todo esto? Porque creemos que el accionar de Fernando durante este último año ha estado inspirado firmemente en las enseñanzas cristianas. Pero hoy parece peligrar el sacerdocio, tan caro a Fernando Vega. Si acallan la voz, su voluntad cristiana permanecerá incólume, como indemnes están las figuras de monseñor Proaño o de Boff maestros de muchos y muchas patriotas desde la fe. Se puede confinar al cuerpo, nunca a la convicción ni a la espiritualidad.