Bicentenarios
Los años 2008, 2009 y 2010 son fechas de conmemoración nacional a los dos lados del océano Atlántico. En España, hace poco, el 2 de mayo se recordó los doscientos años del levantamiento popular madrileño en contra de la ocupación francesa, acontecimiento emblemático de su guerra de independencia frente al plan hegemónico de Napoleón. En América Latina, durante el lapso 2009 y 2010 se celebrará el bicentenario del establecimiento de las primeras juntas autonomistas, eventos que detonaron el proceso que condujo a la independencia en contra de la dominación colonial española y que hicieron posible la fundación de las repúblicas hispanoamericanas ulteriormente. Curiosamente las independencias de España y América Latina corrieron unos senderos imbricados.
La memoria nacional no es una bodega que apiñe recuerdos colectivos sino el producto de una relación dinámica y selectiva entre el presente y el pasado. La memoria colectiva entraña una fuerza social muy relacionada con las circunstancias sociales y políticas de la coyuntura presente, y engendra un dinámico proceso de creación de significados sobre las acciones del pasado. Por esa razón, aunque la celebración de la independencia española e hispanoamericana forme parte de una antigua tradición, la conmemoración de su segundo centenario será necesariamente diferente.
“La memoria nacional es una relación dinámica y selectiva entre el presente y el pasado”
La independencia ocupa un lugar central en los relatos históricos de nuestros países hasta el punto de ser considerada como el mito de fundación de los Estados modernos. Las narrativas históricas de la independencia fueron elaboradas en medio de una insalvable tensión entre conocimiento erudito y uso político de la memoria de ese pasado. En el caso español, por ejemplo, durante la vigencia del régimen franquista, el 2 de mayo de 1808 fue explicado, según el catedrático Rafael Valls, como “una forma de exaltación de lo español desde una óptica militar y chovinista: la sublevación ante lo extranjero como defensa de lo propio, el catolicismo, la tradición, lo antiliberal y lo antiilustrado”. En la experiencia latinoamericana, la independencia fue teñida de una profunda épica patriotera, que redujo su dimensión continental a una exaltación de carácter local, protagonizada fundamentalmente por actores masculinos de origen criollo, y confinada casi exclusivamente al teatro de los acontecimientos militares. Según el historiador Germán Colmenares, por estas y otras razones, las narrativas patrióticas de la independencia fueron unas prisiones mentales de larga duración.
La conmemoración del bicentenario de la independencia ecuatoriana experimenta desafíos complejos y exhibe un acentuado retraso frente a lo que se ha reflexionado, investigado y planificado en otros países sudamericanos, desde hace varios años. Hace falta información y activación de un necesario debate académico y público que permita aprender a pensar históricamente la independencia en toda su complejidad. Esa tarea colectiva también forma parte de la recreación del espacio público.