Tomada de la edición impresa del 16 de julio del 2008

Preguntas del Bicentenario


Solo hay un par de pequeñas calles en su nombre, Nicolás de la Pena y Rosa Zárate. Los realistas lo describen como un Robespierre, similar a los “feroces tiranos de Francia”. La historiografía criolla también los excluye de la lista de precursores memorables por sus métodos “poco ejemplares”.

¿Qué irrita a realistas y criollos y se denomina anti-política en el contexto colonial? Según ambas versiones estos criollos habían perdido la razón tras el asesinato de su hijo el 2 de agosto de 1810. Llamaron a la insurrección de los indios y plebe del barrio de San Roque, los armaron y bajo la venia del cura párroco que proclamaba la ilegitimidad de las autoridades, apresaron al Conde Ruiz de Castilla, ex Presidente de la Audiencia.

El problema con este procedimiento -que terminó con la muerte del Conde en 1812- fue que la propia casta colonizada, sin un líder visible, había aproximado el cuerpo del Conde, y habían ofendido su superioridad política así como su categoría de blanco noble.

“Se habían roto peligrosamente las jerarquías. Lo político era que el apresamiento...”

Se habían roto peligrosamente las jerarquías. Lo político era que el apresamiento lo hicieran miembros de la nobleza y el clero. De la Peña y Zárate huyeron junto con el cura párroco José Correa, a quien se acusa de haber hablado de abolición del tributo, por un callejón geográfico que tejía varias poblaciones insurrectas: los cabildos de Otavalo, Esmeraldas y Cali; así como las poblaciones esclavizadas en las minas de oro y ríos del Río Mira y Santiago, Barcaboas e Izcuandé.

En el Mira y Santiago los insurrectos de Quito habían levantado alianzas con poblaciones que proclamaban el fin de la esclavitud.

Los insurrectos locales ofrecían pactos para pacificar la zona, entre estos ser reconocidos con la categoría de tributarios en lugar de esclavos.

Las cartas del estratega realista dicen que Peña engañaba a los esclavos ofreciéndoles su libertad, Montes ofrecía libertad individual a los delatores. Estaban alertas los cabildos de Ibarra y Popayán en que ejércitos realistas atravesaban la selva noroccidental para su captura.

El reconocer que la abolición de la esclavitud y la supresión del tributo para los indios urbanos eran reclamos de las propias clases subalternas hubiera significado, para Montes y para los criollos, reconocerles estatuto de sujetos políticos, partícipes de la polis con quienes se debía negociar un pacto. Ésta hubiera sido una ruptura con el orden mental colonial que ni ellos, ni sus descendientes en el primer centenario de la revolución de Quito en 1909, estaban dispuestos a aceptar.

En este sentido, las redes tejidas por De la Peña y Zárate con la plebe y los indios de San Roque, y con los esclavizados de Esmeraldas, no los hacen protagonistas. Los protagonistas de esta otra insurrección están por identificarse. Sus historias son indicios de un giro radical: uno que amenazó al orden social colonial.

Entre los muchos acontecimientos que ocurrieron entre 1809 y 1814, este proceso oculto por la narrativa oligárquica del primer centenario (1909) es la que podríamos empezar a interpretar hoy para una lectura de los retos del Ecuador contemporáneo. Es una oportunidad que abre las preguntas del Bicentenario (2009).

Otras opiniones

Lo público. social ALEJANDRO MOREANO

amoreano@telegrafo.com.ec Lo público. social

Democracia y producción Werner Vásquez Von Schoettler
Columnista
werner.vasquez@telegrafo.com Democracia y producción

Proaño luminoso PADRE PEDRO PIERRE

pedro.pierre@telegrafo.com.ec Proaño luminoso

De medios y medias verdades Lucrecia Maldonado

lucrecia.maldonado@telegrafo.com.ec De medios y medias verdades

La quintaesencia Rodolfo Bueno
Matemático, columnista invitado
La quintaesencia

 

Escríbanos

Si desea enviar sus comentarios o sugerencias escríbanos a:
opinion@telegrafo.com.ec