Olímpica hipocresía
María Fernanda Gallegos Panchana
La raza humana ha demostrado sostenidamente su capacidad para la grandeza.
Es una lástima que ésta alcance los dos extremos de la vara: una de cal y otra de arena, no siempre en iguales proporciones. Tomemos a los Juegos Olímpicos como ejemplo: su espíritu de concordia internacional se ha visto violentado históricamente cuando en Berlín 1936 Hitler le negó reconocimiento al 4 veces medallista estadounidense Jesse Owens por ser de raza negra. Ni qué decir de Munich 1972 cuando la delegación de Israel fue secuestrada y muerta por una organización Palestina. La competencia deportiva ha quedado en segundo plano frente a fanatismos políticos.
China 2008 no será la excepción. Llevando a cuestas tres cruces: Tibet, Myanmar y Darfur, el paso de la antorcha olímpica en vez de suscitar una fiesta de unión entre los pueblos, dejó un reguero de activistas presos por reclamar DD.HH. mientras el mundo se hace de la vista gorda. Estamos asistiendo en vivo y en directo a la bienvenida que Occidente da al capitalismo salvaje del país más poblado del mundo, y a pesar de sus esfuerzos es imposible tratar de esconder realidades tras una cortina de humo –literalmente-. En una medida poco sostenible, pero aparente, 19 días antes de la inauguración, autoridades prohibieron la circulación de un millón de vehículos y cerraron más de cien fábricas. Mientras, los atletas optaron por adaptarse al cambio horario en Corea para no sufrir los efectos de la contaminación en su rendimiento, ¿qué pueden hacer los ciudadanos, más allá de bajar la mascarilla que cubre sus bocas, conminados como están a sonreírle a toda cámara durante el evento?
“El lema de estas Olimpíadas es “un mundo, un sueño”, retórica maquillada para realzar...”
Es increíble que una cultura que desplegó las bondades de la comunicación con inventos magníficos como la imprenta y el intercambio socio-económico de la ruta de la seda, ahora mueva al Comité Olímpico Internacional para advertir a los delegados deportivos el omitir opiniones sobre el régimen prohibitivo de China, mientras como gran favor a la prensa extranjera se ha levantado temporal y parcialmente la censura de Internet. ¿Dónde está la coherencia entre una ceremonia inaugural donde se hizo gala de la tradición milenaria del país y la eliminación de cotidianeidades típicas de su gente, como usar medias blancas combinadas con zapatos obscuros y comer carne de perro, por considerar que se puede ofender a los turistas de la coyuntura olímpica?
El lema de estas Olimpíadas es “un mundo, un sueño”. Retórica maquillada no para realzar la belleza profunda de China sino para esconder el rostro de lo que está sucediendo detrás. Sin mencionar los tristes casos que en estas ocasiones no faltan, y que seguramente atestiguaremos en estos días, la corrupción y el doping de la sociedad de consumo que infecta hasta lo sublime de la humanidad en su intento por trascender sus limitaciones. Lo que resta es el vacío de la publicidad falsa, de la promesa incumplida de los valores olímpicos de la excelencia, la amistad y el respeto, más allá del desempeño deportivo que veremos en los espectaculares escenarios de esta pantomima.