Tomada de la edición impresa del 20 de mayo del 2008

Mayo del 68: ¿solo graffitos?

Rafael Polo Bonilla
Docente universitario, columnista invitado


Asistimos a conmemoraciones de duelo, no de rebeldía. La herencia no es simplemente algo que nos llega sin esperar. Heredar es hacerse cargo de un pasado que bulle, que persiste en sus interrogantes y en sus demandas; que nos desafía y nos interpela. En este sentido, los herederos somos seres que nos encontramos ante la exigencia ineludible de interrogar aquello que nos llega. ¿Qué queremos acoger y reinventar? ¿Cuál es nuestra actitud: la del guardián de la tradición o la del crítico que re-vive lo que recibe desde las incertidumbres actuales?

Los distintos rostros de la antipolítica están íntimamente ligados a una noción patrimonialista de la memoria y de la cultura, en definitiva, del pasado. Vivimos una suerte de inventario de lo que fueron los acontecimientos históricos, las obras de arte, los sistemas de pensamiento. El inventario trabaja con el pasado como si fueran cosas a las que se ordena, jerarquiza, y, luego se las exhibe, ya sea en un museo o en un documental.

Hay una preocupación más publicista que estética, quizás porque se sospecha que esta última tiene mucho que decir de la política. La estética, al problematizar los modos de percepción y sensibilidad hegemónicos, produce efectos políticos, interroga a quién se deja conmover, esto es, salir del lugar acostumbrado porque pone en entre-dicho las certidumbres presentes.

Una dimensión de Mayo del 68 fue política y estética. Ambas lógicas sociales se entrecruzan y se dan la mano con la voluntad utópica moderna: hay que cambiar el mundo (Marx), hay que cambiar la vida (Rimbaud). Se soñó con un mundo donde los hombres y las mujeres conquistaran la libertad y tengan tiempo para hacer e inventar cotidianamente el arte. Hay que desalinearse, se decía.

Hoy vivimos en un mundo estetizado por las industrias del espectáculo y de la cultura mediática, donde todo se ha convertido en un gran mercado de emociones programadas, de deseos rápidos y dóciles. ¿Dónde situar la imaginación que se rebela contra la alienación de las industrias culturales? ¿Cómo hacer nuestra esa voluntad utópica del Mayo francés?

Referirse, sin embargo, solamente al mayo francés del 68 como una “primavera” de la imaginación, es de algún modo, producir una amnesia. Es olvidar las luchas por la liberación nacional que se llevaron a cabo en  los países del “tercer mundo” contra la colonización: la lucha de Argelia, de Vietnam, de Cuba, la marcha de los estudiantes y profesores asesinados en la plaza de las tres culturas en México, la primavera de Praga. Es olvidar que fue un momento invención política, estética, filosófica, del cual nosotros somos sus herederos, y que el pragmatismo neoliberal pretende reducir a “estampas del pasado”, desde las exigencias del realismo político y económico que parece decirnos: sean realistas, no hagan lo imposible, es decir, todo lo contrario al sueño de los años sesenta del siglo pasado. Asumamos la herencia de la crítica ahora que tenemos que defender la memoria, la historia, de la amnesia y no solo a la imaginación, para no quedar atrapados en el “goce estético” del graffito “bonito”.

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